La semana anterior comentamos sobre la posible angustia experimentada por algunas estudiantes de ballet ante el regreso a la actividad, en los casos en que se ha perdido entrenamiento y tal vez, se han ganado algunos kilos. Revisamos cómo el cambiante ideal de belleza del cuerpo femenino ha oscilado entre la redondez, la voluptuosidad, la fragilidad, hasta llegar al cuerpo sumamente delgado en las pasarelas de moda, y cómo este canon ha sido adoptado también por la danza clásica, llevado al extremo en el “cuerpo Balanchine”: totalmente magro de piernas largas, cuello largo, senos casi imperceptibles y caderas estrechas; para lo que exigía mantener un peso muy bajo, con índices de masa corporal inferiores al promedio, pero alcanzar este ideal cobró grandes sacrificios en muchas de sus bailarinas, como Gelsey Kirkland, que hubo de luchar contra la adicción a la cocaína y anfetaminas en su búsqueda del cuerpo demandado por su maestro. En su libro autobiográfico “bailando sobre mi tumba” quien fuera primera bailarina de una de las mejores compañías del mundo: New York City Ballet, compara la estética en la disciplina del Ballet con un campo de concentración.

Este ideal del cuerpo de la bailarina prevalece hasta nuestros días, lo que ha generado entre los padres y maestros cierta preocupación ante la posibilidad de enfrentarse a un caso de este tipo. Es cierto que las bailarinas están más propensas a presentar trastornos alimentarios, como lo confirman los estudios de Garner y Garfinkel, que aplicaron el test de actitudes de la ingesta de la comida para valoración de síntomas anoréxicos y bulímicos en estudiantes universitarias y aspirantes a bailarinas, encontrando que en estas últimas el porcentaje de anorexia es diez veces mayor que en mujeres de edad similar en la población general. Por otra parte, existen altas diferencias entre la presión competitiva de estudiantes de ballet de nivel profesional con relación a quienes estudian ballet como un pasatiempo. En el ámbito laboral, dentro de las más grandes compañías, el nivel de incidencia de tastornos alimentarios puede alcanzar a una de cada cinco bailarinas, que además mencionan como consecuencia de estos la incapacidad física de ser madres, al sufrir alteraciones de su ciclo reproductivo debido al bajo peso.

Quiero verte los huesos"
George Balanchine

Ya algunas Escuelas como la Nacional de Ballet de Canadá,  y la del Royal Ballet en Reino Unido, han desarrollado algunos programas de intervención y prevención, que incluyen talleres de nutrición, junto a políticas contra estos desórdenes alimentarios en las que restringen el uso de palabras ofensivas en torno al peso o a la figura.

Lo ideal sería que toda aspirante a bailarina profesional, estuviera asesorada por un nutriólogo que aporte un plan adecuado y le brinde el seguimiento necesario. Siendo un tema delicado, los maestros y padres deben permanecer atentos ante algunos síntomas comunes que pueden ayudar a una detección precoz, tales como: falta de interés o evitación por alimentarse, miedo a ganar peso, pérdida de peso o deficiencia nutritiva, alteración en la forma que perciben su propio peso, comentarios repetidos sobre la insatisfacción con su cuerpo, exceso de ejercicio, visitas frecuentes al cuarto de baño, sobre todo si dichos comportamientos interfieren en su funcionamiento psicosocial.

Si bien hemos planteado la vulnerabilidad de las bailarinas, es importante señalar que el hecho de bailar ballet profesionalmente no es un factor único en la predisposición a estos trastornos, definitivamente intervienen diversos factores emocionales, familiares y socioculturales, por lo que ante la presencia de algún signo de alarma,  la atención debe ser brindada por un profesional. La danza no debe ser tan oscura como la pintan en algunos filmes, bien llevada puede y debe ser sinónimo de salud, de vida y de felicidad.