Desde antes del COVID el País arrastraba ya un retraso en niveles de escolaridad. La carencia de infraestructura y estrategias sólidas, combinados con ocurrencias del gobierno en turno durante las últimas 3 décadas, sólo han postergado el relanzamiento de la educación como prioridad nacional. No parece haber un tema donde más mexicanos estemos de acuerdo que en la necesidad de mejorar y aumentar la educación. Hemos sufrido programas al vapor, inversiones inútiles (¿recuerdan la Enciclomedia?) y supuestas reformas educativas (que gastaban miles de millones de pesos en publicidad y no en aulas o infraestructura real). Mientras, los sindicatos de maestros han destacado por liderazgos corruptos al amparo del gobierno en turno, con caras y perfiles como la señora Gordillo, quien debería ser ya un personaje de villana en película de Marvel. Todos los políticos, sin falta, hablan de lo relevante que es mejorar la educación y prometen hacer algo, pero miles de escuelas públicas se caen por falta de mantenimiento, no tienen agua o electricidad y no cuentan con maestros debidamente capacitados y compensados. Así como hay líderes sindicales de todos niveles y calañas en el magisterio, también hay maestros que son verdaderos héroes tratando de hacer hasta lo imposible armados con casi nada, en sus pueblos, en sus escuelas y en ocasiones apoyados por grupos de padres de familia que tienen el interés, tiempo y algo de recursos para hacer lo que las autoridades no pueden o quieren hacer. También hay numerosas asociaciones civiles que procuran recursos para mejorar escuelas, llenando huecos que dejan gobiernos que no han podido o querido hacer más por los niños y jóvenes en sus regiones. Esos esfuerzos deben ser aplaudidos y no son exclusivos solamente del ramo educativo. La situación de la educación en México es comparable a lo que sucede con los incendios en Arteaga, donde son los pobladores y asociaciones civiles quienes llenan múltiples huecos dejados por gobiernos en sus distintos niveles; gobiernos saqueados sistemáticamente por décadas, con presupuestos que privilegian lo electorero, el gasto en nóminas y no la planeación y la infraestructura.

Si ya veníamos arrastrando un sistema educativo en ruinas, ahora millones de niños y jóvenes siguen, en el mejor de los casos, “estudiando” en línea y sin plan coherente y razonable para regresarlos a las aulas. Los distintos niveles de gobierno voltean unos a otros para ver quién es el que se atreverá a tomar medidas y hacer que las clases se reanuden. De lo que no se habla es que el cuello de botella para el regreso a clases, como casi todo lo que pasa en el país, es el inquilino de Palacio Nacional. El presidente López Obrador se ha convertido en el embudo por el que deben pasar todas las iniciativas de política y, como es de esperarse, está reaccionando con lentitud, buscando culpables donde no los hay y olvidando que es él y su gobierno quienes deben hacer que las cosas sucedan y no convertirse en el barco que tiene bloqueado al canal de Suez. Para ser alguien que dijo muchas veces que tenía prisa para transformar al País, existe una parálisis criminal en el accionar de su gobierno. Él y los suyos deben saber que la reapertura de las escuelas pasa por derrotar al COVID, y ganar la batalla a la epidemia pasa por una campaña de vacunación que debe ser 5 a 10 veces más rápida que la que hemos tenido.

Y esto no es un tema solamente del Gobierno Federal. Los gobernadores y políticos en general, incluyendo los que andan en campaña y la oposición, no despiertan. Nadie parece estar ejerciendo su autoridad para definir planes de acción, en este caso sobre el regreso a clases, para estar listos lo antes posible. Se quejan de que estamos sufriendo a una 4T inepta, pero los otros no ponen de su parte, no ponen la muestra de cómo sí se debe hacer. Viendo que estamos en manos del Dr. Gatell y la profesora Delfina Gómez, es de esperarse que el regreso a clases se postergará primero por la incapacidad para controlar la epidemia y después por falta de un plan serio y urgente para que las escuelas estén listas después de un año de haber sido abandonadas (más de lo que ya estaban). Escuelas que antes tenían clases normales se caían a pedazos, ahora imaginemos en qué condiciones estarán después de un año de estar sin alumnos. El problema se extiende incluso a las escuelas privadas, que no han podido sortear la crisis. Tan sólo en Coahuila han cerrado 37 escuelas privadas, según un reporte de VANGUARDIA. 

¿Habrá voluntad y capacidad para, una vez existiendo condiciones de salud razonables, implementar un regreso a clases que permita reducir el impacto en niños y jóvenes? No hay muchos motivos para optimismo.

@josedenigris
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José de Nigris Felán
EN TR3S Y DO2