Foto: Vanguardia/Archivo
La Jornada
Ofrecen una aproximación lúdica a la arquitectura mexicana
Venecia. La edición 14 de la Bienal de Arquitectura abrió para México en un clima festivo.

Por primera vez el pabellón mexicano goza de una sede estable en el corazón de la bienal, específicamente en la zona norte de la Sala de Armas del Arsenal, espacio que ocupará hasta 2034.

Julio Gaeta y Luby Springall fueron los encargados de inaugurarlo, quienes son expositores y curadores, seleccionados mediante concurso abierto convocado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de entre 29 proyectos mostrados en el Museo Nacional de Arquitectura, el pasado marzo.

Rem Koolhaas, curador de la bienal, invitó a los pabellones participantes a analizar el desarrollo del modernismo arquitectónico de los pasados cien años, lo cual, acepta el arquitecto holandés, "ha sido un proceso doloroso en que cada Estado se ha visto obligado a cumplir, adaptándose a las condiciones que actualmente dictan el desarrollo del mundo no sólo en los ámbitos económico y financiero, sino también arquitectónico".

Evocación a una frase de Paz

México, que participa por segunda vez consecutiva en la Bienal de Arquitectura, responde a este llamado con Condenados a ser modernos, título que haría pensar en un cuestionamiento del tema.

Sin embargo, es sólo la evocación de una frase de Octavio Paz contenida en un texto de 1988, donde acepta que el modernismo es un lenguaje universal del cual no puede prescindirse.

Al respecto, Luby Springall explica a La Jornada: El título no lo tomamos en sentido negativo. Después de la Revolución Mexicana se siente la urgencia de una apertura a la modernidad pero que incorpore la tradición.

Según Paz –quien fue uno de los intelectuales que más hablaron de modernidad–, cuando las tradiciones no se vinculan a la modernidad se desaparece, se vuelve escuela.

En un cartelón explicativo dicho concepto se reitera: asiladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatizan; en conjunción, una anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad.

Al entrar en el sobrio y bello edificio, una vez que se pasa el pabellón de los Emiratos Árabes, se accede al mexicano.

El público es recibido por una enorme mampara blanca elipsoidal que ocupa buena parte del espacio y se acerca al techo, dividiendo la sala en dos secciones: la externa, dominada por ocho gigantografías puestas sobre el piso y recargadas a la pared, dando un aspecto un tanto informal, concebidas como puertas temáticas (Gran escala en la ciudad, Materiales y técnicas de construcción, Aceptación de la modernidad, etcétera) en un recorrido perimetral que introduce a la arquitectura modernista mexicana.

Es la parte documental, manejada con fotos en blanco y negro vigorizada cada una por una imagen a color y una breve explicación.

La parte interna, es decir, la elipse luminosa donde se proyectan las imágenes con una perspectiva visual de 360 grados, propone un acercamiento lúdico y ameno.

El público puede sentarse en unos peculiares banquitos de madera que giran, diseñados por los mismos arquitectos, desde los cuales puede verse durante 20 minutos imágenes que muestran 50 edificios, casi todos de la ciudad de México, organizados también de manera temática (casas, museos, infraestructura, actualidad, etcétera).

En la museografía –comenta Julio Gaeta, mientras muestra el pabellón– manejamos un doble registro, uno más tradicional al externo y uno vanguardista al interno. La selección está tomada desde el inicio de la modernidad con construcciones tradicionales hasta la contemporaneidad.

"Con ello dejamos la pregunta abierta al público de si puede hablarse de modernidad en la arquitectura contemporánea".

Las tomas van apareciendo, permanecen unos segundos en la pantalla, se decoloran y esfuman. Se animan con detalles como alguna lagartija que trepa por las torres de Satélite, o ex votos con fondo azul y la barda de cactus, en recuerdo de la presencia de Frida y Diego en la casa estudio de Juan OGorman, o la ola que recuerda el estadio Azteca. Asimismo, se intercalan entrevistas con reconocidos arquitectos mexicanos que opinan sobre la modernidad, mientras aparecen las imágenes de los edificios que se mencionan. Algunos son Félix Sánchez, Francisco Serrano o intelectuales como el escritor Vicente Leñero.

Julio Gaeta, quien es de origen uruguayo, continúa: Para la mayoría de ellos, como para mí, la modernidad en México empieza con Ciudad Universitaria, aunque para otros en Tlatelolco. Sin embargo, ambos complejos arquitectónicos son considerados un parteaguas de la modernidad en México.

La labor fue enorme, sólo en el montaje trabajaron 10 proyectistas, todo el material lo trajeron de México. Para el video contratamos a unos cineastas y unas ocho personas de nuestro despacho se dedicaron a investigar.

"Se convirtió en el proyecto más importante para nosotros, pues nos llevó ocho meses de trabajo", señala.

La trampa de la antología

–¿Cómo se inserta el pabellón de México en el contexto de la Bienal de Arquitectura de Venecia?

–El acercamiento al tema –expresa Julio Gaeta– en la mayoría de los pabellones es historicista, planteado en infinidad de variantes y lenguajes, pero plano en la sustancia, didáctico; difícil de seguir si se considera que el público necesita visitarlo al menos dos días para recorrer y digerir la infinidad de conceptos y temas de la bienal. Entre ellos podría citar algunos, como el de Perú, a pesar de la presentación impecable, o el de Argentina en una versión idealizada y cautivante, o el de Brasil en un despliegue de efusivo orgullo de la propia tradición modernista. Sin embargo, en todos ellos, como en la mayoría de los pabellones, falta un discurso propositivo, problemático, que enuncie interrogantes. En suma, carecen de sal.

El pabellón mexicano podría situarse en esta línea: es dócil, agradable, pero previsible. Viene natural, escudriñar el horizonte y buscar qué hay detrás de edificios atractivos, de aquellas grandes fachadas que por sí solas no logran contener nuestra modernidad traumática, irregular, oprobiosa y contradictoria.

Los mejores pabellones, los que fueron premiados y algunos más, lograron evitar la trampa de la antología y cuestionaron algún aspecto de la propia modernidad con ironía, autocrítica o denuncia.

Con sencillez el pabellón de Chile, ganador del León de Plata, centró un problema que se insribe en la dicotomía local- universal a la que se refiere Octavio Paz, representada por un muro de hormigón en ruinas. Este fue uno de los primeros paneles producidos en la planta de la KPD, donada a Salvador Allende en 1972 por la Unión Soviética, para la construcción de casas de interés social.

El panel simboliza ya sea un conflicto político, donde la firma que Allende puso sobre el cemento fresco llevó a Pinochet a recontextualizar el muro transformándolo en tabernáculo, asumiendo una símbolo católico.

También lleva a una consideración global, donde los curadores Pedro Alonso y Hugo Palmarola utilizan el muro como patrón para recuperar los 28 sistemas constructivos en concreto prefabricado desarrollados en el mundo entre 1931 y 1981, donde la figura del arquitecto es sustituida por la del obrero anónimo, no obstante que se hayan erigido más de 170 millones de departamentos durante la segunda mitad del siglo XX.