La noción generalizada después de los incendios que devastan la Selva Amazónica es que al mundo ya se lo cargó Regalito, que es demasiado tarde para revertir el daño planetario y que como especie estamos condenados. Eso sí, no olvide forrar los libros y cuadernos de sus “mini-me” en este regreso a clases porque, en esta vida, hay prioridades.

Por supuesto, no quiere decir que la raza humana vaya a desaparecer por completo, no se me achicopale. Recuerde que la élite de la élite, una muy selecta porción de magnates, banqueros y directores ejecutivos de las principales multinacionales (unos cien putrimillonarios y sus familias) trabajan incansablemente en alternativas para sobrevivir al colapso final de la civilización. Ello no nos incluye, obviamente, ni a usted ni a mí, pero qué reconfortante es saber que nuestros amos van a estar bien mientras nosotros nos matamos por un vaso de agua puerca.

De cualquier manera la extinción es lo de menos. Lo malo va a ser tener que soportar a los veganos y su cantaleta, pero mire, el gustito por la carnita asada ¿quién nos lo quita ya?

Cobra sentido entonces que los líderes del mundo alienten nuestra perpetua discordia; que la ideología nos tenga en perenne disputa sobre asuntos triviales como la etnia, la ideología política o religiosa, la preferencia sexual o cualquier otra nimiedad para que no se nos ocurra jamás hacer frente común sobre cosas importantes, como la correcta distribución y/o el cuidado de los recursos planetarios o –ni Diosito lo quiera– disputarles un lugar en su Arca de Noé interplatanaria.

Así que como ya comentábamos la semana pasada, tras los desmanes y protestas del movimiento feminista, era obvio que la discusión se iba a polarizar porque ya estamos condicionados al antagonismo nomás por quítame estas pajas.

Y era obvio que en el intercambio de opiniones íbamos a toparnos con mucho roznido articulado. Eso está bien. Es perfectamente normal. Ni modo que el fervor de las manifestaciones fuese a mermar los arcaicos conceptos y paradigmas del machismo más enraizado en la psique del mexicano. Obviamente no. Pero ocurre que no es lo mismo ser una voz ahogada en el océano cibernético de las redes sociales –y desde allí escupir todo el veneno retrógrado acumulado– que ser un líder legislativo y hablar en nombre de toda la bancada, de todo su partido y a título personal exhibiendo la cortedad de sus conceptos, la cerrazón de su criterio y la obsolescencia de su escala de valores.

El diputado coahuilense, Marcelo Torres Cofiño, actual presidente de la junta de Gobierno del Congreso de Coahuila, se lució en una reciente entrevista en la cual aportó valiosos datos duros que arrojan luz sobre el fenómeno de la violencia contra la mujer.

Cofiño señaló primero que se trata eminentemente de una problemática de parejas fuera del sacrosanto vínculo matrimonial. Asegurando tener datos oficiales, de “estudios a nivel mundial”, el diputado afirma que nueve de cada 10 casos de violencia se suscitan entre parejas de convivencia distinta al matrimonio.

Pero el legislador nos tenía reservado lo mejor para el final, cuando sostuvo que otro de los detonantes de la violencia es el hecho de que la mujer tenga un empleo, lo que según él debilita la relación de pareja, particularmente si ella tiene una remuneración superior a la del hombre. Es decir, cuando le hacen ver a un hombre que la tiene más chiquita (la remuneración).

Creo necesario aclarar, para cualquier lector fuera de Coahuila o que simplemente no conozca a este diputado descongelado de la era victoriana, que Torres Cofiño tiene su corazón azul, es decir, es de afiliación panista.

¡Ah vaya! Ahora todo cobra sentido. Ya decíamos que tanto prejuicio, atavismo y mojigatería no podían ser un accidente.

Y a menos que el panista sea muy cínico, nos va a salir con que no es lo que él quiso decir o que sus palabras fueron sacadas de contexto. Pero a partir de sus declaraciones se infieren, sin gran esfuerzo, dos posturas que lo pintan en cuerpo y alma:

1. Para erradicar la violencia de género y no estar estadísticamente expuesta a ser víctima de feminicidio, lo mejor que una mujer puede hacer es unir su vida a la de un hombre en los términos de esa bendita institución llamada matrimonio (claro, porque siglos de violencia intrafamiliar simple y sencillamente es algo que jamás ha ocurrido). Otras formas de vivir la vida son un riesgo latente, mujeres.

2. Para no provocar la ira del rey del hogar, una mujer sensata no puede ni debe aspirar a un mejor salario que el de su viejo. Pero de preferencia es mejor erradicar del todo cualquier aspiración o inquietud profesional. El lugar idóneo de la mujer es en casa, atendiendo las necesidades de su familia. ¡Por favor, señoras, háganle caso al diputado Cofiño y no le buigan!

Las declaraciones del legislador coahuilense están muy emparentadas con otras chuladas como que: “las parejas gay no pueden adoptar porque a sus hijos los van a “bulear” en la escuela” o “el problema del aborto se solucionaría si las mujeres cerrasen las piernas”. Puras perlas del pensamiento más reaccionario, lo que nos explica por qué Acción Nacional es una fuerza política decadente, en vías de extinción y sostenida apenas por una base de fanáticos.

Y si esta es la calidad de nuestros representantes, que se supone son lo más selecto de una sociedad, no es tampoco de extrañarnos que como especie hayamos agotado ya nuestra última oportunidad sobre la Tierra.

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