Jesús R. Cedillo
Perdón por decirlo una vez más en este generoso espacio, pero, ¡cuánta falta le hace al mundo el viejo sabio de don Antonio Usabiaga Guevara! En serio y creo no haberme excedido en mi penosa exclamación. Si mi maestro, el teólogo Usabiaga Guevara viviera, estaría desternillado de risa con el jolgorio que se traen los catolicones, romanones y apostolicones. No dan una.
Perdón por decirlo una vez más en este generoso espacio, pero, ¡cuánta falta le hace al mundo el viejo sabio de don Antonio Usabiaga Guevara! En serio y creo no haberme excedido en mi penosa exclamación. Si mi maestro, el teólogo Usabiaga Guevara viviera, estaría desternillado de risa con el jolgorio que se traen los catolicones, romanones y apostolicones. No dan una.

De entrada siembro mis estandartes de batalla: respeto cualquier creencia religiosa profesada por cualquier ser humano, así sea la consagración de su vida a las piedras, a las plantas o al delirio de soñar santos o monstruos que produce el alcohol. De hecho, soy tan plural y tolerante, que respeto a los seres humanos que creen en el fuego eterno del infierno.

Lo anoto, porque como todo mundo sabe, hay gente que ni siquiera lo tomó en cuenta. Fue el caso del mismísimo Padre de la patria, el cura Miguel Hidalgo y Costilla quien a juicio de sus malquerientes justo antes de empezar la revuelta de 1810 (el caudillo tenía 57 años), era un "revoltoso", "jugador de profesión y como tal disipado". Y claro, negaba la existencia del infierno. Una amiga cercana escuchó que Hidalgo espetaba lo siguiente a una de sus feligresas: "No creas eso Manuelita. Que éstas son soflamas."

Cuenta Krauze que éste padre de nuestra infausta patria, se burlaba incluso de Santa Teresa, a la cual no bajaba de "ilusa, porque como se azotaba, ayunaba mucho y no dormía, veía visiones". Bueno, para ser francos, así cualquiera ve visiones. Este columnista luego de un día de parranda y con una buena desvelada tiene para ver monstruos y visiones, nada angélicos por cierto.
Pero en fin, decía que respeto toda forma de creencia, incluso la católica. Lo he contado antes: soy católico por fe inculcada por mis padres primero, y ya luego, por fe que me nace de aquello que llamamos sesera, cabeza, entendimiento y conocimiento. Para lograr esto, tuve que inscribirme en la carrera de Teología en el ISER, instituto de sabios formados por don Antonio Usabiaga.
Y este preámbulo sirve para entrar en materia con respecto a la escaramuza que viene promocionando a través de sus templos y órganos de difusión, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Es decir, en la cual mi maestro Usabiaga decía militaban "catolicones, romanones y apostolicones." A través de su semanario "Desde la fe", la Iglesia Católica invita a sus feligreses a "boicotear" el Censo Nacional del INEGI porque "responde a intereses perversos e inconfesables".

Esquina-abajan

¡Pero por Dios! La iglesia se está quedando sin clientes precisamente por esto, por este tipo de posiciones retrógradas, intolerantes y afásicas, donde el linchamiento, la descalificación y en el extremo, la injuria, son la moneda que usan para amenazar, sentenciar y en el peor extremo, "excomulgar" a sus miembros, fieles y simpatizantes.

Hay una cosa sencilla: no hay católicos porque los hermanos cristianos hacen bien su trabajo de salvar almas de pobres humanos que los ven como tabla de salvación. Mientras esto sucede con los pastores cristianos y líderes espirituales bautistas, metodistas, etcétera, ¿qué hace fray Raúl Vera? Defiende al sindicato de electricistas que no cobraban la luz a sus familiares en el DF. Sigue abogando para el rescate de los "cuerpos" (en serio, ¿alguien cree que hay restos humanos?) de la explosión de la Mina Pasta de Conchos.
Estas y otras labores, claro que merecen atención y respeto; sí, pero, ¿y su labor pastoral, el atender a las ovejas de su diócesis, el llevar más pescados a su red, el multiplicar vinos y panes entre sus católicos? Para nadie es un secreto que ya no hay católicos y estos se reducen dramáticamente por lo anterior: es una Iglesia obsoleta que sigue amenazando con la intolerancia de siempre.

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Catolicones, romanones y apostolicones. ¡Perdónalos máster Usabiaga!