Luferni
A Carlos uno lo leía algunas veces para reírse. No de él sino con él. Porque en sus textos había puntadas, sátiras, paradojas, ingeniosas críticas y certeros comentarios. Era muchas veces lectura en diagonal o parcial. Buscaba el cronista esa complicidad con el lector a quien seguramente imaginaba aplaudiendo sus ocurrencias denunciantes.
A Carlos uno lo leía algunas veces para reírse. No de él sino con él. Porque en sus textos había puntadas, sátiras, paradojas, ingeniosas críticas y certeros comentarios. Era muchas veces lectura en diagonal o parcial. Buscaba el cronista esa complicidad con el lector a quien seguramente imaginaba aplaudiendo sus ocurrencias denunciantes.

Analítico y erudito, se tropezaba con muchas citas en sus colaboraciones habituales. Se notaba la sagacidad para evitar todo sometimiento. Tenía cierta sensibilidad para lo popular, lo doméstico nacional, lo descorbatado y enmezclillado, sin ínfulas académicas, desde su múltiple captación autodidacta.

Los libros hojeados u ojeados daban la impresión -en los vistazos de librería- de ser antologías de una realidad desmenuzada en episodios periodísticos. Omnívoro y ubicuo, izaba una pasión de presencia y de participación. Era invitado habitual de exposiciones, entrevistas, disertaciones, homenajes y presentaciones. Su perfil mediático se entretejió con su incansable apunte endémico, lanzado a la publicación.

Sus canas e instenianas de los últimos años fueron una corona de años sobre su cerebro ungido de juventud. Se fue con el secreto de su desconocida esperanza, disimulada por la algarabía cotidiana de su virtuosidad clamorosa. Brindó con lealtad filial en la bohemia regocijada de la opinión pública...

...Uno se podía encontrar con José, el portugués, en cualquier edición policromada de librería de aeropuerto. Como un equipaje de viajero se podían saborear sus breves relatos nacidos en periódicos. Algunos libros se leían pasando hojas y saltando capítulos. Era deliciosa la casualidad de sorprender en la tele una entrevista de esas que le hicieron en sus venidas a México. Contaba cómo quiso conversar con el niño alcanzado por fuego agresor. Lo contaba como un encuentro que no podía omitir.

Le faltó escribir -sin páginas- el evangelio según Saramago. Tomó como lealtades algunas ataduras comprensibles que le impidieron descubrir lo inefable y emprender el vuelo de la fe antes de la muerte... como una fulgurante ceguera interior atraída por la luz...