Las nuevas epidemias virales no son gratuitas. Son, en parte, responsabilidad de los seres humanos. Crear, saber y modificar no es suficiente. Antes de modificar y crear, el Poder omnímodo debería tener la obligación de estudiar los cambios negativos asociados a nuestras conductas. 

Saber no es suficiente. Se requiere contar con otras sabidurías: sabidurías humanas que se cuestionen qué podría sucederle a la Tierra y a las personas a partir de los cambios generados por esos comportamientos. 

Los seres humanos hemos enfermado a la Tierra. Ignoro si no hay retorno. Los grandes biólogos tampoco lo saben. 

La realidad la dictan la Tierra y sus habitantes: la especie humana no se ha adaptado ni a moscos ni a virus. Ellos tampoco lo han hecho. Por eso resurgen viejas epidemias, por eso la Organización Mundial de la Salud e instancias afines suenan las alarmas cuando el Virus de la Inmunodeficiencia Humana, el del Ébola y el de Zika, renacen y enferman y matan y producen malformaciones y nos recuerdan, que tras dormir, han regresado con fuerza y que quizás retornaron por la falta de respeto hacia la Tierra. 

Tras la epidemia producida por el virus del Ébola, la OMS aceptó haber actuado tardíamente. Entre 2014 y 2016 murieron, según cifras oficiales 11 mil 316 personas. A las cifras oficiales, como a la mayoría de los datos oficiales difundidos por políticos u organizaciones como el Banco Mundial, el FMI o la OMS, es ético no creerles. Las cifras oficiales —11 mil 316 decesos— sólo contabilizan a los ricos entre los pobres: los pobres entre los pobres mueren lejos de las cifras oficiales porque no llegan a las manos de los médicos, simplemente, por no alcanzar el grado de persona, ni contar siquiera con acta de nacimiento. 

Después de la epidemia por el virus de la gripe A en 2009 y la del Ébola en 2014, la OMS recibió suficientes críticas por sus inacciones. Ahora, a unas semanas del inicio de la epidemia producida por el virus del Zika, Margaret Chan, directora de la OMS, ha declarado que la epidemia constituye una emergencia sanitaria global. La emergencia no sólo se debe al contagio y a la diseminación, sino a la probable asociación con casos de microcefalia —trastorno neurológico consistente en desarrollo insuficiente del cráneo a menudo asociado a algún grado de retraso mental— y con la enfermedad de Guillian-Barré, trastorno neurológico que afecta el Sistema Nervioso Periférico y que puede, entre otras afecciones, producir parálisis muscular. Ambas enfermedades son muy complejas: la primera estigmatiza, la segunda deja secuelas graves y puede producir la muerte. El cuidado en la primera y el tratamiento del Guillian-Barré son muy costosos. 

Los síntomas producidos por Zika, a diferencia de los cuadros secundarios al dengue o al Ébola son menores. El vector, el mosquito Aedes aegypti, para las tres enfermedades, y para el Chikungunya, es el mismo. El mosquito, y esto es crítico, se ha adaptado a los cambios climáticos. Las sequías, ahora frecuentes en Brasil, y a la postre la nación con más casos de microcefalia (quizás) secundarios al Zika, han empujado a las familias pobres a acumular agua estancada en sus hogares. 

La casa es más segura para el mosquito pues ahí se encuentra a salvo del viento. El círculo es perfecto: ponen sus huevos en el agua y se alimentan de la sangre de sus habitantes. Además, la mayor parte de los mosquitos se han vuelto resistentes a los larvicidas. Al lado de las fotografías mostradas por los periódicos de las casas en Brasil, todas muy pobres, donde anidan los mosquitos, el debate sobre salud y pobreza, salud y ética, cobra fuerza. El Aedes aegypti muestra en toda su desfachatez el darwinismo social. 

No todos los virólogos ni todos los ecologistas deben pensar que el cambio climático y sus consecuencias, como la sequía en Brasil, son los responsables de las nuevas epidemias, que en el caso del Zika, ni duda cabe, se convertirá en endemia. Yo siempre regreso a Aldo Leopold. Leopold fue un ecologista estadounidense quien, a mediados del siglo pasado, hablaba de ética ambiental y de ética de la Tierra. 

Los desmanes producidos por el ser humano, sobre su casa, la Tierra, son el alimento para los Aedes, ya sea en forma de moscos, de sequías, desertificaciones, contaminación de mares y ríos, extinción de especies, y… etcétera. 

Notas insomnes. Leopold escribió, “el ser humano es el cáncer de la Tierra”. Leopold tiene razón.