E n marzo de este año fuimos testigos de un movimiento de protesta por parte de las mujeres, ante la violencia que sufren día con día.

El grito de hartazgo alcanzó decibeles no vistos en la historia reciente de México en torno a un reclamo desde la sociedad civil.

Como se recordará, el pasado 8 de marzo hubo marchas multitudinarias que tenían una exigencia en común: erradicar la violencia de género de nuestra sociedad, todo en el marco del Día Internacional de la Mujer. Al día siguiente siguieron las manifestaciones con un paro nacional de féminas, en aras de demostrar el peso específico que tienen en la conformación de la riqueza.

En aquel entonces, en este espacio se comentó: “Las lecciones que estas jornadas nos dejarán no solamente son claras, sino que debieran ser escuchadas con cuidado por todos. Porque no es una tarea sólo del Gobierno, sino de todos, definir e implementar las acciones necesarias para que la realidad se modifique con rapidez”.

Todo esto viene a cuenta por el reporte periodístico que publicamos en esta edición sobre el incremento de la violencia en contra de las mujeres, aun bajo el confinamiento obligado por la pandemia del COVID-19.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) reveló que durante la Jornada de Sana Distancia hubo 973 asesinatos de mujeres (entre feminicidios y homicidios), además de registrarse más de 185 mil 225 llamadas de auxilio.

Si bien, el aumento fue marginal cercano al 2 por ciento, no deja de ser un motivo de alarma que los índices de violencia contra la mujer sigan sin tener un freno.

En las manifestaciones de marzo pasado quedó algo en claro: no se puede mantener la tendencia de seguir perpetuando la violencia en contra de las mujeres.

Las distintas voces de la sociedad civil insistieron que por más que esta violencia estuviera enraizada en algunas costumbres propias de ciertas regiones del País, era necesario erradicar estas actitudes.

Como se ha insistido en este espacio, el tema no sólo es un asunto de autoridades y políticas públicas, sino que también es una tarea que recae en la sociedad.

Si cada quien desde su hogar no combate este tipo de actitudes, generando pequeñas soluciones individuales que englobadas en la sociedad generan un cambio, la historia seguirá repitiéndose con cifras al alza en este tipo de violencia.