El confinamiento causado por la pandemia es propicio a la recordación. Hoy quiero evocar cosas que salieron en las conversaciones de otros días con amigos coetáneos llegados de otras partes. Nuestra generación, comentamos, fue muy afortunada en lo que a cosas del sexo se refiere. Los de mi misma edad debemos todos dar gracias a la vida, pues nos libró de males que asolaron a nuestros ancestros y de terribles amenazas que penden ahora sobre nuestros hijos y nietos.

El espectro funesto de la sífilis pesó sobre nuestros padres y nuestros abuelos. O, si no sobre ellos, sí sobre los abuelos y padres de los demás. ¡Cuántos desdichados no pagaron con la vida, o por lo menos con la vista, sus desvíos de la carne! Maupassant, el gran escritor de “Bel Ami”, murió a causa de la sífilis, lo mismo que el poeta Manuel M. Flores, por quien Rosario despreció a nuestro Manuel Acuña.

Nadie escapaba de ese riesgo. Cierto viajero vio en la ventana de un consultorio médico este letrero: “Enfermedades venéreas. De 100 casos 80 curas”. Exclamó escandalizado:

-¡Uta! ¡Qué mal anda aquí el clero!

Por su parte la nueva generación tiene el peligro, aún más terrible, del temeroso sida. Los pobrecitos muchachos de hoy sólo están seguros si hacen lo que aquel capitalino que después de cada episodio de sexualidad decía al modo y con el tono del chilango:

-¡Gracias, mano!

La generación a la que tengo el honor de pertenecer estuvo al margen, como dije, de esos ominosos apocalipsis de la carne. Ya no nos tocó la sífilis, y el sida ya no lo alcanzamos. Nuestro riesgo mayor fue cuando mucho alguna gonorrea que se curaba con un par de inyecciones de penicilina. ¡Bendito sea sir Alexander Fleming! (1881-1955). Los toreros españoles le erigieron una estatua en la puerta de la gran Plaza de Las Ventas, pues más diestros morían por la septicemia que a causa de las heridas de los cuernos. Igual nosotros: vemos a aquel gran científico escocés como a santo, y todavía le tenemos un altar en nuestros corazones.

Hay a la orilla de la carretera que lleva a Piedras Negras un busto de Fleming. Se cuentan sobre él dos historias, una pagana y la otra no. La historia que no es pagana afirma que ese busto lo hizo poner ahí un padre agradecido cuyo hijo, a punto de morir, salvó la vida a causa de la penicilina. La historia que sí es pagana asegura que ese tal señor era víctima de una tremenda “purgación” -con ese vulgar término era conocida la tan temible gonorrea- y que sanó de ese crónico mal merced al prodigioso medicamento que Fleming descubrió.

Otro riesgo nos amenazaba a más de los ya dichos: ciertos innominables insectos que se adquirían a través de la conversación carnal. Contra ellos, sin embargo, existía un infalible remedio llamado calomel, o “pomada del soldado”. Bastaban dos o tres aplicaciones para que desaparecieran esos molestos enemigos, pero había que tener cuidado de no exceder la dosis, pues podía desaparecer también todo lo demás. La pomada era fuerte.

A mi generación, pues, le tocó un tiempo afortunado en que se podía caer en la tentación sin gran peligro. De los tres enemigos del alma -mundo, demonio y carne- esta última era la menos enemiga. Ahora ya no. Actualmente el demonio se ha vuelto inofensivo, y el mundo es cada día más pequeño. La carne, empero, entraña en nuestros días riesgos graves. Lástima. Tan sabrosa que es.