Resulta que los diputados del estado de California, en el vecino país del norte, decidieron remover del Capitolio estatal las estatuas de Isabel la Católica y de Cristóbal Colón, sin mediar arbitraje ni miramiento alguno, por mero revisionismo histórico alegando racismo, un asunto que persigue a doña Isabel de Castilla hasta el grado de tener atorada su beatificación, dada la persecución de judíos y musulmanes a los que desterró de su reino por cuestiones de raza y religión.

Actualmente los mismos españoles han removido los monumentos fascistas, así como el cadáver de Francisco Franco del Valle de los Caídos, por simple voluntad democrática.

Signos de una verdadera democracia en países que no tienen la inmensa y costosa burocracia que tenemos en México, atiborrada de consejeros, magistrados, fiscales y secretarios ejecutivos, auténticos parásitos que siguen devorando los recursos de un país agobiado por la crisis.

Un México sin demócratas y donde aún existen los museos al esperpento y a la ignominia, los monumentos a los héroes ficticios y la nomenclatura urbana homenajeando a una morralla inane y baladí.

Y a propósito de recintos del espanto, este columnista recuerda haber visto las vísceras de don Venustiano Carranza como reliquia en un pequeño museo de Xicotepec, Puebla. Lo mismo con el brazo amarillento y mutilado de Álvaro Obregón en un frasco de formol en el gran mausoleo de San Ángel, erigido por un distinguido ateneísta, Aarón Sáenz.

Un remedo faraónico que hoy podemos ver en estatuas recientes como las de Fidel Velázquez, Manuel Clouthier, Vicente Fox o Joaquín Gamboa Pascoe que, comparadas con las modestas efigies de Miguel Ramos Arizpe, Juan Antonio de la Fuente, Ignacio Ramírez o Francisco Zarco, resultan ofensivas por su desmesura.

Y es que las estatuas y bronces tienen como propósito hacer perenne la memoria de los héroes, las epopeyas gloriosas o los triunfos ideológicos. Pero resulta que siempre hay colados como en el diccionario de don Arturo Berrueto que, aunque son los menos, se trata de vil cascajo anhelando la posteridad.

Y no es que pongamos en duda el mérito de los homenajeados, pero resulta ofensivo cuando dichos reconocimientos son aceptados o promovidos en vida, porque luego sucede lo que ha pasado con don Jorge Torres López, reo de la justicia de otro país donde ya se declaró culpable de graves delitos, lo que compromete las placas de bronce con su nombre y sus objetos que hoy se exhiben en el Museo de Palacio, lentes, fotos, corbata y ropa, como reliquias de un héroe desconocido, o mejor dicho, no reconocido por los fiscales de otro país que lo metieron al “bote”.

Y tampoco se trata de hacerle al ángel pesimista de la historia, como el que citaba Walter Benjamín, pero al menos hay que saber indignarse cuando los homenajes son absurdos. Un ejemplo para terminar. Tenemos que en un mural del Congreso local aparece un tal Gabriel Pereyra como capricho de Eliseo Mendoza Berrueto para la posteridad. En cambio, es injusto que se ignore a don Horacio Flores de la Peña, cuyo nombre debería estar en el muro de honor de dicho Congreso, pero se le niega haciendo perenne la imagen ridícula de un pelafustán.


Reflexiones
J. Alfredo Reyes