La melancolía y la tristeza cada vez al llegar a Zacatecas, ceden. Lo atribuyo a mi montaña mágica (cerro, realmente. Le nombran Cerro de la Bufa) de clima ideal: no más de 28 grados en verano. Zacatecas está a poco más de 2 mil 400 metros sobre el nivel del mar. Aun y aquí, hay otoño e invierno. Las estaciones del año bien diferenciadas. Cosa lo cual usted sabe, en Saltillo y Monterrey son cosa muerta. Llegando se me quita la maldita melancolía. Hoy me he levantado con un engañoso y renovado brío matutino. Una guapa amiga y candidata a musa, Maryán Z. Jolig, me ve con buenos ojos debido a su insultante y corta edad: 29 años. Su edad vivifica mi espíritu. El verano aquí ya casi se fue del todo. El otoño tampoco se presenta poco a poco con su lluvia pertinaz y su frío agradable. Maryán anda todo el día ataviada con diminutos vestidos, blusas ajustadas a su pecho, minifaldas escocesas y botas las cuales la güera compra a ojos cerrados. Todas las necesita.

Hemos almorzado en el restaurante del “Mesón de Jobito”, cerca de la zona de librerías de la ciudad. Maryán Z. Jolig acicalada con un minúsculo vestido de satín blanco transparente y largos tacones, entre risas y contoneos, ha llamado la atención de todo el restaurante que sonríe por la jovialidad y frescura de la colegiala mexicana. Maryán me ha pedido ser ella quien elija el almuerzo, he complacido su osadía. A saber: una ensalada hecha con corazones de alcachofa, guisantes recién hervidos con mantequilla, un plato de salmón y una gran cantidad de fresas y cerezas. He dejado para el final las bebidas ordenadas: Maryán decretó una botella de champaña, ¡Ah!, pero antes, dirigiéndose al camarero –el cual abría los ojos con un dejo de asombro no contenido– le espetó: “Oiga, pero primero beberemos un par de jaiboles por favor… que sean chiquitos”.

Maryán alegó que deberíamos festejar nuestra grata compañía, nuestra amistad, la pasión por los viajes y lecturas compartidas y la compra del atuendo (el día de ayer) que hoy la engalanaba, el cual provocaba que las miradas masculinas y femeninas se posaran en sus muslos rotundos y en sus pezones retadores: claves del abecedario; Maryán espetó 10 pretextos más mientras reía de buena gana. Asentí con un imperceptible giro de mi cabeza, mientras ella, para agradecerme, depositaba su lengua en mi boca. Vivir y beber. ¿Qué oscura coincidencia se tejía ahora mismo en la vida de nosotros con la de Scott Fitzgerald y su esposa Zelda? Usted lo sabe, mi escritor favorito. Uno de varios. El episodio me recordó la memorable anécdota de los esposos norteamericanos cuando éstos se mudan a New York e instalados en el Hotel Waldorf Astoria, en un día cualquiera, Fitzgerald espetó al camarero: “Tráiganos una botella de champaña y un... un… quizá un sándwich de jamón”. Una fría y sucinta biografía de Francis Scott Fitzgerald arrojaría las pálidas líneas que a continuación escribo…

ESQUINA-BAJAN

Novelista y ensayista norteamericano, nació el 24 de septiembre de 1896 en St. Paul, Minnesota; murió el 21 de diciembre de 1940 en Hollywood, California. Fue un pésimo estudiante. Abandonó la Universidad de Princeton en 1917 sin título alguno. Sirvió en el ejército; desmovilizado, intentó en vano hallar ocupación en los periódicos neoyorquinos y tuvo que contentarse con un trabajo oscuro de una agencia de publicidad. Lo que no cuentan estas líneas asépticas es que el autor de “El Gran Gatsby” es uno de los clásicos más vigentes de la literatura norteamericana; si esto fuera poco, su vida tiene la suficiente excitación, drama, comedia y tragedia para instalarse en el terreno del mito y la leyenda, mito y leyenda que él mismo contribuyó a forjar. Él y su esposa, Zelda Sayre.

Scott Fitzgerald fue –en su propia voz– el cronista de una generación que “llega para encontrar a todos los dioses muertos, todas las guerras acabadas, toda fe en el hombre puesta en duda”. Para el crítico Martín Garzo, el novelista norteamericano “definió la Edad del Jazz, la prosperidad efecto de la Primera Guerra Mundial y diagnosticó con amargura su inevitable fracaso, pues la nueva clase que surgiría con el enriquecimiento terminaría por traicionar todos los ideales de alegre y generosa jovialidad por su materialismo y su ignorancia”. “The Great Gatsby” se publica en 1925 sin mucho éxito comercial, pero, en materia crítica, supone la consagración de Fitzgerald como escritor. T. S. Eliot, Gertrude Stein y Robert Wilson –por citar solo a algunos– se rinden sin condiciones ante esta obra. Al momento de su publicación, el escritor y su esposa Zelda Sayre –mujer atractiva, inteligente y desequilibrada, la cual terminaría internada en un manicomio– están ya inmersos en el vértigo de una succión y tormenta que los llevará de la cima a la sima entre el misticismo y el alcoholismo, las alucinaciones, el resquebrajamiento moral y la autodestrucción.

La vida de la pareja en Nueva York (una anécdota de decenas de ellas y en el mundo todo) fue muy agitada, se la pasaban de juerga en juerga, haciendo excentricidades provocadas por el alcohol. Cuenta un amigo de aquella época que un día fue invitado a almorzar en casa de los Fitzgerald; al llegar encontró a Scott a medio vestir y a Zelda echada en la bañera. El lugar estaba desorganizado. La hora que habían destinado para pasarla con su invitado, la emplearon para escuchar a Zelda en el baño contar sus “hazañas” de la noche anterior. La señora Fitzgerald se había emborrachado y se había subido en las mesas de la cocina del Hotel Waldorf Astoria. Le había quitado el gorro al cocinero y se lo había puesto ella, Scott mientras tanto le celebraba las ocurrencias.

LETRAS MINÚSCULAS

Vivir y beber. Buena y explosiva combinación. Maryán se reacomoda morosa en su silla. A los jaiboles le ha seguido una botella de champaña y el camarero llega con un par de tragos de anís seco. Son las 12:50 del mediodía…