En las elecciones del año pasado se eligieron más de 18 mil cargos: 18 mil 311 para ser exactos. No uno sólo. Por más que la Presidencia de la República –en un sistema presidencialista como el nuestro– sea muy importante no es el único, ni debemos permitir que todo el ejercicio del poder público, aunque sea sólo del Poder Ejecutivo, descanse, aparente o pretenda descansar sólo en él. Menos en una república federal cuyos órdenes de gobierno se establecen en tres (federal, estatal y municipal), donde el poder del Estado se distribuye en tres (legislativo, ejecutivo y judicial), y ese poder se ejerce en medio de un enjambre de órganos de control constitucionales autónomos garantes de derechos humanos y fundamentales, así como en una galaxia de organizaciones sociales, medios de comunicación y voces diversas.

Hay que reconocer que además del Presidente de la República, titular del poder ejecutivo federal, también se eligieron 9 de los 32 titulares de poderes ejecutivos de entidades (ocho personas gobernadoras y la jefa de gobierno de la Ciudad México) y mil 613 titulares de poderes ejecutivos municipales y de alcaldías, sin dejar de mencionar los miles de legisladores federales y locales, síndicos, regidores, regidores étnicos, concejales así como presidencias, sindicaturas y regidurías de juntas municipales: casi 20 mil personas, no sólo una.

Y no sólo eso. Aunque es cierto que Morena coaligada ganó la inmensa mayoría de las elecciones en las que participó, lo cierto es que todos los partidos contendientes y algunas candidaturas independientes también ganaron elecciones en juego. Incluso partidos que finalmente perdieron su registro obtuvieron cargos de elección popular.

Ello es muestra de la potencia de la democracia electoral y representativa mexicana: con todo y lo maltrecha que la tiene la crisis de legitimidad y confianza de las instituciones y procedimientos políticos, sigue siendo vigorosa en su pluralidad y diversidad. Pero sobre todo lo es en un punto: el valor central y definitorio que tiene el voto, valor del que carecía hasta hace unas pocas décadas.

Hoy y a pesar de la baja calidad de nuestra democracia, de la corrupción y de las múltiples formas de compra y coacción del voto, aún existentes, en nuestro País el voto se cuenta y cuenta. Con votos cambiamos políticamente al País y con votos lo volvimos a cambiar ahora. Pero el voto no es suficiente para ello en clave democrática. No podemos olvidar que incluso hay sufragios en elecciones de países no democráticos. Como diría los matemáticos: el voto es razón necesaria, pero no suficiente para la democracia.

Lo que hace suficiente al voto en una democracia es la exigencia pública, entre otros factores esenciales. Votar es importante y determinante, pero no basta. Hay que acompañar al acto de constituir gobiernos con el voto, con los actos de gobernar gobiernos con la participación ciudadana y la exigencia pública.

Justo de ello trata el libro “Voto, luego exijo. México después de las elecciones del 2018”, que se presentó ayer bajo el sello de Ediciones Ilyo y con la convocatoria del Instituto Electoral de Coahuila y el IEN en el estado. Una obra que desde luego invitamos a leer, pero sobre todo a utilizar como el instrumento de educación cívica y fomento de la participación ciudadana que es.

 

Carlos González Martínez

Coordinador Editorial del libro colectivo “Voto, luego exijo. México después de las elecciones del 2018” Ediciones Ilyo, México 2019

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