En los años que van de 1980 a 1984, la BBC de Londres transmitió una comedia en serie que daba vida a un asunto muy serio: la vida cotidiana en los entresijos de la administración pública británica. La serie nos cuenta el día a día del honorable diputado James Hacker, ministro de Asuntos Administrativos y sus intentos por instrumentar las políticas públicas por las que, supuestamente, fueron electos él y su partido. 

Político al fin y al cabo, enmarca sus intentos mientras empuja su propia agenda, deseoso de dejar marca, pasar a la Historia y ganarse la tan anhelada la gloria política. 

Hacker se enfrenta, en el ejercicio diario del poder, con sir Humphrey Appleby, figura imperturbable de una máquina burocrática que parece inamovible, una muralla difícil de evadir, rodear o saltar. Ahí, en ese estira y afloja, se estrellan las ilusiones de cambio contra la realidad cotidiana. Ahí, el político electo y sus más cercanos colaboradores se topan con las oficinas institucionales y la burocracia que las hace marchar, llega sí, con todo el poder de los votos, pero limitado por una maraña de leyes y procesos basados en esas ley; y por las inercias y resistencias de la burocracia, todo ello también avalado, indirectamente, por el voto popular.

Las políticas de James para reducir costos, para racionalizar la burocracia o para cualesquier otro noble propósito, se topan con las habilidades de Appleby, que siempre tiene a mano un argumento legal, administrativo, político o mediático para cuestionar, asustar, torcer y finalmente parar a su jefe. 

Por lo general, nos cuenta la serie, se trata de argumentos diseñados para confundir a Hacker y que suelen tener éxito. Sir Humphrey es el guardián del Estado Británico y sus procesos; Hacker es el político iluso que llega al poder con grandes planes de cambio, que la cotidianeidad administrativa consigue postergar o desmontar. 

La elección de otro populista de derecha para ocupar el número de 10 de Downing Street en Londres, la oficina del Primer Ministro, ha generado un amplio debate sobre los nocivos efectos del neopopulismo en los países donde ha llegado al poder por medio de las urnas. Sin duda la intensidad de ese impacto negativo siempre será inversamente proporcional a la solidez de las instituciones nacionales. El impacto de Trump y Boris nunca será igual al que provoquen Bolsonaro y Maduro, por la naturaleza de sus procesos, de sus instituciones y finalmente de su aparato burocrático. 

Es absurdo que un político se crea capaz de controlar y dirigir los destinos de su país, estado o municipio con su fuerza de voluntad, sus instrucciones y voces de mando. Ignora que en el aparato burocrático se agazapan miles de Humphrey Appleby que se mueren de risa cuando los escuchan pontificar desde la tribuna. A toda instrucción de la superioridad suelen responder serios y solemnes: “Sí, señor secretario. Sí, señor presidente” o como dice Appleby en la serie televisiva: “Yes, Minister”.

Percibo dos extremos entre los que se mueve la burocracia: los gobernantes de talante democrático en un lado; y los populistas en el otro. Trata como corderitos a los demócratas liberales, nomás llegando al poder los asustan y apanican con una lista interminable de problemas. Cuando lo miran suficientemente asustado, el burócrata que representa ese estado profundo, anteponiendo su interés personal, se presenta como el salvador y dice: “no se preocupe, señor presidente, le ayudo a resolverlo”, con eso asegura su cargo, su empleo y su ingreso. 

En el otro lado vemos al gobernante populista. Los hay de todo tipo: moderados que se siguen manejando dentro de los confines de la ley; y los que rompen el orden institucional y legal para aplicar su capricho a punta de pistola. Me refiero en este espacio a los que siguen apostando al juego democrático. Gobernantes que todos los días hacen anuncios grandilocuentes, amenazan y señalan adversarios. Ellos son el centro de la atención. Frente a ellos el aparato cambia su estrategia; en lugar de asustarlos, les aplaude, les soba  el ego porque en ello radica su mayor debilidad. 

Llegado el momento regresan a sus oficinas y hacen lo que siempre han hecho, lo que los usos y costumbres, los límites legales y administrativos les han venido indicando. 

Todo nuevo gobernante suele despedir o forzar el despido de muchos burócratas, pero por muchos que corra, siempre serán una minoría. La burocracia en sí no es un ente bueno o malo. Está formada por algunos seres humanos ejemplares y por otros deleznables. Nuestros gobernantes debieran entender que no hay forma de girar instrucciones al capricho. El ejército de servidores públicos de la burocracia mexicana ha visto llegar e irse a muchos gobernantes, él ahí sigue. 

La  única forma de encausar a ese caudaloso río de seres humanos consiste en la innovación de procesos fundamentados en leyes innovadoras. Sin duda el gran momento de esta burocracia odiada y amada, según nos vaya en la feria, sucede cuando topamos con un mal gobernante, errático y caprichoso. Entonces el frenazo de “Yes, Minister”, se vuelve estratégico y muy útil. 

@chuyrarmirezr