Se suele pensar sobre el futuro de nuestra especie a partir de dudosas premisas: a) que los bienes del planeta son inagotables y b) que la tecnología encontrará, tarde o temprano, soluciones para todos los problemas. Por eso se dice que dentro de 15 o 20 años veremos gran cantidad de drones en nuestras ciudades, entregando mercancías a domicilio, que la cantidad de autos particulares disminuirá a su mínima expresión. Se sostiene que las distancias largas se cubrirán mediante alguna especie de rutas que recorrerán vehículos autónomos con o sin operadores.

Muchos artículos predicen el fin del automóvil particular y de los estacionamientos. Parece que esos monumentos de concreto deberán transformarse para cumplir otros objetivos. 

Para fines prácticos la vida cotidiana, en ese mundo robotizado, hace pensar que el transporte público, la bicicleta y otros medios eléctricos cobrarán relevancia para las distancias cortas. Todo ello dará pie a nuevas discusiones y regulaciones. El sentido común nos dice que la innovación tecnológica no se detendrá.

¿Cómo comprender y explicar la situación que atraviesan nuestras ciudades medias? Olvidémonos por un momento de las megaurbes, como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Pensemos en León y los caminos de Guanajuato, en San Luís Potosí, Saltillo, Torreón o ciudades más pequeñas como Piedras Negras, Monclova, Irapuato, Nogales o Nuevo Laredo. En todas ellas predomina el gris asfalto de calles, vías rápidas y escasas banquetas. Los puentes, desniveles, libramientos y las siempre iguales plazas comerciales son el signo de los tiempos. El mall es el templo de esa nueva religión universal, llamada consumismo.

En los últimos meses visité Guanajuato, Aguascalientes, San Luís Potosí, Piedras Negras y Nuevo Laredo, todas ellas, feudos de su majestad el automóvil particular. Las ciudades absorben más y más carros, la infraestructura se vuelve insuficiente, los atascos se convierten en irritación, molestia y hasta conatos de violencia y pareciera que las autoridades no se dan cuenta de que un problema va a estallarles en la cara. El transporte público es un verdadero desastre: caro, malo e inseguro. A principios de siglo, León fue un ejemplo para todo el País, pero se estancó.

Es urgente que los gobernantes viajen y lean. Visitar ciudades que han salido del círculo vicioso de más automóviles y más vías rápidas; estudiar a fondo cómo consiguieron salir de la coyuntura cortoplacista que empuja a tantos a replicar el modelo: más viaductos equivale a más autos y más embotellamientos. Nos agrandamos el cinturón pensando que vamos a bajar de peso.

En el reino del asfalto y del concreto, impera el color gris que no nos dice nada, color de la mediocridad, la tristeza, el dolor y la adversidad. En las ciudades que han sabido superar ese dilema, el gris compite con una multicolor tecnología y con el verde de parques, jardines y camellones.

Podemos verlo en grandes urbes como Londres, Nueva York o Tokio. Por encima de esas ciudades, se encuentra las élites, los que ya la hicieron, los muy ricos o, curiosamente, los muy pobres que no se preocupan por el devenir cotidiano y por las reglas que el mundo nos impone.

En estas ciudades predomina el verde de la vida. El parque prevalece sobre la plaza comercial, la banca y los juegos para niños están por encima de los videojuegos y un consumismo sin final. Son ciudades en las que predomina el equilibrio.

¿Qué pude ver en una semana en mi natal Piedras Negras?, ¿percibirán la humareda fabril las autoridades municipales? ¿Se preguntarán por qué ese tráfico infernal y esos embotellamientos?, ¿percibirán ese enorme autobús junto al humeante auto que no pasará jamás la verificación ambiental o pegado al flamante auto nuevo que sí la pasa, o al lado de unas pocas bicicletas que se aventuran en esa jungla de lujo y chatarra?

El verde brilla por su ausencia. El avance se mide por el número de plazas comerciales, de restaurantes y boutiques que atienden el apetito de los empleados de las multinacionales ahí instaladas. Jerónimo, mi hijo de siete años, me preguntó por qué Piedras Negras se ve más “viejito” que San Antonio y por qué se siente más calor que en el infierno tejano.

Las ciudades como Piedras Negras tienen ventaja sobre las ciudades medias y grandes porque todavía están a tiempo de revertir la descomposición irreversible de su entorno. 

Los parques recreativos y los espacios verdes son un imperativo urgente, no redituarán una utilidad directa, monetaria, pero generarán calidad de vida, crecimiento ordenado, ciudadanos responsables en una ciudad que crece armónicamente y que a la larga traerá inversión de calidad.

Cuanto más se invierta en el medio ambiente local, mayor será la utilidad a futuro. La autoridad municipal debería declarar una guerra amigable al gris y abanderar el verde.

@chuyramirezr
Rebasando por la Derecha
Jesús Ramírez Rangel