Esta joven esposa se había divorciado de su marido porque la halló con otra mujer en la Alameda. Ya divorciada se buscó un trabajo, y empezó a vivir una grata vida independiente. Le iba muy bien: tenía su coche; vestía con elegancia y nunca le faltaba compañía masculina.

Así pasaron dos años. Un día la muchacha les comentó a las vecinas de la cuadra que su ex esposo la había llamado por teléfono. Quería hablar con ella. ¿Debía acceder a aquel encuentro?

-Ve -le dijeron las vecinas en acuerdo unánime-. Total ¿qué puedes perder?

Fue la mujer a la entrevista. El hombre le dijo, llorando, que estaba arrepentido; le pedía perdón y le suplicaba que le permitiera volver a su lado.

Ella se conmovió. Las lágrimas de los hombres conmueven mucho a las mujeres. Lo que no sabía es que el cabrón había aprendido a simular el llanto manteniendo los ojos abiertos, sin cerrar los párpados, hasta que le lloraran. Le contestó al gemebundo tipo:

-Vamos a tratarnos como amigos. El tiempo dirá lo demás.

Desde ese día él empezó a mandarle flores. Iba por ella en automóvil y la llevaba a cenar, y a bailar luego. Le hacía regalitos. La llenaba de atenciones; tenía para ella detalles muy bonitos; la cortejaba igual que un novio enamorado. A ella le encantaba todo eso; con alegría les contaba a sus vecinas el cambio maravilloso que en su ex marido se había operado.

-Anoche me llevó al teatro -les decía.

-Anoche me llevó al cine -les contaba.

-Anoche me regaló un collar precioso -se jactaba.

-Anoche me llevó a oír a Luis Miguel -les presumía.

Transcurrió un mes, o cuando mucho dos. Y un día la muchacha les anunció a las vecinas que se iba a casar otra vez con su ex esposo.

El matrimonio se llevó a cabo. Lo supieron las vecinas porque el hombre volvió a vivir en la casa de donde había salido por sus devaneos. Y lo supieron también porque ahora el marido era el que andaba en el automóvil de su mujer -no ya en el que había rentado para cortejarla-, en tanto que ella debía ir en taxi a su trabajo. Y lo supieron porque ella se rompía los lomos en su trabajo y en el de la casa, mientras él se dedicaba a jugar en las maquinitas o a ver la tele tumbado en un sillón. Se acabaron los regalos; se acabaron las idas al teatro; se acabaron las cenas y las salidas a bailar.

Un día las vecinas le contaron a la muchacha:

-Dice la cuadra que fuiste una pendeja al casarte otra vez con ese tipo.

Ella, irritada, les contestó:

-Pos díganle a la chingada cuadra que tiene la mitad de la razón. Primero se equivocó, cuando me aconsejó que hablara con el güey. Pero ahora que me dice que soy una pendeja no se equivoca nada.

De toda esta verdadera historia yo saco una moraleja: no hay que hacerle caso a la cuadra. Generalmente es muy cuadrada. La cuadra es la opinión de los demás, y la opinión de los demás no siempre es razonable. Lo mejor es seguir el propio impulso. Aunque -aceptémoslo- en cosas del amor y de la carne el propio impulso tampoco es razonable.