Los hombres y mujeres no somos iguales. Jamás lo hemos sido y jamás lo vamos a ser. No somos iguales físicamente, no somos iguales socialmente, no somos iguales culturalmente, no somos iguales intelectualmente. No somos iguales biológicamente. No somos iguales emocionalmente. Lo voy a volver a repetir para que no quede duda: los hombres somos diferentes a las mujeres. ¿Los mitos nos separan? Puede ser, pero estos mitos tienen miles de años. Y así va a seguir siendo. Desde siempre, desde el oscuro origen de los tiempos, y nunca hemos sido iguales. Alguna vez hubo en la historia de la humanidad el matriarcado (se debate mucho esto, la existencia del matriarcado como tal, pero sí hay evidencias de que en la era paleolítica mandaban las mujeres. Antropólogas han hablado de una era “matrilineal” no un matriarcado). Poco o nada avanzamos cuando las mujeres mandaban. Luego, llegó el patriarcado, la humanidad simplemente se desató.

La cuestión es controvertida y no, no está solucionado aún lo anterior. Remito al lector a varios autores que se han ocupado puntillosamente de esta cuestión: Johann J. Bachofen, Carolina Martínez, Carmen Olària, Cynthia Eller y recientemente y de manera soberbia, ha abordado este tema como cientos de temas y de manera genial, Yuval Noah Harari. Pero de que hubo en la antigüedad sociedades gobernadas y lideradas por mujeres, las hubo. El polémico Bachofen calificó a las  sociedades controladas por mujeres como un “tiempo de escasa civilización”. Este mismo autor llegaba a la conclusión de que en un tercer nivel y óptimo de civilización, fue cuando estas ginecocracias fueron reemplazadas o convertidas en patriarcados y la humanidad “alcanzó un alto grado de organización”.

Los hombres no somos iguales a las mujeres. Somos diferentes. La igualdad es un término jurídico, nada más. Yo en lo personal sólo las amo y las respeto. Creo es suficiente. Las amo y respeto tanto, que no puedo vivir sin una o dos a mi lado. ¡Dios me libre de una pasión amorosa tardía y letal! Por eso siempre tengo dos. La cuestión moral en este caso, no se me da. Pero, ¿Por qué si somos iguales, según hoy todo mundo, hay tanta y tan brutal violencia en contra de las mujeres y por qué en México los feminicidios alcanzan cuotas tan brutales de vidas humanas? ¿Somos iguales, entonces por qué las mujeres no se defienden? ¿Cómo? Pues a golpes, con palos, uñas y dientes, caray. Va su vida de por medio. Pero seamos francos, las mujeres no pueden, son débiles. Y ni siquiera van a denunciar al marido o pareja que las golpea y las maltrata. ¿Siempre ha sido así? Desgraciadamente sí. Aquel chiste de cantina, aquella talla de poca monta, aquella voz que se alza solitaria en el barullo de los juegos deportivos se hace presente de manera mortuoria, pero de manera eficaz y triste: “¡Pégame pero no me dejes!”

ESQUINA-BAJAN

¿Por qué la sociedad mexicana no quiere a sus mujeres? ¿Por qué las maltratan tanto y hasta extremos de sadismo bestial? En México se cometen al día de hoy 10 asesinatos de mujeres diarios (algunos tipificados como feminicidios. Datos que afloran en abril pasado cuando vino a México Michelle Bachelet. En 2015 se cometían un promedio de 7.2 feminicidios  diarios, datos de INMUJERES, institución que, como otras, quiere desaparecer Andrés Manuel López Obrador para luego hablar sólo de sus “datos”). Llama la atención lo siguiente: en México, las mujeres víctimas de esta acción extrema, fueron asesinadas en un alto grado de violencia y un desmesurado uso de fuerza por el varón en turno. Cuando se mata a una mujer en México, no es sólo o no basta un balazo, no sólo basta asfixiarlas o matarlas con un objeto pesado de un traumatismo cráneo-encefálico, o clavarles un puñal en su bello corazón, no; amén de matarlas, se les hace pasar  una gran agonía, un sufrimiento atroz, suplicios y torturas en todo el cuerpo hasta destazarlas, incinerarlas y otra característica de espanto: dejan sus cuerpos en la vía pública, exhibidos (análisis de la OCNF, Observatorio feminicidio).

¿Lo notó? Es justo lo que ha pasado aquí en días pasados con la señorita Gabriela Elizabeth Rodríguez de apenas 23 años la cual fue asesinada, desmembrada y calcinada en partes por su pareja, un joven veracruzano actualmente en proceso penal de sentencia. Aunque ella fue en varias ocasiones a solicitar apoyo a las instituciones oficiales del Gobierno del Estado por los maltratos de su pareja, ella volvía con él. Hasta que murió descuartizada. ¿Amor? A los 23 años y ya con un niño en brazos ¿Qué se puede saber de la buena vida, del amor, de los buenos viajes, de la buena literatura, de los placeres? Nuestro autor citado, Bachofen, habla de que cuando llegó el patriarcado, llegaron las cualidades masculinas (racionalidad y orden) en contra de las cualidades femeninas (lo emocional y el desorden). En lo personal no estoy de acuerdo con esto, pero es sintomático que aún hoy, la brutalidad se ceba en un ser humano maravilloso y débil: las mujeres.

Leamos la Biblia: “Si un hombre encuentra a una joven virgen no desposada, la agarra y yace con ella y fueren sorprendidos, el hombre que yació con ella dará al padre de la joven cincuenta siclos de plata y ella será su mujer” (Deuteronomio 22. 28-29). Para los hermanos hebreos de la antigüedad, esto y no otra cosa era un trato razonable y beneficioso para todo mundo. ¿Hoy? Pues no hemos avanzado mucho. Todavía en 2006 (datos del libro “De animales a dioses”) había 53 países en los cuales no se podía juzgar a un marido por violación a su mujer y/o esposa. Lea la siguiente pregunta del sabio Yuval Noha: “¿La división entre hombres y mujeres es un producto de la imaginación como el sistema de castas en la India y el sistema racial en América, o es una división natural con profundas raíces biológicas?”.

LETRAS MINÚSCULAS

Somos diferentes. Lea usted “De animales a dioses”. Se me olvidaba, el fragmento final del texto anterior es uno de tantos del cuento ultraviolento llamado “Pinocho” de Carlo Collodi.