La casa blanca se ha cimbrado hasta sus cimientos, y no me refiero a la de Washington, sino a la que se encuentra en Madrid. 

Florentino Pérez se ha perpetuado en el poder estableciendo una serie de candados estatutarios, tales como gozar de un gran capital personal que avale al club, así como tener más de 20 años de ser socio merengue en activo, perfil que únicamente él es capaz de cumplir. 

Con el poder a su alcance la estrategia ha sido contratar a lo mejor; sin embargo, ha tenido que pagar el precio de ver marcharse a singulares personajes que no tienen sustituto, como Jorge Valdano. 

Así, una cadena de errores ha acompañado su gestión en los últimos meses. El primero, despedir a Carlo Ancelotti, quien había cristalizado el sueño de conseguir la décima orejona, además de tener química con los futbolistas y contenta a la afición. 

El siguiente yerro fue contratar a Rafa Benítez, quien para los ortodoxos, a pesar de su palmarés, no cumplía con el perfil para ser el timonel de un conjunto de tal prosapia, toda vez que pretende que los jugadores se adapten a su sistema y no ser él quien explote las cualidades de cada uno de sus dirigidos, sin mencionar que tiene fama de gustar más de defender que de atacar. 

A pesar de que los resultados no eran tan pobres, se dice que no tuvo buen trato con los futbolistas, se le partió el vestidor, y dividió a la afición, polarizando las opiniones. En consecuencia, Florentino terminó por darle las gracias. 

De modo que Zinedine Zidane resultó ser el ungido. Nadie sabe qué es lo que ocurrirá. Por un lado se trata de un elemento de casa, que conoce hasta las entrañas la Casa Blanca, que es muy querido y admirado, cuya misión será calmar las aguas para reunificar a la directiva, el cuerpo técnico y al exigente público madridista. Por el otro lado, está todavía muy verde como timonel. Será el destino quien dirá. 

No me quiero despedir sin contarles una anécdota al respecto. Con frecuencia voy a comer al Restaurante Mancera, en el centro de la Ciudad de México con mi entrañable tío Enrique Mariscal. Pues resulta que ahí atiende un mesero, muy amable, quien tiene la peculiaridad de que perdió el dedo anular de una de sus manos. Para no hacer el cuento largo, no faltó el ocurrente parroquiano que lo bautizara con el apelativo de: “sin dedin... Zidane”.