Tengo 12 tatuajes. Comencé a tatuarme a los 50 años. Hasta esa edad me di cuenta de que no había nadie que me lo pudiera prohibir y que la reprobación de quienes tuvieran a bien reprobar no me importaba ya. Ayer me hice tatuajes 10, 11 y 12. Me han preguntado para qué nos tatuamos las personas que nos tatuamos. También me han preguntado cómo saber si uno es “tatuado” o no.  

Para saber si eres de tatuajes (o de cualquier otra cosa en la vida, como comer gusanos de maguey o bailar salsa) prueba.  Hazte un tatuaje pequeño en el hombro, o la parte interior de la muñeca. Si sales del estudio pensando en el siguiente tatuaje, ya sabrás que sí, eres “tatuado”. Si no, pues no.  

Escuché decir a un “maestro/terapeuta” que las personas que se tatuaban tenían deseos de morir.  Admito que sí los he tenido.  Momentáneos. Tal vez todos hemos tenido. No sabía en realidad para qué me tatuaba y tomó una pandemia y 5 tatuajes nuevos para darme cuenta de que mis tatuajes son curitas, o sea, me mantienen en la vida. Mis tatuajes surgen de algún proceso o trabajo terapéutico que me ha movido profundamente, o en alguna pérdida. Tengo letras de poemas y canciones, alas, plumas, pájaros, la libertad, la amapola, los hijos y los nietos…  

Alguna vez una señora me preguntó, “Pues ¿cuántos tatuajes necesitas?” Recuerdo haber pensado un momento, mi impulso natural hubiera sido enojarme por sentirme confrontada, pero contesté, “No sé, por ahora tengo pensado unos dos más”. Aviso que hoy, ya tengo planeado el siguiente, y no tardaré mucho.