Hoy más que nunca los mexicanos quieren de quienes gobiernan y también de quienes aspiran a hacerlo, autenticidad, honestidad, iniciativa para crear e innovar y en grado imperativo, actitud y aptitud para hacerle frente a la adversidad. No son fenómenos nuevos la corrupción, el despilfarro del dinero público, la impunidad y la incompetencia, pero ya estamos hasta la ídem de todos y cada uno de ellos. Por eso tenemos que sacarlos, erradicarlos de nuestro país. Y estoy convencida, salvo su mejor opinión, que la única forma de alcanzar el propósito es educando a los futuros políticos y concientizando a los ciudadanos.

El rechazo hacia los partidos políticos, el desdén por cuanto se refiera al poder público, el desapego a acudir a las urnas y ejercer un derecho que nos corresponde como mexicanos y como ciudadanos, están de manifiesto. Hay una historia a la vista, hinchada de escándalos de corrupción que explica la desafección de los mexicanos. Y ya es hora de que los responsables salgan a dar la cara, a responder por la debacle. Pero no van a hacerlo si los mexicanos nos quedamos cruzados de brazos. Compatriotas, es obligación de los gobernantes dar resultados que se reflejen en mejoras en la calidad de vida de sus gobernados. ¿En qué se traduce esto? En empleos pagados con salarios dignos para que la economía obre a favor, en sostenibilidad en las pensiones de los que ya entregaron en su tiempo su trabajo, en educación de calidad para las nuevas generaciones, en servicios de salud de primer mundo para todos, en estímulos fiscales para las micro, pequeñas y medianas empresas, porque son las que les dan de desayunar, comer y cenar al país, en seguridad en las calles y en nuestras casas, entre lo más apremiante... ¿Tenemos esto? Que es el mínimo que un gobierno debe garantizar a la población.

Tiene que llegar gente comprometida y honesta a los cargos públicos, pero usted es el único que puede provocar que así suceda. Es denigrante a donde hemos llegado en el asunto de la corrupción. Ni por asomo tienen vergüenza los partidos políticos que avalan candidaturas de gente impresentable, pero también se contribuye a que así suceda con un electorado indiferente, enojado pero ausente, que decide que la mejor manera de responder es no yendo a votar o votando desinformado y al ahí se va. Miren como nos ha ido, así no se construye prosperidad para México. Nos está cargando la trampa –discúlpeme la expresión- y así seguiremos si no reaccionamos e impedimos semejante debacle. La corrupción y la impunidad son dos gárgolas que nos lastiman y nos agravian, socaban la confianza en las instituciones y en el servicio público, minan el estado de Derecho, propician la inseguridad jurídica, se asocian con la violencia, frenan la reactivación económica, generan injusticia y atentan contra la convivencia en armonía. De verdad… ¿nada de esto nos importa?

Para transformar el significado de gobernar se necesita poner a los mexicanos en el centro de las decisiones políticas públicas, partiendo de la máxima democrática de que son los ciudadanos los que mandan. Ya basta de tanta ruindad. ¿No se siente usted insultado del lugar que ocupa en la lista de prioridades de los zánganos que nos gobiernan y que prometieron apenas en el 2018 que iban a transformar a México? No nos dijeron en qué. ¿Se siente usted representado en la Cámara de los Diputados, en la que la mayoría aprueba cuanto le manda el inquilino de Palacio Nacional, sin cambiarle ni un punto ni una coma, valiéndoles una pura y dos con sal que se están llevando al país entre las patas?

Señores, señoras, ya hagámonos cargo de la parte que nos corresponde. No nos va alcanzar la vida para arrepentirnos si permanecemos inmutables viendo como nos están cercenando al país la ineptitud, la arrogancia, la necedad y la mezquindad en grado superlativo.