Jesús R. Cedillo
Hay un librito perturbador, se lee de una sentada, pero deja ideas zumbando en la cabeza para siempre. Consagró a su autor de un sólo golpe, le llegaría entonces el Premio Nobel de manera natural en plena madurez de vida y obra. La novela es "El Extranjero" y el autor es Albert Camus.
Hay un librito perturbador, se lee de una sentada, pero deja ideas zumbando en la cabeza para siempre. Consagró a su autor de un sólo golpe, le llegaría entonces el Premio Nobel de manera natural en plena madurez de vida y obra. La novela es "El Extranjero" y el autor es Albert Camus.

De sobra es conocido el argumento, un tipo "extraño", que no extranjero, apellidado Meursault, es condenado a muerte por una serie de extraños acontecimientos que se van tejiendo en torno a él y que desembocan precisamente cuando éste da muerte a la vez, a un tipo en una pelea sin aparente razón o motivación alguna. No es en sí la condena o la misma muerte lo que llama la atención, sino las reflexiones del protagonista que esgrime a lo largo de la narración, una especie de sin razón de vivir.

Cuando se desarrolla el proceso ante el juez que habrá de condenarle, el abogado de aquel hombre extraño que sólo asiente con la cabeza, pero que al final quiere intervenir con algunas palabras a su favor, recibe por orden: "Cállese, será mejor para su causa". A lo cual el protagonista reflexiona líneas después: "Parecía, como, si de algún modo, el proceso se llevase dejándome fuera. Todo se desarrollaba sin mi intervención."

Y esto y no otra cosa, estimado lector, es lo que viene a mi cabeza, al ver y leer los entramados bizarros legales, en que se hunde la justicia mexicana en varios procesos que si no fueran tan dramáticos, darían risa y nos volverían locos. Nadie, nadie cree en la justicia mexicana. ¿Por qué? Porque, como en la novela de Albert Camus arriba citada, todo se desarrolla sin la intervención de los protagonistas, ausentes ciencia, tecnología, estudios de criminalística, pruebas y eso que llamamos verdad. Verdad que ningún juez, investigador o policía encuentra por ningún lado.

¿Qué hora marca el reloj? Depende a qué corporación policiaca mexicana pregunte usted. En días pasados, la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) detuvo y presentó a María Elena Ontiveros Mendoza (apodada "La Güera") como integrante de la banda "Los Petriciolet", célebre banda de secuestradores quien en teoría, habrían secuestrado y dado muerte a dos jóvenes de familias adineradas, Fernando Martí y Antonio Equihua. Hasta aquí vamos bien.

El problema señor lector, es que las autoridades policiales del Distrito Federal, donde oficia el carnal Marcelo Ebrard, mantienen en prisión a la ex agente federal Lorena González (apodada "La Lore"), quien en teoría también, es la responsable del secuestro y muerte de. ¡Fernando Martí y Antonio Equihua!

Esquina-bajan

Es decir, dos mujeres acusadas de lo mismo, sin tener punto de coincidencia o contacto. Para la SSP fue "La Güera", para la Procuraduría de Justicia del DF, fue "La Lore." En esta patética comedia de engaños, ausente la ciencia y técnicas de investigación de primer mundo, ¿quién miente, quién engaña? Situación harto complicada por un motivo: se puede estar condenado a una mujer inocente, así de sencillo.

No menos patético es el caso de la muerte de la infanta Paulette Gebara Farah, imagen en las redes sociales de la maldita primavera de este 2010, quien al día de hoy, sólo sabemos que está muerta, pero en la realidad nadie sabe qué pasó en su infausta muerte. La Procuraduría del Estado de México dio palos de ciego de ciego a pasto y como sus pares del DF o la SSP federal, no hay investigación seria alguna que sea confiable y tenga resultados positivos.

De aquí el viejo chiste que se cuenta con sorna y humor macabro en las cafeterías citadinas, el cual nos retrata de cuerpo entero: si Jesucristo hubiese sido crucificado en México, a dos mil años de su muerte, aún andarían las autoridades mexicanas buscando al culpable o bien, tendrían encerrados a decenas de "presuntos asesinos."

Letras minúsculas

¿Quién mató a Fernando Martí? Depende a qué autoridad pregunte usted. Así de patético es el rumbo de la justicia mexicana.