En la Antigua Grecia, el 80 por ciento no era considerado ciudadano, no tenía derecho al voto y no gozaba de los privilegios del restante 20 por ciento.

La gran mayoría estaba compuesta por mujeres, esclavos y metecos (extranjeros libres) que fascinados por la prosperidad de Atenas iban a vivir a ella, pero sin tener la posibilidad de tomar parte de las decisiones políticas de la ciudad.

También en la Edad Media las mujeres eran consideradas un objeto del cual podían disponer a su antojo los hombres. Si una mujer casada era llamada por su marido, sólo dejaba lo que estaba haciendo para ponerse a disposición de aquel y recibir los golpes que este deseara propinarle. Si se pensaba que tenían pacto con el demonio, eran cazadas literalmente y quemadas como brujas, lo cual era para el imaginario popular.

En la oscuridad de los tiempos, a estas mujeres se las imaginaban cruzando las poblaciones trepadas en una escoba y haciendo maleficios y brebajes, en su pacto con el diablo, al que según los ignorantes y supersticiosos adoraban.

¿Han cambiado mucho las cosas de cientos de años a la fecha? Las mujeres han logrado remontar siglos de torturas, pero al mismo tiempo viven, vivimos, todos los días la persistencia de los mitos y las leyendas en torno a su figura y presencia; reviven las torturas físicas y psicológicas de una sociedad machista en la que participan por desgracia hombres y mujeres por igual.

Hay buenas y malas noticias en torno a la concepción de la figura de la mujer actual. La toma de conciencia se extiende como un manto en niños, niñas, adolescentes y jóvenes, hombres y mujeres maduros.

Nacidas del desconcierto y del horror por los actos violentos cometidos en contra de sus congéneres, las voces se suman a la acción y hay, desde la sociedad civil, una mayor presencia de ellas para demandar, para exigir.

En Saltillo, el pasado sábado 16, un grupo de ellas, el Frente Feminista de Saltillo, se reunió en la Plaza de San Esteban de la Nueva Tlaxcala en un acto de indignación por el feminicidio de Ingrid Escamilla, desollada por su pareja en la Ciudad de México. Mujeres que, acompañadas de sus pequeñas hijas, van haciendo la diferencia en una sociedad donde en muchas mentes aún priva la indiferencia.

Muestra de esa indiferencia, una sesión vista hace apenas unos días de un grupo de personas, donde había niños, en la que se presentó una historia doméstica, cuya moraleja iba en el sentido de fomentar la paz.

Unos muñecos representaban una familia, compuesta por el padre, la madre y dos hijos. La madre, siempre enojada, se quejaba con alguien sobre que en su familia todos estaban siempre de mal humor. Su confidente le cuestiona si no será a causa de ella que todo estaba mal en la casa. Que procure moderar su carácter y verá si las cosas cambian.

En lo que no repara el confidente es en la parte de responsabilidad de los demás miembros de la familia cuando ella está alterada y de mal humor. Algo que le dice la madre: mientras ella trabajaba, ellos descansaban, veían la televisión, metidos en sus cosas.

La actitud completa de la familia se vuelve miel sobre hojuelas cuando ella les habla de mejor manera. Un buen resultado iba, en el relato orientado a la buena actitud de la madre de familia: ahora, todos colaboradores y felices en la coordinación de tareas de casa. La causa del problema ¡era ella!

Insistir en estereotipos en nada auxilia a mejorar el ambiente en que las mujeres aún tienen que luchar. ¿Qué habla de una atmósfera hostil y abiertamente violenta? El tema abordado desde perspectivas machistas en lo doméstico, en las escuelas, en los centros religiosos, los trabajos y desde los propios gobiernos.

El salvajismo de violaciones y asesinatos denuncia a una sociedad enferma. Por eso, indispensable, mostrar la injusticia, en cuanto medio sea posible, desde un cartelón, hasta un mural. Demandar justicia, exigir. En el nombre de las mujeres masacradas y en el de todas las mujeres que comparten con ellas los estigmas de una sociedad que insiste en perpetuar el oscurantismo de la Edad Media.