No se sabe que haya un registro preciso de migrantes de nuestra entidad en los Estados Unidos. No se sabe que el Gobierno del Estado se haya aplicado a realizar un estudio serio y consistente sobre las condiciones, los lugares y los orígenes de los migrantes que han dejado municipios de Coahuila para irse a vivir del otro lado del Rio Bravo.

Todos tenemos claro que La Laguna, por sus muy difíciles condiciones climáticas, y por lo complicado de la vida en una muy basta zona semi rural, en la que existen decenas de ejidos, algunos de ellos con miles de habitantes, es una región en donde la falta de empleo impide a muchos jefes de familia, y a muchos mayores, obtener los ingresos suficientes para dar techo, cobijo y alimentación a los suyos.

Hay miles de familias laguneras divididas entre el suroeste de nuestro estado, y prácticamente todos los estados de la Unión Americana, aunque en mayor cantidad se encuentran en Texas, en Oklahoma, en Georgia y en las Carolinas, como les llaman, así como en Illinois. 

Existe un conocimiento muy general de que andan por esos rumbos, porque esos lugares han sido tradicionalmente destino de trabajadores del campo, al igual que más lejos lo son Florida en un extremo, y California en otro.

La cuestión es que con las acciones ejecutivas dictadas por el Presidente norteamericano, ya para no repetir su nombre, muchos de nuestros paisanos, descendientes de familias que por años han sido parte de nuestros 38 municipios, se encuentran en riesgo, por su situación migratoria, de ser deportados de regreso en los operativos que lamentablemente ya se han iniciado con lujo de fuerza y maltrato. Hay de todos los niveles socioeconómicos, aunque predominan familias modestas del campo, y de las periferias urbanas, pero también los hay de otros perfiles.

Alguien me platicaba hace unos días el caso de una pareja saltillense, que habitaba en una colonia residencial del norte de la ciudad, que, agobiada por los problemas económicos y los fracasos en los negocios se decidieron a irse, con su visa de turistas, hacia Dallas, Texas. Con un niño de tres años y otro de meses, se lanzaron hace siete años al sueño americano. 

Montaron allá un restaurante de comida mexicana, y empezaron a remontar la adversidad. Pero nunca pudieron regularizar su estancia. Hoy viven atemorizados porque algunos de los trabajadores que llegaron a ocupar en su negocio sabían de su situación de ilegales. Están casi escondidos operando su fonda a través de alguien más, temerosos de que en cualquier momento pasen a buscarlos para deportarlos.

Sus hijos, el mayor cerca de los 10 años, y el segundo cerca de los ocho, hablan totalmente inglés. Influyó en esto que sus padres tenían conocimientos del idioma, y que les procuraron inclusión en la comunidad en la que ahora viven. 

Ahora el problema es que, si los regresan, a fuerza por supuesto, los niños no saben español, y van a batallar un buen tiempo para hacerlo y aprender lo básico del español.

Ejemplos hay muchos de situaciones de familias separadas por la frontera. Verdaderas telenovelas, que superan en la realidad por mucho a la ficción de cualquier historia en el cine o la televisión. Muy pronto nos daremos cuenta de los verdaderos alcances de la persecutoria política del odioso Presidente de los vecinos. 

Lo más importante es que hoy, un Gobierno del Estado, y los gobiernos municipales que ya se van, y un Instituto Nacional de Migración, que nunca es suficiente, puedan en conjunto instrumentar una estrategia de recepción, atención y reinserción de los coahuilenses que pudieran resultar afectados por las deportaciones anunciadas, y lamentablemente anunciadas.

Todos debemos hacer algo por ellos. Siempre serán bienvenidos de regreso a casa.