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Juan Soriano perpetuo rebelde

Círculo
/ 2 marzo 2016

    Hace dos años murió Juan Soriano, artista emblemático del arte mexicano contemporáneo

    Juan Soriano alguna vez comentó que la muerte era el premio más grande que podía recibir un ser humano, pues la idea de la vida eterna le parecía algo horrible.
    Fue el 10 de febrero de 2006 cuando el artista plástico obtuvo ese premio codiciado y regresó a "la nada, de donde uno sale y brilla por un instante", situación que él consideraba maravillosa.

    El pintor y escultor mexicano falleció, a los 85 años de edad, como consecuencia de un paro cardiaco que lo sorprendió mientras dormía en una cama del Instituto Nacional de Nutrición. Pero tras de sí dejó una estela plástica de enormes proporciones, que influyó de manera decisiva en el arte mexicano del siglo 20.

    Su nombre real era Juan Francisco Rodríguez Montoya y nació el 18 de agosto de 1920 en Guadalajara, Jalisco, aunque desde niño era conocido con el nombre de Juan Soriano, que era el segundo apellido de su padre.

    `Enfant' terrible

    Desde joven Soriano se entregó a la plástica y desarrolló un estilo propio, un lenguaje estético que no pertenece a ningún grupo, por el cual recibió múltiples reconocimientos, entre los que destacan la condecoración de la Legión de Honor del Gobierno de Francia en Grado Oficial y el Premio Velázquez que otorga el Ministerio de Cultura español, presea que por primera vez distinguió a un artista que no tenía nacionalidad española.

    Calificado como un artista versatil y polifacético, su trayectoria no se limitó a la pintura, incursionò igualmente en el grabado, la escultura en bronce y en barro, la cerámica, la escenografía y vestuarios teatrales.

    Considerado el "enfant terrible" de la plástica mexicana, así como el "perpetuo rebelde" -etiqueta que le puso el escritor Sergio Pitol-, Soriano fue un autodidacta que dio sus primeros pasos en el mundo del arte a los ocho años.

    De las manos de este "niño viejo petrificado" -como lo llamó su amigo Octavio Paz- surgió una cosmogonía mitológica poblada por un bestiario personal, que transformó a toros, palomas, patos y gallos en criaturas monumentales de líneas sinuosas, cuyo volumen aún hoy evoca la exaltación vital, sensual, voluptuosa.
    En cuanto a su obra pictórica, muchos de sus cuadros reflejan su estilo personal -calificado por algunos críticos como "realismo romántico"-, en el que influyó su profundo interés en el arte indígena y popular, el cubismo, el expresionismo alemán y el surrealismo.

    Enemigo de las formalidades, el tapatío creó su universo estético al margen de los movimientos artísticos y políticos de México. Aunque entre sus amigos figuraron grandes nombres como Julio Cortázar, Milan Kundera, Antonio Saura, Rufino Tamayo, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Frida Kahlo, Leonora Carrington, Elena Garro, Lupe Marín, entre otros.

    Manifestación profunda

    Juan Soriano siempre sostuvo que el artista "no tiene que meter ideas en la mente de la gente a través del arte porque comete el mismo error que las religiones, que quieren establecer lo que debe ser bueno y malo".

    Además afirmó que "la obra de arte debe manifestar lo profundo del amor, de la muerte o de la vida, pero de ninguna manera el arte debe pretender dar lecciones ni hacer críticas, y tampoco debe ser un arte limitado por la nacionalidad".

    Su legado permanece, abierto a todas las miradas, en las numerosas esculturas que realizó para espacios abiertos. Destacan "Paloma", que hizo para el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey; "Ola", ubicada en el World Trade Center de Guadalajara; la escultura monumental "Luna", que engalana la explanada del Auditorio Nacional en la Ciudad de México, y "Sirena", situada en Plaza Loreto, también en la capital del país.

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