Hace una semana, en este espacio, comentaba acerca de cómo hay una buena parte de la población que quiere creer y confiar en soluciones mágicas o milagrosas. Seguimos teniendo fe en la famosa bala de plata. Así sea un cachito de lotería o un resultado favorable que no necesariamente merecemos. Privilegiamos el golpe de suerte que genera resultados grandiosos e instantáneos a veces más que el esfuerzo continuo que arroja mejoras graduales, pero casi siempre seguras.

Juan Carlos Calderón, buen amigo de Monterrey, es alguien que no solo sé que ha leído esta columna por muchos años, sino que semanalmente se toma la molestia de enviarme sus comentarios y opiniones, y que me hizo pensar dos veces acerca de la columna de la bala de plata de hace una semana. Como hace con frecuencia, me mandó su amable comentario que esta vez cerró con un “ojalá todos jaláramos como los paisanos”. Y es en ejemplos, como el de la gran mayoría de los mexicanos que migran a Estados Unidos, que podemos ver que el esfuerzo y dedicación constantes, eventualmente arrojan resultados. Si ellos creyeran en esa bala de plata probablemente no hubieran migrado, no hubieran encontrado la primera chamba que tuvieron al alcance, o no hubieran arrancado su negocio en Estados Unidos. Si el esfuerzo que cada mexicano pone en lo que le toca hacer fuera similar al que ponen los paisanos, seguramente tendríamos un País muy distinto y mejor al que tenemos ahora.

Los paisanos mexicanos en Estados Unidos envían cerca de 3 mil millones de dólares mensuales a México, y mexicanos como Juan Carlos o como yo no podemos más que admirar y respetar la dedicación, esfuerzo y sacrificio que nuestros compatriotas ponen para ser un ejemplo en ambos lados de la frontera. Llevo 10 años viviendo en Estados Unidos y, en la era de Trump, aprecio todavía más la dedicación y el esfuerzo que muchos mexicanos, desde los campos agrícolas, el sector servicios, la construcción o hasta en posiciones técnicas o gerenciales en empresas globales, son capaces de mostrar. No importa qué digan sus documentos. Es difícil encontrar gente más dedicada, honesta, leal y trabajadora que un mexicano. No creo que esos mexicanos que migran sean distintos a los que se quedan en México. Si acaso, se les debe reconocer su valentía en ser capaces de dejarlo todo e ir a otro país que no siempre los recibe con calidez o simpatía. Pero a final de cuentas, somos mexicanos a donde sea que vayamos o donde sea que nos quedemos. Tenemos ese deseo de progreso y esas ansias de hacer bien las cosas, contrario a esa imagen que algunos (dentro y fuera) quisieran forjar de lo que es un mexicano. Existiendo las oportunidades, la inmensa mayoría de los mexicanos demostrará que sí puede, más y mejor, que los demás.

Por eso creo que es conveniente recordar, en este fin de semana del día de la Independencia de México, aunque no sea durante el grito, a esos mexicanos que son tan o más héroes que Morelos, la Corregidora o Hidalgo. No debería extrañarnos que en un futuro no muy lejano el presidente en funciones deba incluir en su Grito de Independencia una referencia a esos paisanos que generan patria desde fuera.

Tuve la oportunidad de asistir a la ceremonia del Grito de Independencia organizado por el Consulado de México en Detroit. Es una de esas raras ocasiones en las que a quienes estamos lejos el ambiente nos permite sentirnos como en casa, en nuestro País. Independientemente de la excelente organización, la necesaria y adecuada, pero elegante austeridad del evento y el muy atinado discurso del cónsul Fernando González Saiffe, pude ver cómo mexicanos de distintas regiones, con distintos oficios y ocupaciones, convivíamos en un recinto histórico, rodeados de un mural de Diego Rivera y sintiéndonos todos en casa, acompañados de personas que no necesariamente conocíamos, pero que se sentían como amistades de toda la vida.

¡Vivan los paisanos!

@josedenigris josedenigris@yahoo.com