Especial

Me queda claro que esta pandemia del coronavirus ha puesto en jaque lo que llamamos nuestra realidad, me parece que ni en nuestros sueños más guajiros nos imaginábamos que el mundo en el que vivimos iba a transformarse de la manera en que lo estamos viendo… aunque sea en la tele, por esto del confinamiento habitacional en el que estamos muchos de nosotros… y bueno, pues también aquellos que ni siquiera pueden permitirse este mínimo de cuidados. Y no son pocos en este México tan desigual. Naciones enteras en cuarentena, fronteras –en algunas de ellas– cerradas para contener la dispersión de esta plaga del siglo 21. El pasado 2 de abril, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que esta pandemia le había venido “como anillo al dedo” a su política de transformación. Muy desafortunada la expresión, desde cualquier punto de vista. Somos un país con casi 129 millones de almas, dispersos en un territorio densamente poblado y con enormes diferencias en derechos tan básicos como la salud, la educación, la vivienda… sumado a la agobiante crisis de inseguridad a la que este gobierno decidió enfrentar con abrazos.

Esta semana escuché en una entrevista televisiva al titular del IMSS, Zoé Robledo, y me desalentó que igual que su jefe todo lo minimice aunque lo obvio esté a la vista, como son las quejas públicas consuetudinarias de médicos y enfermeras por la falta de insumos indispensables para atender a los enfermos que llegan a las clínicas del Seguro, y la misma historia se repite en el ISSSTE. Un poco de humildad le vendría bien a la cabeza y a su gabinete. Ahí están también las quejas de los gobernadores y las decisiones que ya algunos han tenido que ir tomando para responderle a sus gobernados con acciones desde lo local, porque la federación parece no entender la debacle. Me aterra y prácticamente, ya se barruntado, que nos la tengamos con ver con una barbarie con “rostro humano”, es decir, con una en la que se mandate desde el gobierno elegir quién vive y quien muere. Eso significa violentar la primera norma básica de ética: proteger a los viejos y a los débiles. Yo, a contrario sensu, pienso que lo prioritario debiera ser no economizar, sino dar la ayuda incondicional a quienes la requieran, pasando a segundo plano los costos. Hoy vivimos tiempos inéditos, lo cotidiano dejó de serlo, nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestras costumbres, están en un impasse. Y lo paradójico es que esa separación precisamente es la que nos ofrece la esperanza de seguir unidos y vernos cuando todo esto haya pasado. Tenemos que acotarnos al confinamiento, es una responsabilidad eminentemente individual, personalísima, debe casi de funcionar como ideología. Y esto nos va a llevar a entender que esta lucha en contra del coronavirus va más allá del ámbito social y que tiene que ver con un frente que hasta ahora no hemos dimensionado, pero que ya es hora, debe ser también una lucha ecológica en lo general. La científica británica experta en Biodiversidad, Kate Jones, ha dicho que la transmisión de enfermedades de la vida silvestre a los seres humanos representa “un costo oculto del desarrollo económico humano. Sencillamente somos muchos más en cada ambiente. Nos metemos en lugares antes en gran medida inalterados y nos exponemos cada vez más. Estamos creando hábitats en los que los virus se transmiten más fácilmente y luego nos sorprendemos de que haya otros nuevos”.

Partiendo de esto, es factible que si está en mente organizar un tipo de sistema de salud global para nuestra especie, pues la naturaleza debe de ser considerada. Debemos estar conscientes de que tenemos una crisis triple, por un lado la médica, hoy golpeándonos, la económica que nos golpeará muy duro y ya empezó, pero hay otra, la de la salud mental. No la subestimemos, el aislamiento se está convirtiendo en un caldo ad hoc para el desquebrajamiento de muchas relaciones, en las que la violencia y el estrés están teniendo una injerencia desastrosa. Y esto nos va a afectar a todos. Esta pandemia ha puesto al descubierto, como afirma el escritor colombiano Eduardo Posada Carbó, “la universalidad de la condición humana y la urgente necesidad de respuestas globales para contenerla con éxito”.

Salir de ella con éxito demanda una labor conjunta de carácter mundial. En México debiéramos empezar por la concertación de los tres niveles de gobierno. No es tarea para uno solo. La vacuna contra el coronavirus todavía está lejos, no obstante que hay más de 60 investigaciones en marcha a nivel internacional. Ahorita el único antídoto con el que contamos, y no todos, es el miedo a contagiarnos.

Sé que después de esto no volveremos a ser los mismos, va a cambiar nuestra forma de vivir y de entender la vida.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.