Roger Salas/El País
La gran sorpresa de su reestreno el viernes por la noche en el mismo Teatro Olímpico fue la recuperación para esta celebración de Suite flamenca (1968- 1974), antología de 55 minutos donde hay dos aportes de Cristina Hoyos, entonces partenaire de Gades: la Soleá por bulerías y los Tanguillos. Obra grande que refleja un Gades inquieto y renovador.
Roma, Italia.- El 2 de abril de 1974, Antonio Gades y su compañía estrenaban en el Teatro Olímpico de Roma (sede natural de la prestigiosa Accademia Filarmonica Romana) Bodas de sangre, primer gran título del ballet flamenco moderno y teatral, iniciador de una corriente y un estilo que sentarían las bases de casi todo lo que sucedería después en la escena española de danza. Entonces Gades dijo: 'Con Bodas se rinde homenaje a García Lorca, y para hacerlo ha sido necesario que me vaya a Roma'.

Tenía razón en la letra y en el fondo. El caso es que Bodas está intacto en su peso específico y en la dinámica interna de obra compleja, sintética, de riesgo vanguardista que se mantiene en su estricto lorquiano encandilando al público. Son 30 minutos de esencial ballet teatral, donde la historia fluye hacia lo trágico en una dramaturgia imbricada en un baile riguroso, parco, y que ha atravesado décadas en el repertorio de grandes compañías de ballet como Roma, Cuba o Nancy.

La gran sorpresa de su reestreno el viernes por la noche en el mismo Teatro Olímpico fue la recuperación para esta celebración de Suite flamenca (1968- 1974), antología de 55 minutos donde hay dos aportes de Cristina Hoyos, entonces partenaire de Gades: la Soleá por bulerías y los Tanguillos. Obra grande que refleja un Gades inquieto y renovador.

Se han recuperado vestuario y luces originales, con la dirección técnica de Dominique You. Ninguno de los intérpretes actuales había nacido cuando se gestó este ballet, salvo Stella Arauzo, que baila con intensidad esa Soleá y que se ha implicado a fondo en el trabajo de montaje. Una tarea difícil: llevar a la novel tropa al estilo y las maneras que podían resultarles ajenos y hasta desconocidos.

La plantilla ha respondido con energía, un baile de brillo y controlado a la vez como pedía el maestro, sin otro artificio que dialogar con el entarimado y las formas musicales vernáculas. Es una joya que muestra a Gades en su vertiente abstracta, no narrativa, donde se palpa la huella de sus años junto a Pilar López. Su geometría casi como una obsesión es positiva, el juego coral del dibujo se dispone sobre las formas del ballet propiamente dicho.

Destacaron los hermanos Joaquín y Antonio Mulero en la primera Soleá a dúo, difícil coreografía 'en espejo' para dos hombres (el primero también saca con garra al esposo de Bodas) y la Farruca de Adrián Galia, bailarín de solera al que le ha tocado la tarea de encarnar los puestos que hacía Gades. Galia, vestido en rigor y concentrado, hace su papel con dignidad ejemplar. Su baile ha madurado en templanza y presencia, recrea un estilo de líneas contundentes y se entrega en todo.

Hay que decir que esto es posible gracias al desvelo y la dedicación de la actriz María Esteve (presidenta de la Fundación Gades) y de Eugenia Eiriz, hija y viuda del maestro, respectivamente, que se han empeñado en mantener vivo un legado de capital importancia mientras luchan con la indiferencia de instituciones y gestores.