Sally Aguayo
Monclova, Coah.- Como los grandes, con aplausos, fue despedido el día de ayer Carlos Antonio Ballesteros Villarreal, reportero de policíaca del periódico El Tiempo, quien el pasado domingo falleció junto con dos reporteros más cuando acudió a cubrir un choque en la carretera 30, a la altura del Ejido Celemania, del municipio de Nadadores.
La partida del gran amigo y compañero provocó una gran conmoción entre muchos de los que trabajamos en los medios de comunicación (prensa escrita, televisión y radio), pues quienes lo conocieron, pudieron comprobar la calidad de ser humano que era.

"El Cone", apodo que desde niño le dio uno de sus tíos, fue, es y seguirá siendo uno de los reporteros con mayor "garra" para trabajar, pero sobre todo con una simpatía enorme para relacionarse con la gente. Y fue ese carisma que Dios le dio, el que hizo que ayer en su funeral se reunieran políticos, comerciantes, paramédicos, empresarios, obreros, familiares, alcaldes, repartidores de periódico, amigos y compañeros, a darle el último adiós.

Luego del fatal accidente, el cuerpo de Carlos Ballesteros llegó a las 17:00 horas del lunes a una funeraria de la ciudad de Monclova, donde como era de esperarse, ya lo estaban aguardando.

Llega cuerpo

Su madre, Consuelo Villarreal, Fernando y Caty, hermanos de "El Cone", así como un gran número de amigos, primos y tíos, esperaron su llegada, donde además de llanto en el pasillo, se escuchaban anécdotas de Ballesteros, esa bienvenida que Carlos recibió fue el fruto de las amistades que cosechó desde la infancia.

Uno a uno, amigos y familiares, caminaron atónitos hasta el féretro de "Carlitos", y aún viéndolo ahí, recostado con su traje blanco y esa corbata azul, que lo hacía lucir como si fuera de porcelana, seguían negándose a aceptar la cruda realidad. Juan, paramédico de la Cruz Roja y amigo de Ballesteros, reprendía a su amigo por no haber "corrido como los machos" en la explosión, aun y cuando el reproche era desolador el llanto era aún peor. "Te dije compadre que te pusieras a dieta, por eso no alcanzaste a correr, pa' qué tragas tanto, por qué no corriste, siempre de avorazado", dijo enfadado su amigo.

Reclamos por su partida, así como pendientes y negaciones por verlo acostado, eran comunes escuchar de los labios de sus seres queridos.

Nadie, ninguno de los presentes esperó jamás ver a "El Cone", de apenas 28 años, inerte, sin esa sonrisa pícara que le devolvía el habla al mudo, y menos esperaron que de sus labios no saliera palabra alguna, al ver a todos sus amigos reunidos, así era él, feliz.

Feliz porque respiraba, porque había ganado su equipo favorito; porque logró comprarle a su mamá las pastillas que necesitaba, porque logró la mejor foto, porque era el primero en llegar al lugar de los hechos.

Sin embargo, su partida dejó muchas lágrimas en sus familiares y amigos, lágrimas que aun después de enjuagarse siguen brotando de esos ojos hinchados de tanto llorar. Pero aún así, todos y cada uno de sus amigos y familiares permanecieron con él, tal y como él estuvo en vida "al pie del cañón", siempre acompañándolo, sólo que esta vez, él estaba "dormido".

Y durante toda la noche del lunes Ballesteros jamás estuvo solo, siempre hubo alguien con él, pues no le gustaba la soledad, decía quelo hacía más viejo. Y fue hasta el martes, a las 10:00 horas, en la iglesia del Buen Pastor, cerca de su casa, donde su madre y familiares ofrecieron una misa de cuerpo presente, donde como siempre Ballesteros nunca estuvo solo.

Luego de la misa, Carlos salió en brazos de su hermano Fernando y sus amigos y compañeros, Ernesto Romero, Juan Martínez y otros, quienes con orgullo llevaron a su amigo hasta el último vehículo que utilizaría: una carroza blanca, que lo hacía ver como si fuera un príncipe.