Ni discursiva ni técnicamente la pieza de Cháirez alcanza a ser sombra de Galán, Guzmán o Zenil. / Foto: Especial.
Todo mundo sabe lo que ya se repitió y discutió hasta la náusea. El problema es que la mayoría de los “análisis” no se hicieron desde la objetividad teórica, sino –casi siempre- desde una emocionalidad infantilizada o el sesgo de la militancia y el activismo

Centrar la discusión

Por ejemplo, cuando se empezaron a cuestionar los valores estéticos y técnicos de la obra, alguien intentó en su defensa: “Es que el arte es difícil de definir”. No, el arte sí se puede definir, lo más simple, ir a su etimología y sus diversas acepciones: en sus diversas acepciones, ya sea proveniente del latín “ars”, “artis” o derivado del griego “techné”. O, según María Moliner: “hacer algo con arte, implica el dominio DEL SABER HACER.” Virtud o disposición de saber y poder hacer algo. Entonces ¿denota la pieza del artista chiapaneco un “saber hacer”? No. Su técnica es pobrísima, su conocimiento de la anatomía humana deficiente –ver ese muslo y esa pierna tan planas, que parecen un remo doblado-. Y por no hablar del caballo. Está bien, no lo comparemos con el Napoleón de Jacques Louis David (1800). Vayamos más cerca: el famoso óleo de Carlos Romero sobre Porfirio Díaz, por no hablar de la magistral “Batalla de Puebla del 2 de abril”, hecha por el catalán José Cusachs (1902). Tampoco es el caso, como deslizó alguien, que la evidente deformidad de la montura sea parte de un “estilo”. Porque el resto de su producción no evidencia ese manierismo. Digo, tampoco Chairez es  El Greco.

Así, ante semejantes obras, la pieza en cuestión palidece: no hay épica ni majestuosidad, lo que revela su especifica intención caricaturizante y presuntamente desacralizadora. Es ahí donde sitúo –para mi- de uno de sus principales propósitos: ser vehículo de un discurso polémico y coyuntural. 

Caballos de verdad. La batalla del 2 de abril de catálan José Cusachs. / Foto: Especial.

La trampa discursiva

Su entramado de significados es problemático. Primero: porque parte de dos posibles falsas dicotomías: El machismo versus lo femenino. El machismo versus lo homosexual. Dos polos que se oponen de manera radical y sin etapas intermediales. Pregunta ¿Por qué una crítica al machismo tendría que derivar forzosamente en una visión feminizada? Y una contradicción tan rampante y tan boba que anula la primera: la “feminidad” que propone la pieza como “antídoto” al machismo mexicano ¿Porqué tiene qué reducirse a un sombrero rosa, tacones y una pose hipersexualizada? ¿No está asumiendo a su vez una visión machista, unidimensional y manido cliché de lo que debe de ser “la feminidad”, precisamente un discurso que se rasga las vestiduras por la inclusion de “nuevas masculinidades”?

Tercer despropósito: el artista propuso su obra para la muestra que revisita a Zapata en Bellas Artes. Luego, ante el alud de la crítica y el disenso, reculó: que no era Zapata, sino alguien “parecido a Zapata”: “Creo que la pintura en ningún lado dice quién es el personaje, ni cuáles son sus preferencias”. (Nota de M. Marines. 11 de diciembre).

Entonces ¿Por qué presentar a alguien parecido a Zapata en una exposición dedicada a Zapata? Algo, que a todas luces, sería –por lo menos- deshonesto. Una visión que me parece interesante, es la de la cronista Magali Tercero, quien ha deslizado la teoría, que más que un retrato del Caudillo del Sur, la piecita Chairez sea más bien un autorretrato. Otra cuestión que se desconoce es que la pequeña obra no fue realizada ex profeso para la muestra en el legendario recinto, sino que desde 2017 decora las paredes de un antro gay en la Ciudad de México llamado El Marro.

La cédula de la pieza en Bellas Artes. / Foto: Especial.

La desacralizador indesacralizable

Finalmente, y en un tercer nivel de lo ideológico, la pieza en cuestión confrontó de manera irreconciliable diversas posturas. Lo chistoso es que muchas de las voces que pugnaban por la “tolerancia”, de ninguna manera querían admitir el disenso o el disgusto ante la pieza. ¿Puede un artista verdadero soslayar las posibles lecturas de agravio en relación a una pieza que compromete el uso de figuras icónicas como Emiliano Zapata? Alguien que desestime o se desatienda de estas posibles respuestas a su tratamiento o es un imbécil o un cínico. Hace algunos años, cuando Manuel Ahumada pintó la Virgen de Guadalupe combinada con Marilyn sabía a lo que se atenía. ¿Tenía derecho la familia y herederos del Caudillo a sentirse ofendidos? Claro que sí. Porque, aunque como han dicho los curadores implicados, la figura del héroe no es monopolio de la familia, sí les implica directamente.

¿Una obra de temática gay, hecha por un autor gay o que enarbole la ideología o los valores LGBT es susceptible de la crítica? Totalmente. Nada más peligroso que para la propia tolerancia y circulación de las ideas que la posibilidad de la crítica objetiva y el disenso.

A mi ver, uno de los riesgos mayores de toda esta polémica fue el de la homogenización de las opiniones y de un falso consenso sobre la calidad o el valor de una obra, en base a sesgados criterios de corrección política. En la falsa dicotomía mencionada arriba, cuestionar una propuesta artística tan endeble –en diversas turbas de las redes sociales- implicaba automáticamente ser tildado de “machista”. Casi como aquella otra falsa dicotomía, que en otra temática más grave, confundía la genuina preocupación por el daño al patrimonio histórico con el apoyo a la violencia machista. Una de dos sopas. Pero la realidad no es así y es mucho más compleja. Chairez dijo, a propósito de su pieza que “todo México vive en el clóset”, donde se asume automática y falazmente una sola condición para una nación tan diversa y compleja. Y aunque su gritito quiera sonar como el “No hay más ruta que la nuestra”, de Siqueiros, el chiapaneco no es ni Orozco, ni Rivera. Sus vuelos discursivos y técnicos –su atrevimiento- no alcanza ni la sombra de lo que antes hicieron autores más valientes, vanguardistas y disruptores como el suicida Enrique Guzmán, el mexicanísimo Nahum B. Zenil o el mundialmente conocido Julio Galán.
Lo dijo mejor mi maestro Javier Villarreal, en su carta abierta a la dirección de Bellas Artes, a propósito del recargadísimo marco, firma y epitome del kitsch: “Está el colote pal garrero”.

 

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El mural de La Revolución, 2017, del antro El Marro a Bellas Artes. / Foto: Especial.