Siempre es buena noticia que una sociedad sea capaz de resolver sus diferencias a través de vías democráticas

Tras una muy larga espera —más o menos incomprensible en un país donde el 100% de los votos se reciben y computan mediante el uso de un sistema electrónico el Consejo Nacional Electoral de Venezuela dio a conocer anoche cifras preliminares que retratan una contundente victoria de la oposición venezolana frente al oficialismo.

De acuerdo con las primeras cifras oficiales, la oposición habría logrado al menos la mayoría simple en la asamblea nacional venezolana, aunque al cierre de esta edición aún hacía falta definir una veintena de asientos y la oposición aseguraba que al concluir los cómputos lograrían suficientes escaños adicionales como para tener la mayoría absoluta.

Los resultados son, sin lugar a dudas, un hito en la historia reciente de aquella nación sudamericana en donde la llegada de Hugo Chávez a la Presidencia —en 1999— produjo el surgimiento de una clase política que, hasta hace muy poco, parecía llamada a permanecer mucho tiempo en el poder.

En los últimos años, sin embargo, particularmente desde la muerte de Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro, el oficialismo venezolano había enfrentado serios problemas para mantener el control político debido, sobre todo, a la crisis económica por la cual atraviesa la nación sudamericana. En este contexto, el triunfo de la oposición no parece nada extraño.

Más allá de las cifras y de la nueva correlación de fuerzas en la Asamblea Nacional de Venezuela, destaca el tono del discurso de las principales figuras de la lucha política: el presidente Maduro y los dirigentes opositores.

En ambos lados se dio, luego del primer anuncio oficial de resultados, un discurso sobrio, sin estridencias y con un componente común: el llamado a la paz y a la reconciliación.

El presidente admitió su derrota, sin fisuras, y no le regateó a la oposición el espacio que obtuvo en las urnas. La oposición, de su lado, asumió la victoria con humildad y se dijo lista para trabajar por la reconstrucción de su país, convocando a sus opositores a hacer lo mismo.

Al menos en el discurso, los nubarrones de tormenta que muchos temían se cerniera sobre aquella nación sudamericana —en caso de que el oficialismo fuera derrotado— parecieron despejarse y abrirle el camino a la posibilidad de que el dominio opositor en el Poder Legislativo no constituya un elemento para perturbar la tranquilidad social.

Siempre es una buena noticia que una sociedad sea capaz de resolver sus diferencias —por fuertes que éstas sean— por vías democráticas y que los principales protagonistas de la confrontación reaccionen de forma democrática una vez que la sociedad ha emitido su opinión.

Habrá que hacer votos pues, porque las tensiones políticas de Venezuela tengan al final una ruta pacífica y racional para irse disipando y que ello, al final de cuentas, redunde en el único resultado que cualquier demócrata puede desear para otro: que a los venezolanos les vaya mejor.