Mañana domingo por la noche la decisión estará tomada. El electorado se habrá expresado y eso significa haber elegido a quienes van a gobernar los municipios coahuilenses, a partir del 1 de enero del año próximo, y a nuestros próximos representantes en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.

A pesar del tremendismo discursivo de nuestros políticos, para quienes no existe mañana después de la jornada electoral, el país seguirá aquí. No va a desaparecer en un hoyo negro si, tras el conteo de votos, el partido “A” o el “B” resulta ganador. La realidad tampoco empezará a desmoronarse a nuestro alrededor por el solo efecto del resultado comicial.

No da lo mismo, por supuesto, cualquier resultado. Si así fuera no tendrían sentido las elecciones y el acto de acudir a votar estaría desprovisto de incentivos. En este proceso electoral se enfrentan visiones claramente contrapuestas de la realidad y quienes las defienden consideran fórmulas más o menos diferentes para enfrentar los retos comunes.

Pero una cosa es reconocer la existencia de diferencias claras entre los proyectos políticos en pugna y otra muy distinta es elevar tal circunstancia a la categoría de apocalipsis, tal como lo han hecho nuestros políticos en campaña: “¡si no ganamos nosotros, el país desaparece!”.

Si puede irnos mal -o todavía peor- si no comprendemos un aspecto central de la democracia, válido para México y para cualquier otro país: otorgarle todo el poder a un solo grupo, o peor aún, a un solo individuo, es una pésima idea. Y este señalamiento es válido, una vez más, para el nuestro y para cualquier otro país cuya aspiración sea la democracia.

Y esto es así porque los políticos -todos, sin excepción- padecen el mismo vicio: si nadie les opone resistencia tienden a la concentración del poder y a su ejercicio despótico. No es casual la existencia de una característica central en el diseño institucional de las democracias: el poder público está dividido y cada una de sus ramas posee facultades para revisar y contener a las otras.

Se trata de un diseño pensado para hacerse cargo de las debilidades humanas ampliamente documentadas por la historia en el período previo al surgimiento del Estado como fórmula de organización social.

Entonces, aunque no está en juego la supervivencia del país, sí lo está la salud del orden institucional y esa es la razón por la cual la elección legislativa de mañana es tan relevante: al país le vendrá bien un mejor equilibrio entre los poderes federales y por eso vale la pena considerar en cuál casilla colocaremos la marca para transferir nuestra porción del poder público.

Pero no se trata solamente del instante de votar, sino también -y sobre todo- de hacernos cargo de las consecuencias del resultado comicial: porque votar es solo el primer instante de los próximos tres años y, en estricto sentido, es el detonante de todas las consecuencias futuras.

Durante el próximo trienio pasarán cosas provocadas por nosotros a partir de una disyuntiva muy clara: seguir permitiendo la concentración del poder y, en consecuencia, posibilitar su uso abusivo y arbitrario, o construir un mejor equilibrio capaz de contener las peores tentaciones incubadas por quienes acumulan poder en forma desmedida.

De eso se trata en realidad la elección de mañana. No es un golpe de timón, no es una vuelta a ningún pasado, ni la interrupción del mandato de ningún gobierno. Pero no es poca cosa.

La batalla, por cierto, no es entre nosotros, porque los ciudadanos -quienes no nos encontramos en el negocio de la disputa por el poder público, quiero decir- solo podemos hacer dos cosas en la democracia: votar para elegir representantes y vigilar su desempeño de forma permanente.

Sí se trata de nosotros, porque somos nosotros quienes sufrimos las consecuencias -todas- de las decisiones tomadas en nuestro nombre por aquellos a quienes otorgamos nuestra representación. Pero no somos los ciudadanos quienes nos enfrentamos, sino quienes han decidido hacer de la actividad pública una forma de vida (lo cual no solo es válido, sino incluso necesario, dicho sea de paso).

Y como se trata de nosotros vale la pena no abstenerse de participar. Cada uno de nosotros tiene solo un voto, pero en la medida en la cual lo expresemos podemos construir una decisión colectiva robusta, un mandato al cual deben ceñirse quienes obtengan el triunfo.

Del escrutinio y cómputo de los votos, vale la pena recordarlo, emergerán ganadores, vayamos o no a votar. La disyuntiva individual se reduce entonces a plantearnos si deseamos ser parte o no de esa decisión.

ARISTAS

Un consejo práctico para quienes tienen dudas y/o están siendo víctimas de la desinformación relativa a si es conveniente cruzar uno o todos los logotipos de una coalición: no se quiebre la cabeza y, sobre todo, no corra el riesgo de anular su voto por error: cruce uno -y solo uno- de los logotipos en la boleta y con eso logrará lo importante: su voto contará y se contará bien.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx