Recorrido. En su casa, que abría a todos, se puede reconstruir su vida pública con las fotos que exhibe. / Archivo
Murió María Herrera, la que movilizaba masas y las enfrentaba, la insólita lideresa que igual regañaba políticos que repartía cenas calientes y terrenos.

Ayer por la tarde, a los 81 años, falleció María Herrera, la histórica lideresa saltillense que nunca supo lo que era el miedo; ni siquiera al momento de morir.

Esta esforzada mujer vio reducida su movilidad por una artritis reumatoide casi al límite, y a pesar de eso mantuvo siempre una gran entereza.

Luego de confirmada la muerte de quien fue paradigma de la movilización social, no está de más recordar un poco lo que fue y significó en la historia de Saltillo.

El ánimo férreo fue su particular característica, necesario para ir tejiendo una historia extraordinaria, que inició al casarse a los 13 años, parir 25 hijos, “uno por año” —aclara— , fundar 180 colonias, llenar 20 camiones de gente en una hora para llevarla de “acarreada” a un mítin político, cavar zanjas y pegar tubos para el drenaje, además de defender su territorio a pedradas y mentarle la madre a algún funcionario público.

“Nunca tuve miedo, ni tengo, a nada, ni a morirme, porque nací pa’ morirme y ni a eso le tengo miedo”, dijo una tarde de abril de 2012 en la sala de su casa, cuatro paredes clavadas de adornos y recuerdos.

Lo “cabrona”, lo “calzonuda”, dicen de ella quienes la han tratado o la conocen de siempre, le vino a María desde muy chica, allá, cuando a los seis años se iba con su madre, quien también había engendrado 25 criaturas, a las casas ricas a lavar y planchar ajeno.

La infancia de María Herrera fue efímera y así la cuenta:

Su padre, un hombre recio, aficionado al ciclismo y al box, era el dueño de una bolería situada del centro y, al mismo tiempo, vendedor de periódicos, pero ni así alcanzaba el dinero para mantener a una familia de 25 hijos y los hermanos mayores de María tuvieron que echarse a las calles para ir a trabajar como carpinteros, no bien cumplidos los 12 años.

“Yo me crié descalza, yo me casé descalza, con qué me compraba, si apenas nos daban de comer y a tanta familia. En una sentada nos acabábamos una canasta de tortillas de cinco kilos, un jarro de frijoles diario nos comíamos, sopita, papas, era todo nuestro alimento, la carne la veía una vez al mes”.

Estuve con Colosio dos meses en México cuando él fue el presidente del partido, pa’ orientarlo”
María Herrera, lideresa

Cuando tenía 13 años, empezó a rondarla un muchacho del barrio al que sólo conocía de vista, porque vivía cerca de su casa.

“Los padres de uno antes eran muy delicados, no querían que uno de mujer anduviera pa nada… Yo nomás de la puerta de mi casa iba al molino, ahí lo veía de pasada cuando iba a trabajar…”.

Cruzaron palabra una mañana en que María se dirigía a pie, porque entonces no había camiones, acompañada de unas vecinas, al panteón de San Esteban.

“Él nos seguía y nos seguía…y cuando salimos del panteón me habló a mí y luego ya le dije yo a una compañera ‘te hablan Luz’, dijo ‘no, a ti’, le dije ‘no, a mí no’, me volvió a hablar y le dije ‘¿qué se le ofrece?, dígame’, dice ‘quiero hablar con usted’, ‘¿conmigo?, dígame’.

 

“Ya íbamos caminando hasta el Ojo de Agua, él iba atrás, atrás y nosotras adelante. Eso de que párate y que platicas, nada de eso. Ya subimos la de General Cepeda hasta mi casa, ahí me dejaron y él se cortó, porque vivía de este lado de la iglesia”, relata la mujer.

Otro día que María subía por las escaleras de la iglesia, camino a su casa volvió a toparse con aquel hombre que, supo después, se llamaba Roberto Morales y tenía 23 años, 10 más que ella.

“Ahí en las escaleras del Ojo de Agua me dijo ‘a que no te vas conmigo’, le dije ‘no, al rato’, cuando subimos me dice ‘a que no te vas’”, A María le afloró lo “cabrona”:

“Le dije ‘sí, vámonos’ y me fui. Fue nomás de pasada, nos vimos y me dijo ‘¿te vas conmigo?’, ‘sí’ y me fui”.

Al rato se armó la bronca en casa de los padres de Roberto. “Ya llegamos a su casa, entró él y le dijo a su papá ‘ya me traje a aquella’, y le dice el señor ´¿qué quieres, a poco yo la voy a recibir así, a poco yo voy a salir con esa cara?, yo no te dije que así…’el papá no quería que me robara, quería que me pidiera.

Nos quedamos en su casa, yo ya me quería ir, y me salí pero él se fue conmigo, me senté en el portal de la iglesia y fue a avisar que ya me había ido con él. Le dicen mis papás ‘eres solo o qué’ y dice ‘no, tengo mis padres’”.

María regresó con sus padres y fue depositada en casa de una tía que vivía en una vecindad por la calle de Múzquiz, hasta que pasados algunos meses se celebró la boda civil y más tarde la religiosa.

- ¿A usted le gustaba él?

- Ya después me acostumbré, porque era muy bueno conmigo, basta con  que me dejó andar en la política…

Roberto llevó a María a vivir a un cuarto de renta, primero en el Ojo Agua y luego a la calle de Morelos, le compró platos, cucharas, cacerolas y lo que hizo falta y “ahí hice mi vida con él”, narra.

Tiempo después vinieron los hijos y con ellos otra vez la vida de pobreza y privaciones para Roberto y María Herrera, quien a la postre, y para ayudar a su marido con los gastos de la casa, tuvo la ocurrencia de irse a Múzquiz, Coahuila, con una comadre suya y ponerse a vender ropa de segunda, y otras mercancías.

EL COMIENZO
Años después la familia se fue a vivir a El Mirador, una colonia ubicada al poniente de Saltillo en un lugar conocido como el Cerro del Pueblo. Para entonces María y Roberto habían procreado 10 hijos.

En aquella época, El Mirador había sido pensada como un conjunto habitacional exclusivo de doctores, a los que un “coyote”, les vendió lotes sin servicio alguno.

“Los doctores se empezaron a ir, no les gustó la colonia porque no había agua, los engañó don Pancho, metió la tubería, pero no el agua”.

Los pocos vecinos que quedaron formaron un comité de obras, del que propusieron como presidenta a María Herrera.

“Les dije ‘no puedo decirles sí o no, necesito primero contar con mi esposo’. Me dieron una semana, yo le dije a él ‘cómo ves, me nombran presidente del comité’, dice ‘¿y luego, por qué no le entras?’, le dije ‘no, primero tengo que contar contigo, porque para esto tiene una que desobligarse de ustedes, de la casa’”.

A la semana siguiente María Herrera tomaba posesión de su cargo y lo primero que hizo fue traer el agua potable de la Alameda a todas las calles y casas de la colonia El Mirador.

“Yo gestionaba, agarraba calle por calle y les decía ‘vamos a tener agua, pero les va a costar tanto, lo vamos a hacer por cooperación’. Aquí nunca el municipio, ni nadie, puso un peso pa meter el agua ni la luz, en todas las colonias que he hecho la gente ha cooperado para meter los servicios.

Iba al municipio y les decía ‘ya hice el presupuesto, traigo tanto pa la tubería, con cuánto me van a ayudar, vean los papeles, el plano’, ‘cuánto le falta’, me preguntaban, ‘tanto’ y me lo daban.

¿Cómo surgió en usted ese liderazgo?
- De ver la necesidá de la gente, de ver cómo vivían… Me dicen ‘usté no es líder hechiza, es líder que nació’, pos sí, porque nací en la pobreza.

LA CONQUISTA
Vino entonces uno de los episodios más polémicos en la vida de María Herrera: el de la invasión y venta de lotes urbanos para la gente que carecía de tierra y casas donde vivir.

“En Saltillo había gente muy humilde, así es que primero yo trataba los terrenos con los dueños, el dueño me proporcionaba el precio, yo le regateaba ‘no, así no podemos pagar, y si le compro le pago mensualmente’.

Ya como quiera me tenían confianza y me los fiaban, yo loteaba, vendía los terrenos y el primer abono que le daba eran todos los enganches que pedía, ‘tenga’ y me hacía de documentos. Yo le apretaba a la gente ‘¡ándeles!, el abono’”.

Archivo
Yo conocía a López Portillo, él a veces llegaba con don Óscar Flores y yo le ayudaba a doña Chabela en la casa, les hacía de comer"
María Herrera conoció de cerca a políticos de la talla de López Portillo, Miguel de la Madrid, Luis Donaldo Colosio y a Salinas de Gortari

A la vuelta de la vida de María Herrera había conseguido fundar un imperio de 180 colonias, incluyendo la Zaragoza, en la cual existe una calle que lleva su nombre.

Yo me iba hasta México y traía la tubería, la postería, la iba a pedir, iba cuando estaba Mariano Carrión en Obras Públicas, allá en México. Le decía, ‘necesito tantos metros de tubería pal agua, no tenemos, ¿qué hacemos?’ y me los daban y me daban los postes.

Toda la tubería de la de Hidalgo yo la traje desde México, fui a gestionarla y la traje. La tubería de 180 colonias yo la traje, ahí vengo trepada en los camiones con los choferes y con la tubería… Por eso estoy como estoy ahorita, enferma, me entró la enfermedad esa de los huesos por tanta llovedera, fríos, humedades”.

EN LA SOMBRA DEL PODER
Fuera de sus quehaceres domésticos y su gusto por las plantas y pájaros, la fama de lideresa se había extendido por Saltillo y sus alrededores y su poder político dentro del PRI.

“Como decimos en el norte, muy cabrona cuando era cabrona, era calzonuda María Herrera, era la María Herrera que se metía a pelear con los funcionarios y que era aguerrida, la que, cuando la sacaban de casillas, no tenía empacho en mentarles la madre”, dice de ella Virgilio Maltos, líder del PT.

María se había convertido, por su carácter combativo, en una de las líderes más respetadas del estado, al grado de influir en las decisiones de gobernadores y alcaldes.

“Don Eulalio venía a la colonia y se subía al cerro, me hablaba ‘vente vamos allá pa arriba, ándale’ y ái voy pal cerro, desde ahí veíamos todo Saltillo, qué se debía hacer ‘cómo ves, cómo quedaría esto’, me decía. Venían los funcionarios y ‘doña María cómo le hacemos aquí’ y ‘doña María cómo le hacemos acá´ y tenía que decirles, porque yo conocía todo Saltillo…¨, relata la lideresa.

-¿Cómo llegaba a las dependencias?

-Yo era muy habladora, no sé hablar como la gente, así me crié habladora de por siempre, llegaba y les pedía la audiencia ‘a mí me va a recibir y dígame si puede o no puede, a mí no me mande con sus achichinques’.

- ¿Es cierto que pendejeaba a los alcaldes?

- Cuando me enojaba y que no hacían las cosas bien, pero fue raro al que yo lo regañara o le dijera “¡pendejo!, estás mal”, a todos de repente les decía “hombre andas mal, no te apendejes”.

MOVILIZAR MASAS
Su capacidad para movilizar gente a favor del PRI en actos de proselitismo y durante las jornadas electorales, habían hecho de esta mujer el principal activo para el partido de las mayorías.

Así lo confirma un periodista saltillense de la vieja guardia que no desea ser identificado:

En tiempos de Flores Tapia, de ‘El Diablo’ decían los priistas ‘necesitamos gente, mándale 10 camiones a María Herrera para que se traiga a toda la bola de viejas apestosas’”.

Y hasta hay quienes aseguran que en menos de una hora María Herrera llegó a llenar 20 camiones de gente, “nomás llegaba y ‘vámonos’, todas la seguían, tenía ese poder”, narra el periodista.

Su influencia era tal, que María consiguió imponer y formar cuadros candidatos para la alcaldía de Saltillo y la gubernatura del Estado.

LA DINASTÍA HERRERA
María, junto con sus hijas Catalina y María de los Ángeles, quienes la habían secundado en su labor, gozaban de lo que algunas lideresas se ufanaban en llamar las delicias del poder.

La mayoría de las colonias de la ciudad se hallaban bajo el control de las Herrera y por ningún motivo permitían rebeliones o la intromisión de facciones políticas.

A Francisco Fuentes, líder priista de la Universidad Pueblo le tocó vivir una batalla campal en un barrio priista del sur de la ciudad y en el que el PRD había intentado entrar.

María se aventó a los trancazos, una señora la descuenta a la malagueña y María cae en una zanja y una de sus gentes más leales, de sus colonos, porque los perredistas se fueron con todo a tratar de agredir a María cuando la vieron tumbada, se abre de pies y manos y la cubre y María adentro de la zanja”.

Juanita C., la vecina de la Nazario, evoca un zafarrancho protagonizado por María Herrera en este sector del norte de Saltillo, un día en que el Frente Cardenista se metió a la colonia para formar comités.

“Les fue como en feria. María trajo cadenas, trajo grúas, tapó las calles, agredió físicamente con piedras y hasta con pistolas, para que no entraran los cardenistas, aquí no debía de entrar nadie, más que ella, tenía mucho poder, traía a los pandilleros a enfrentar a la gente y todos aquí le tenían miedo”.

EL OCASO
Pasaron los años y con el nuevo siglo vino también el ocaso de un reinado que había permanecido más de 50 años.

La artritis reumatoide de María y la aparente ruptura con el PRI, luego de un escándalo suscitado en 2003 en el que se acusaba a la lideresa y a sus hijas de haber comprado votos para el PRI en su propia casa, además de la supuesta alianza que pactaron las Herrera con el entonces precandidato a la gubernatura de Coahuila en 2006, Raúl Sifuentes Guerrero, terminó por sepultar un imperio que aún en estos días se resiste a morir.

¨¿Rompieron con Moreira?¨, pregunta el reportero a María Morales, la hija mayor de la lideresa,

¨No, ni con el partido, mi madre siempre ha sido priista de hueso clorado¨, responde.

Empero ya no era la María Herrera de antes, furibunda, aguerrida, mitotera, impulsiva, temperamental y justiciera, que había conocido el Saltillo de los años setentas y ochentas.

¨Ni las gracias me han venido a dar, tengo la lealtad y la buena fe de las gentes humildes de colonias, que ellas sí me reconocen, los demás nadie, porque anduve llevando hasta a los presidentes, a los gobernadores, a todos y ni quién venga a decir, ´doña María está enferma…’.