Pepe Guerrero está debajo del escenario, entre un mar de personas que piden fotos, besos y abrazos. Las luces de los celulares encandilan casi tanto como la bola disco que sigue girando, y los reflectores que apuntan sus luces colores al medio de la pista. El sonido de la cumbia sigue gastando las bocinas. 

Un cincuentón no ha dejado de cantar toda la noche con el celular en alto. Mullet ochentero, tenis, pantalón y jersey de futbol: como para desentonar lo más posible con la juventud emprolijada a la última moda que llena el lugar.

“Adiós muñeca, adiós, si en este viaje no hay regreso, antes de irte por favor no me niegues el sabor del último beso de amor”, canta a todo volumen, pero su voz se pierde con los cientos de voces que se agolpan frente al escenario.

Son las cuatro y media de la madrugada en el Fanta Norteño Bailable de la Avenida Rivadavia, y el público está que arde. Pepe Guerrero camina a duras penas (camisa negra, fino traje de terciopelo con brillos) hasta el escenario. A como puede, se quita un brazo que se aferra, sonríe para una selfie y logra hacer llegar el micrófono hasta el escenario. La noche sigue: Ríos de cerveza. Celulares que no paran de grabar. 

No es Monclova, no es Monterrey, no es Saltillo. Es un poco más lejos, del otro lado del hemisferio: Buenos Aires, Argentina

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Como en todas las buenas historias siempre hay alguien que se atreve a ir un poco más allá, a pesar del riesgo de perderlo todo. Tal vez es el caso de Gustavo Sandoval, un empresario argentino que ha pasado a la historia como el promotor que en 1985 organizó un partido Boca-River que se canceló por falta de público, un hecho inédito en una República Argentina que en Jujuy, la provincia más boreal del país, choca con un mundo lleno de misterios.

San Salvador de Jujuy, la capital de la provincia, es un lugar peculiar. Sitio de frontera, lugar de sucesos clave de la historia argentina, en sus calles se siente una vibra más conectada con su vecina Bolivia que a la lejana, europeizada y europeizante Buenos Aires. La llamada “Tacita de Plata” es una ciudad serena en un valle montañoso que se va haciendo árido a medida que uno va subiendo por la Quebrada de Humahuaca, cañada llena de pueblos pintorescos que atraen al turismo mochilero.

Pero más allá de sus atractivos turísticos, el norte argentino es una región que bulle de pasión por la cumbia y la música tropical. Y es en la capital de la provincia donde una década más tarde encontramos de nuevo a Gustavo Sandoval, ahora como promotor de grupos de cumbia y de varios locales bailables.

Pronto su interés por contar con lo único y lo más selecto de la movida lo llevó a importar grupos de Bolivia. No tardaron los demás empresarios en imitarlo. Siguió con grupos de Perú. La competencia también lo hizo. “Se las voy a poner difícil”, se dijo a sí mismo. Y subió un poco más arriba en el mapa hasta llegar a México.

“Los grupos de la zona, sobre todo los de Bolivia copiaban mucho a los mexicanos”, dice Daniel Oscar, colaborador y brazo derecho de Mazter en Argentina. “En México crearon ese ritmo de cachaca, de cumbia lenta, con canciones románticas. El ritmo era muy lindo, con instrumentos electrónicos y teclados. Antes la cumbia solía ser muy autóctona, con tambores y acordeón. Y esto que venía de México era Pink Floyd, era muy bueno”.

Oscar y Juan José Flores, “Chanclas” están comiendo en uno de los muchos restaurantes peruanos del barrio de Once, en Buenos Aires. Se levantaron tarde luego de una primera noche de presentaciones en los boliches (locales bailables) de la zona, donde hay una gran cantidad de residentes salteños y jujeños del norte argentino, así como bolivianos y peruanos. El Once es uno de los barrios más multiculturales de Buenos Aires, con una tradicional presencia judía y un carácter eminentemente comercial.

Flores recuerda en su historia que Gustavo Sandoval llegó a 1994 a México, en pleno auge de la onda grupera, a buscar música fresca para llevar a los boliches jujeños. En el Distrito Federal pronto le dieron un norte, literal y metafórico: “Tienes que ir a Monterrey, a Disa, ahí está toda la movida”. En ese entonces el sello discográfico de San Nicolás de los Garza contaba con un catálogo envidiable, con bandas como Toppaz, Liberación, Los Garza de Sabinas o Bryndis, por sólo mencionar algunos nombres de botepronto (aunque sabemos que la lista es abrumadoramente mayor). Hasta allá fue el empresario y regresó a la Argentina con una caja llena de cassettes por escuchar.

“Él los seleccionó directamente”, dice Flores. “Llegaba del trabajo, escuchaba un cassete y decía: este sí, este no”. Así, en base a su gusto personal, y a su participación como propietario de algunas radios jujeñas, empezó a difundir a las bandas y generó un culto a la cumbia mexicana con epicentro en San Salvador, que más tarde se propagaría a otros lugares de la región. Las bandas no tardaron en llegar hasta ese rincón de la Argentina. Primero Los Bybys, luego Brynds, y finalmente Sonido Mazter.

Cuando recibieron la llamada, los integrantes de Sonido Mazter no lo podían creer. Habían logrado entrar a Estados Unidos, lo cual ya era un logro para la banda, cuando uno de sus representantes contestó el teléfono y al colgar bromeó con los músicos: “Llamó un pinche loco, un argentino que quiere que vayamos para allá”.

Pero no era broma, y menos lo fue cuando arribaron al aeropuerto de Jujuy ese mismo 1994 y ya los esperaba un nutrido grupo de fanáticos ansiosos de tomarse una foto y saludarlos. “No podíamos ni salir a la calle, en ese entonces”, dice Flores. “Era algo sorprendente porque nosotros en México teníamos un nivel, pero esto no lo teníamos allá, no lo habíamos vivido, y más en otro país. Era algo insólito”.

Aquella primera gira por Jujuy fue sólo el inicio. Desde entonces Sonido Mazter tiene una presencia constante en Argentina y viajan mínimo un par de veces al año para complacer a sus seguidores jujeños. Sólo dejaron de asistir en los años en que perdieron a Cheo, su emblemático vocalista, momento que coincidió con la crisis argentina del 2001, en que la economía del país colapsó. Pero desde 2007 a la fecha son una presencia constante en Salta, Jujuy, Tucumán y en los bares de Buenos Aires que agrupan a la comunidad norteña: boliches como los legendarios Fanta Norteño Bailable o Peña Norteña, de la zona de Once. Incluso han visitado países como Bolivia, Brasil y Perú, y pronto Chile.


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Pepe Guerrero ya logró llegar al escenario, donde sigue recibiendo chamarras, blusas y demás prendas de mujer, que recoge y regresa con un beso a sus propietarias. La locura se desata cuando suena “Cumbia a Jujuy”, el tema con el que Mazter agradeció el recibimiento con que los argentinos adoptaron a la banda.

“Y con esa gente se quedó mi corazón. Le canté a lugares que están en San Salvador. Le canté a Perico, le canté a San Pedro, le canté a Ledesma y a San Salvador de Jujuy. Luego a Palpalá, luego a Maimará y en Humahuaca me quede a cantar...”, dice la letra.

“Allá en Jujuy se ha convertido en un himno”, me dirá unas horas antes Juan José Flores en el restaurante en el Once. “De hecho vas a comprar CD’s piratas y el título dice ‘Himno a Jujuy’, y no ‘Cumbia a Jujuy’. Así lo adoptaron”.

Pienso que no hay mejor cumplido que ese. Quizá el viejo Gustavo Sandoval, el empresario que fracasó en organizar un Boca-River, no haya estado tan equivocado. Al menos le dio a Jujuy a Sonido Mazter, una banda mexicana que les compusiera un himno.