Las autoridades coahuilenses parecen no comprender que sus acciones lejos de traer tranquilidad logran el efecto contrario

La característica esencial de la época de violencia descontrolada, que vivimos en México hace unos años, fue la actitud de abierto desafío de los grupos delincuenciales hacia las autoridades y la fe ciega de éstas en que el uso de la fuerza habría de disuadir a los delincuentes.

Y la gran lección de esa época fue justamente el hecho de que la fórmula utilizada no sólo no resolvía el problema, sino que incluso lo agravaba porque el uso indiscriminado de la violencia –de uno y otro lado– no contribuyó a la generación de capacidades institucionales en ninguno de los órdenes de gobierno.

Justamente por eso, en los últimos años –y en particular en los primeros meses de la actual administración federal– se ha insistido en la necesidad de modificar la fórmula, lo cual significa, sobre todo, dejar de creer en el uso de la fuerza como instrumento disuasorio.

En Coahuila, sin embargo, pareciera que no hemos aprendido la lección y creemos que sólo “demostrando” cotidianamente que se tiene mayor poder de fuego que los delincuentes vamos a lograr que estos desistan de su interés por desarrollar actividades al margen de la ley.

Un día sí, y al otro también, los responsables de la seguridad pública en la entidad pronuncian el discurso de que “no se permitirá” que grupos delincuenciales interesados en operar en el territorio de Coahuila puedan “penetrar” en el estado.

Imposible no vincular tales declaraciones con los enfrentamientos que, desde el 27 de abril pasado, se han multiplicado en Coahuila, sumando muertos a la cuenta funesta que ya ni siquiera llevamos.

Imposible no vincular el discurso oficial con las acciones de abierto desafío que los delincuentes han realizado en diferentes puntos de la geografía coahuilense, la más reciente de las cuales ocurrió ayer, en la Región Centro, y que dejó tres negocios siniestrados y un individuo muerto.

Se trata de una película que ya vimos, razón por la cual ya conocemos la trama: los delincuentes desafían a la autoridad, ésta responde con medidas de fuerza –excesiva en la mayoría de los casos–, la delincuencia incrementa la apuesta y las autoridades se ven obligadas a cruzar todos los límites que su actuación debiera tener.

Y entonces todos salimos perdiendo porque, al final, entre la violencia de los delincuentes y la violencia de quienes debieran protegernos ya resulta imposible distinguir, y terminamos sintiéndonos doblemente inseguros, en el mejor de los casos, o acabamos siendo víctimas de ambos bandos, en el peor.

Los signos ominosos se acumulan en el horizonte y resulta cada vez más perturbador atestiguar cómo las autoridades coahuilenses parecen no comprender que sus acciones, lejos de traer tranquilidad a las ciudades del estado y hacernos sentir seguros, logran el efecto contrario.

Urge que se haga un alto en el camino y se discuta, con ánimo crítico, el uso de una estrategia que, al menos en los últimos dos meses, lo único que ha logrado es la multiplicación de los hechos violentos en la entidad.