El artista viene a ser considerado poco menos que un inadaptado, un holgazán que se resiste a madurar

Vivir, o intentar vivir del arte, es un acto de valentía.

Si ya de por sí fincar la supervivencia en un cheque seguro cada quincena es difícil, apostar el pan de mañana al poco probable éxito de un proyecto literario, plástico o dramatúrgico, es coquetear con la muerte por inanición. Lo del “performance” sí es de plano ya tendencia suicida, pero pues, aunque perecieran todos los “performers” por malnutrición, nadie los extrañaría –“¡Bailo por todos los que no alcanzaron beca del Conaculta! ¡Y nadie hace nada!–.

En un estricto sentido, el arte no sirve para nada, lo que tampoco significa que podamos prescindir del mismo. Intento decir sólo que las artes se encuentran muy arriba en la Pirámide de Maslow, a donde ya no se llega por las escaleras, sino necesariamente por el ascensor.

Lo menciono porque no faltará el cretino que afirme que todos los artistas deberían colgar los pinceles o lo que sea que utilicen para su labor creativa y conseguirse mejor una “chambita de verdad”.

Si usted pertenece a ese selecto grupo de obtusos, “permítome” informarle que el que no tiene una vida de verdad es usted, ya que el artista al menos se está arriesgando a realizar sus sueños y a vivir de lo que le apasiona, mientras que usted es sólo una pieza desechable en el engranaje capitalista, al que le servirá algunos cuantos años antes de morir viejo, sabiendo que sólo contribuyó a acrecentar el patrimonio de alguien más.

Se nos enseña que todo aquello que no es productivo o económicamente redituable es una pérdida de tiempo. Entonces, el artista viene a ser considerado poco menos que un inadaptado, un holgazán que se resiste a madurar y a convertirse en un miembro “útil” para la sociedad.

Pero lo cierto es que dentro del campo de las artes han germinado las mentes más notables que hayan alumbrado nuestra especie y pensar que el arte no nos define, directa o indirectamente, y ayuda a delinear el pensamiento de toda nuestra civilización, es ser un necio, ignaro y rústico zopenco.

El Estado lo sabe. Por ello no hay plan de gobierno por ranchero que sea que elimine este rubro de su administración. Sin importar cuán cerril o ignorante sea el titular de una administración, ninguno suprime “el apoyo” a la cultura y las artes, aunque sea sólo de manera nominal y su aplicación no pase de ser una becaría para puro zángano, que también los hay.

El artista no la tiene fácil. Le toma años de práctica, de ensayos y de estudios –formal, informal o ambos– para medio dominar una técnica; luego ha de torturar su alma para encontrar su voz y, una vez que consigue ser el mejor exponente de su generación, entonces sí ya no tiene garantía de absolutamente nada, porque es posible que los estímulos y los espacios en las galerías estén apoyando a un –a una– güey que se las da de artista conceptual nomás porque exhibe unas cubetas y palanganas con agua.

En el arte hay que luchar para ser el mejor y una vez que se logra, hay que comenzar a preocuparse de qué comer.

Le repito: Si no es consciente del servicio que nos proporcionan el arte y sus representantes –que no es el entretenernos o hacernos pasar un buen rato– usted sencillamente no tiene remedio.

Trascendió en redes sociales en días pasados un video en el que un recaudador estatal se apersonó en una pequeña función de teatro del experimentado realizador local, Efrén Estrada, para cobrar la parte correspondiente al Estado de la recaudación de la taquilla.

El director y productor entiende perfectamente que toda taquilla genera impuestos, pero sí se sintió muy extrañado por la amenaza de que fue objeto, de cerrar con uso de la fuerza pública el local donde presentaba su función, específicamente se le informó que le iban a “cuchilear” a ese grupo de élite llamado Fuerza Coahuila.

Para evitarse la irrupción de un comando armado en plena función –porque, siendo francos, como que no ayuda mucho a mantener la ilusión de la experiencia teatral–, Estrada pagó el cuatro por ciento de la taquilla que el recaudador demandaba: 26 pinches pesos.

Reitero, no es ni siquiera que el artista sienta que está por encima del resto de los mortales y ello le exima de pagar sus contribuciones. Sólo le sorprende y causa gracia que la recaudación sea “metafóricamente” a punta de pistola.

A nosotros sin embargo, nos concierne y nos tendría que indignar más la puntualidad con que el Gobierno de Coahuila colecta esta contribución ridícula –en una acción además desproporcionada por tratarse de un evento cultural y no un baile, digamos, o un concierto multitudinario con venta de alimentos y bebidas–.

Y es indignante porque, mientras que los interventores del Gobierno de Miguel Riquelme recaudan 26 pesotes, el mismo Gobierno ha solapado ausencias multimillonarias en la Universidad Autónoma de Coahuila, por mencionar sólo una de las muchas ocasiones en las que la presente administración –como sucesora y tapadera de las anteriores– ha dejado sin investigar faltantes financieros que sólo se explican volteando a ver cómo viven quienes nos han gobernado.

Y así como en la UAdeC, en el magisterio, los municipios, dependencias y aportaciones de trabajadores del Estado, millones y millones se esfumaron sin que a nadie se le importunara por ello.

Por eso no nos causa ninguna sorpresa que, según palabras textuales del espurio Gobernador, se piense “dar cacería” a quienes no refrenden a tiempo sus derechos vehiculares, por ejemplo.

Así que menos nos extrañará que este Gobierno corrupto meta sus sucios dedos hasta en los bolsillos de una compañía de teatro local
 ¡por 26 pesos!

¡Qué tan chingones no serán los artistas coahuilenses, que ya de por sí enfrentan los retos propios de su oficio y todavía van a enderezar las finanzas estatales!

ENRIQUE ABASOLO
NACIÓN PETATIUX

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