Si alguien aún tenía dudas respecto de las repercusiones que en nuestro País ha tenido y tendrá la campaña y posterior elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, la historia personal de Luis Videgaray en los últimos cuatro meses sirve bien para despejar cualquier duda.

En efecto, el “hombre fuerte” del presidente Peña Nieto regresó ayer al Gabinete Federal exactamente por la misma razón por la cual presentó su renuncia al cargo de Secretario de Hacienda en septiembre pasado: su cercanía con el magnate neoyorkino que dentro de poco más de dos semanas despachará en el salón oval de la Casa Blanca.

Todo mundo lo sabe hoy: el nuevo canciller mexicano fue el artífice de la visita que Trump realizó a nuestro País el último día de agosto pasado para reunirse con Enrique Peña Nieto, un hecho que sorprendió a muchos, incluso dentro del propio gabinete presidencial.

La fuerte reacción negativa que provocó aquella visita, luego de meses de una campaña de insultos de Trump hacia nuestro País, obligó a Videgaray a renunciar a su cargo, sin duda, con el propósito de aminorar el efecto negativo en la administración federal.

En aquel momento, sin embargo, pocos creían que un individuo sin experiencia política, que además se encontraba envuelto en escándalos de violencia sexual en contra de varias mujeres, se alzaría con la victoria en los comicios del 8 de noviembre.

Por eso, sin duda, aunque la salida de Videgaray del Gabinete presidencial fue “celebrada” en su momento —pues se consideraba que “la pifia” no había sido para menos— pocos negarán hoy que es de los pocos mexicanos capaces de tener un acercamiento que permita el diálogo con el equipo de transición de Trump, primero, y con su gabinete, después.

Pero, aunque existan pocas dudas al respecto, lo que debemos preguntarnos todos es si eso será suficiente para lograr que México sea visto como algo más que un “vecino incómodo” por la nueva administración estadounidense.

Porque una cosa es ser capaz de entablar un diálogo y ser “visto con buenos ojos” por el futuro presidente de los Estados Unidos, pero una muy distinta que eso baste para sentarse a la mesa y ser visto como un igual, como alguien con quien se tiene la intención de llegar a acuerdos que resulten mutuamente beneficiosos.

No cabe duda que Luis Videgaray es un tipo “a la medida” para el cargo en estos momentos. El problema es que es sólo un tipo “a la medida” de Donald Trump, es decir, no necesariamente es el canciller a la medida de las necesidades del País.

Habrá que esperar a ver el desenvolvimiento de las relaciones bilaterales durante las próximas semanas y meses, pero valdrá la pena ser cautos y no considerar que la sola llegada de un canciller que sea “bien visto” por la futura administración estadounidense podrá bastar para que el discurso violento del futuro presidente Trump hacia nuestro País cambie.