Especial

En una fecha tan destacada como es el 8 de marzo, cientos de miles de mujeres tomaron las calles de nuestro País de manera enérgica para hacer entender al gobierno que necesitamos una vida que merezca la pena ser vivida, una vida con derechos, pero no de letra solamente. Desde esta apuesta transformadora se pretende abatir la desigualdad, pero sobre todo atacar los factores estructurales y económicos que la provocan y la perpetúan. Nuestra exigencia por la justicia social y la equidad de verdad demanda transformar la realidad de los 365 días del año, y hay que hacerlo en los diferentes puntos de opresión que viven muchas mujeres: en el de las violencias machista y sexual, en el de la precariedad laboral y la desregulación del mercado laboral, en los trabajos de cuidados que jamás se visibilizan, en el de la sostenibilidad de la vida, en el de la discriminación a mujeres indígenas o de escasos recursos, en el de la educación y en el de la defensa de nuestros hogares. Ahí está lo que tenemos que cambiar y tenemos que ir con todo y todas.

Por eso me gusta el feminismo incluyente, el que convoca, sabe y respira sinergia. El que me disgusta es el que se usa como arma arrojadiza, que tristemente se exhibió en algunas marchas. No me gusta el feminismo radical, el del todo o nada, el de los dogmas cerrados, el que se parasita con el radicalismo porque deja de ser universal para hacerse simplemente identitario. Me gusta el feminismo que no pierde su esencia de igualdad entre el hombre y la mujer, el que no cae en el bodrio mentiroso de la criminalización generalizada al padre, al abuelo, al hermano, al hijo, a la pareja hombre. Me gusta el feminismo en el que se lucha por los derechos de la mujer de manera inteligente. Nunca he visto al hombre como mi enemigo. Pesa la imagen hermosa de mi abuelo materno llevándome de la mano hacia el malecón en donde rentaban triciclos para los niños, alquilar uno para mí y esperarse con infinita paciencia a que yo diera cuantas vueltas quisiera, después invitarme un helado que disfrutábamos a plenitud y el retorno a casa con una moneda de un peso en la mano, y sus ojos tiernos que me besaban con infinita ternura, igual que su sonrisa bondadosa y sus brazos enormes cuando me levantaba. O mi padre con sus luminosos ojos de cielo arropándome en su regazo para dormirme. O mis amigos de secundaria, de preparatoria, de licenciatura con los que me pasé las horas más alegres de esa edad y de quienes sólo recibí camaradería, risas y convivencia de las que hoy ya no se usan. O la de mi marido, con el que tengo 47 años de casada, felizmente casada, que ha colmado mi vida en todo sentido, o la de mis hijos varones que son dos soles luminosos, cariñosos y atentos, caballeros de pies a cabeza, incapaces de un acto de ruindad en contra de mujer alguna. Y ahora enriquecida con la presencia prístina de mis dos nietos varones, que son un amor con pies.

Yo no soy feminista, pero tengo un profundo respeto por el movimiento serio, comprometido –y lo comparto y lo defiendo– de las mujeres en pro de la igualdad de derechos. No me gusta el feminismo que niega las diferencias y la complementariedad biológica y psíquica entre hombres y mujeres, porque es negar una realidad. No me gusta el feminismo que denigra a la maternidad acusándola de causa de padecimientos y desigualdades, empezando por la económica; tampoco el que dice defender la vida, pero no tiene empacho en promover el aborto como método anticonceptivo y cero comentarios ante una sexualidad ejercida sin responsabilidad. No comparto el feminismo que aspira a despojar a la mujer de su feminidad y al varón de su hombría. Sí, esa diferencia es natural. No me inclino por los amorfismos sexuales. Yo no quiero ser varón ni les envidio su condición, a mí me fascina ser mujer.

Los derechos de la mujer ya existen, son derechos comunes. Lo que tenemos que hacer es que se cumplan, y que si esto no sucede tengamos la certeza de que hay una autoridad que va a responder con el mandato de ley a nuestro reclamo, que es lo que no está aconteciendo. Lo que hoy se requiere es que este gran movimiento femenino no se queda en la alharaca mediática, en la inmediatez del estrujón que causó la presencia de todas las mujeres que se hicieron una sola el pasado 8 de marzo, y el silencio de nuestra ausencia al día siguiente.

Cuando el poder olvida algo tan sustantivo como que la ley está para articular el respeto y la efectividad de nuestros derechos y libertades es cuando más se aprecia la importancia de este tipo de movimientos, porque son los que ponen el punto sobre las íes en la relevancia que tiene la sociedad civil como contrapeso. Porque con acciones como las vividas esta semana, vamos dejando claro que estamos abandonando la pasividad y aprendiendo a ser una comunidad de ciudadanos vigilantes, que no es nada común en la idiosincrasia de los mexicanos. Tenemos que obligar a la autoridad a que cumpla con una obligación para la que se alquiló y con paga de por medio. La impunidad hay que abatirla con la observancia irrestricta de la ley. De modo que esto es lo que sigue. Y nadie dijo que estuviera fácil.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.