Si estamos lejos de la humilde admisión de nuestras fallas... todavía mucho más de la implementación de soluciones

Por su recurrente presencia en la ficción, a veces la gente pierde la certeza sobre si el feminicida más “célebre” de la historia fue un personaje imaginario o una aberración del mundo real.

Desgraciadamente, hacia la última década del siglo XIX, caminaba de incógnito entre la gente pobre del barrio de Whitechapel, en Londres, el mítico Jack “The Ripper”, alias traducido grotesca pero correctamente como “El Destripador”.

Seguimos refiriéndonos a este multihomicida por el macabro mote que le otorgara la prensa de aquel entonces porque…  adivinó: jamás se supo su identidad; ergo, nunca nadie fue aprehendido por los crímenes que se le imputan, nunca se esclareció el caso y, ergo, sus víctimas siguen en el limbo de la justicia, esperando, desde hace más de un siglo.

Hubo por supuesto sospechosos y no faltaron los idiotas que enviaban cartas por centenares a la policía alegando ser “El Destripador”, la ficción incluso apuntó a un miembro de la monarquía, pero lo único cierto es que la identidad de esta abominación sigue siendo un enigma que ni siquiera la moderna ciencia forense ha podido esclarecer. 

No fue el primero ni por desgracia el último asesino serial que mató y degradó mujeres para saciar vaya usted a saber qué monstruosa compulsión erótico-homicida. Pero ganó su trascendencia gracias a una cobertura mediática hasta entonces sin precedentes y adquirió tonalidades de leyenda por su irrupción en la cultura de masas.

Pero de romántico nada. El caso de Jack constituye un serio fracaso ya no para la sociedad de su tiempo, sino para la civilización.

El “Ripper”, pese a lo cruento y horripilante de sus homicidios, ni siquiera se ostenta como uno de los asesinos más relevantes en lo cuantitativo. Son cinco víctimas las consideradas canónicas al caso del Destripador.

Fenómenos como el de los feminicidios de Ciudad Juárez han cobrado la vida de niñas y jovencitas por centenares, y al día de hoy se encuentra más cerca del olvido institucional que de su resolución. Aunque como resultado de la investigación concerniente también se detuvo a un presunto “Destripador” (Abdel Latif Sharif), el caso siempre despidió un hedor de corrupción estructural, complicidad institucional y encubrimiento desde las altas esferas. 

¿Será posible? Juzgue por el tiempo que pudo operar en total impunidad la red de pederastia de Jeffrey Epstein, ¡en el primer mundo! Cuánto tiempo tardó este expediente en recibir la debida atención y cómo el “suicidio” del principal sospechoso deja en claro que para las élites, el resto de los seres humanos somos poco menos que ganado a disposición de sus más truculentas apetencias.

Como si no fuera suficientemente adverso el escenario para una mujer de esta época, el tener que asegurarse de que no está en la mira de un maniático asesino serial, o una red de tráfico humano, todavía tiene que cuidarse de los hombres de su propio entorno, que también constituyen una potencial amenaza para su integridad o su vida.

Padres, hermanos, familiares, condiscípulos, colegas, amigos, novios, maridos, el peligro suele estar por desgracia en el círculo inmediato de las víctimas, aunque a veces también acecha en una esfera más casual: un taxista o proveedor de servicios, vecinos, un desconocido en el bar o un transeúnte completamente casual.

Y aunque está de la chingada que por un manojo de agresores haya quien tenga por depredadores a todos los hombres, debe estar mil veces más de la chingada el tener que andarse cuidando de todos los hombres por haber tenido alguna mala experiencia previa con algún macho.

Mi intención original para este artículo era abstenerme de emitir cualquier comentario y tratar en cambio de compendiar las mejores reflexiones que encontrase en redes, concernientes a los recientes hechos acontecidos en la capital coahuilense y otras ciudades del País, en los que jovencitas resultaron mártires de la violencia y el machismo más abyectos.

Pero no los encontré. O no los supe encontrar. Solo hallé, por supuesto, los reclamos de justicia, las enardecidas arengas y las expresiones de un dolor que se agudizaba según la cercanía con la víctima.

Vi también las consabidas bajezas seudo periodísticas, el oportunismo político, los pronunciamientos condescendientes (una forma pasiva de machismo), hasta los sinsentidos habituales, como clamar por una inviable pena de muerte. Nada de esto último aporta.

Las marchas, plantones, pintas y ataques a símbolos y monumentos ayudan al menos a visibilizar un problema, a tenerlo en la mesa de discusión en toda su gravedad. Pero si como gobiernos y sociedad estamos lejos de la humilde admisión de nuestras fallas más vergonzosas, todavía mucho más distantes estamos de la implementación de soluciones realistas, efectivas, prácticas.

Los únicos beneficiados de que se recrudezca la animosidad entre mujeres y hombres; ofendidos e indiferentes y cualquier facción antagónica de la sociedad (que es una sola), serán los mismos gobiernos, que ven aliviados cómo descargamos nuestra frustración y coraje entre nosotros, antes de que los alcance a ellos en su cúpula, donde viven imperturbables.

Mi único deseo es que la lucha deje de ser horizontal, entre nosotros y adquiera verticalidad, en un reclamo unánime que alcance todas las instancias de poder y representación, desde el Presidente Municipal hasta el Presidente de la República. Ellos que en campaña son tan chingones y omnipotentes, ahora que ejercen el poder que tanto anhelaban, ¿qué ofrecen para apurar la impartición de justicia y para prevenir que esto siga ocurriendo y nos continúe definiendo como País?

La justicia  para las mujeres en el mundo está esperando al menos desde la Época Victoriana. Como que ya es hora, ¿no?