El frente frío once nubló el cielo y dio receso al sol.

En el horario de invierno hay oscuro amanecer y oscuro atardecer. Los automóviles circulan con luces encendidas. Suéteres y chaquetas abandonan el closet aunque no pocos valientes, de espíritu montañés, siguen deambulando hasta con camisa de manga corta.

Ya hay preparativos en muchas familias. Se desdoblan cobijas, se compran tés antigripales y vitamina C, se preparan bufandas y zapatos de estambre para dormir, se busca la aplicación de la vacuna para prevenir la influenza. Las más generosas también ya escogen y clasifican lo que donarán a los pobres para vencer la inclemencia del frío.

Llegan los informes de las inconformidades chilenas, de la liberación de Lula en Brasil, de los cierres de campaña en España en espera de las elecciones de mañana. Acá siguen las violencias en Chihuahua, fronteriza ahora. Se levanta la bandera de los derechos humanos en todas las manifestaciones contemporáneas mundiales.

La insistencia en los derechos hace que no se señalen suficientemente las obligaciones. La dignidad humana es el manantial del que brota esa agua pura y translúcida fácilmente contaminable. Cuesta mucho todavía reconocer esa dignidad en todos los seres humanos. Siguen acentuadas, subrayadas e infladas las crecientes desigualdades económicas, culturales y sociales, no sólo en las malas costumbres sino en las legislaciones incompletas o insuficientes.

No dar a cada quien lo que le corresponde es la injusticia. No reconocer derechos, ignorarlos o menospreciarlos es una violencia estructural y funcional en las sociedades modernas. La dignidad de la persona humana es una semilla cuya germinación sigue teniendo piedras y espinas que le impiden los desarrollos necesarios para lograr una paz verdadera.

En los discursos de las campañas españolas se decía: “No somos nosotros los defensores de la naturaleza, somos la naturalezas que se está defendiendo”. Es una expresión que parece reconocer los derechos del planeta a que no se extingan sus especies ni se desertifiquen sus bosques, que no se derritan sus glaciares ni se plastifiquen sus mares, que no se contamine su atmósfera ni le suba una temperatura que se vuelve enfermiza.

Muchas voces se levantan para defender el derecho de los niños y niñas a nacer. A que nadie haga inviable su llegada a la vida extrauterina en que se dan los desarrollos necesarios para cumplir una misión. Hay entrevistas impresionantes con personas que vienen de un embarazo por violación en que se respetó su vida, y ahora comunican su testimonio dando su voz a quienes no la tienen desde su inocencia y su indefensión.

Soplan vientos fuertes de protesta frente a todos los intentos de deshumanización que han conculcado derechos tan esenciales como los de vida, alimentación, indumentaria, trabajo, vivienda, salud, educación y trabajo. Seguirlos negando a mayorías es la raíz de todas las violencias virales que hoy se lamentan. Afortunadamente se va robusteciendo, más que los frentes fríos del invierno, ese viento que reconoce en todos la misma dignidad para que toda la familia humana pueda disfrutar del hogar y los bienes que el Creador regala a todos...