Sylvia Georgina Estrada
Sobre el escenario aparece la mujer soberbia, hermosa, arrebatada. La emperatriz de un país americano sacudido por luchas intestinas, la esposa de un hombre liberal y víctima de la historia, la loca que huye de los demonios encabezados por Napoleon III. Todas esas facetas son las que enfrenta el espectador gracias al texto del reconocido dramaturgo Miguel Sabido.
El Teatro de la Ciudad se vistió de gala, el pasado viernes, para recibir una puesta en escena plena de emoción. Los cerca de 600 asistentes que acudieron a la primera función de "Carlota Emperatriz" disfrutaron una cátedra de buena actuación, en el marco del Festival Artístico Coahuila 2007.

El montaje, protagonizado por Jacqueline Andere como la esposa del emperador Maximiliano de Habsburgo, muestra el devenir histórico de una de las mujeres más intensas y seductoras en la historia de México.

El magnetismo que ejerce Carlota se intensifica a medida que un grupo de borrachos y el poeta -quienes actúan a manera de coro griego- narran los sucesos y especulaciones en los que se ve envuelta la fallida emperatriz mexicana, trabajo que agradecen los amantes de la historia y quienes no conocen esta etapa de la vida nacional, pero que le resta, en algunas escenas, agilidad a la obra.

La audiencia es conducida, a través de una escenografía puntual y esmerada, por los castillos y palacios europeos en los que se fraguó la caída del breve imperio mexicano.

El vestuario lujoso que luce la hija del rey Leopoldo de Bélgica en sus distintas intervenciones; las alucionaciones que aparecen frecuentemente para acosarla; y las buenas actuaciones de quienes representan a Maximiliano, Eugenia de Montijo y el Papa, están ahí para hacer que Jacqueline Andere brille como Carlota.

La vida de la emperatriz es narrada desde que residía en el Castillo de Chapultepec y convencía a su marido de no abdicar; sus diálogos con Napoleón III y el Papa, en donde ya se intuía su fragilidad mental; hasta su muerte, a los 87 años, acaecida en el delirio de la locura y en un castillo oscuro de Bélgica.

Carlota se mueve entre los remolinos de demonios y la dolorosa lucidez, hasta que sucumbe a la muerte. Feliz, la emperatriz acude gozosa a Mictlán, la tierra de los muertos, de las calaveras sonrientes que danzan frenéticamente, celebrando la llegada de Carlota de México.

Miguel Sabido logra su objetivo, labrar en la mente del espectador la efigie, plagada de claroscuros, de Carlota emperatriz. De una de las mujeres más ricas del mundo, que vivió 60 años sumida en la penumbra de la locura y amó a México intensamente, de la misma forma que amó a su marido.