Armando Fuentes Aguirre "Catón"
Esta señora alquilaba la recámara de su casa a las parejas clandestinas. Eran los lamentables tiempos en que no había moteles de paso aquí en Saltillo. Por fortuna llegó el progreso, y con él llegaron también esos beneméritos establecimientos, tan necesarios para la salud social de una comunidad.
Esta señora alquilaba la recámara de su casa a las parejas clandestinas. Eran los lamentables tiempos en que no había moteles de paso aquí en Saltillo. Por fortuna llegó el progreso, y con él llegaron también esos beneméritos establecimientos, tan necesarios para la salud social de una comunidad.

La señora, católica devota, se justificaba ante el tribunal de su conciencia diciendo que al alquilar su alcoba a los amantes cumplía una de las obras de misericordia enunciadas por el Padre Ripalda en su piadoso Catecismo: dar posada al peregrino. ¿A dónde irían aquellos pobres si ella no les facilitaba el aposento? A lo mejor a dar algún escándalo por ahí, Dios guarde la hora.

Cada semana la señora confesaba su culpa al sacerdote.
- No lo vuelvas a hacer -le decía siempre el padre antes de darle la absolución-. ¡Pero si ella no hacía nada!

Un día sí hizo. No llegó la dama de uno de los peregrinos y éste, dirigiendo la vista a la recámara, le preguntó a la señora:

- ¿Cómo ve?

Respondió ella:

- Bueno.

Y es que consolar al triste es otra obra de misericordia.

Sólo esa vez hizo lo que hizo. Pero esa vez bastó. Pocos días después empezó a sentir cosas que en 18 años de casada jamás había sentido. Lo que le sucedía cada mes dejó de sucederle, y tenía por las mañanas náuseas y mareos.

Estaba embarazada.

El júbilo de su marido fue grandioso. La llevó a comer nieve en la Nakasima y le compró en "La Flor de Lis" un chal de encaje marfilino para ir a dar gracias a Dios. Ella, igualmente feliz, sentía que el hijo era de su esposo. Después de todo lo de ella era de él, como también de él era la cama donde se originó el feliz suceso.

¡Qué cosas! En aquel tiempo se pensaba que si un matrimonio no tenía familia "la culpa" era siempre de la mujer. Esta verídica historia y datos adicionales aportados por la ciencia nos hacen ver que no.
Sólo esa vez, lo dije, la señora hizo lo que hizo. Por tanto nomás un hijo tuvo. Pero ese hijo hizo la felicidad de los esposos. Ella dejó de dar posada al peregrino, pues en la recámara estaba la cunita del pequeño, y no era cosa de estarla sacando y metiendo a cada rato. Que los peregrinos fueran a hacer eso a otra parte. Su vida ya era otra, y también ya era otra ella.

Permítanme ahora un momentito. Voy a buscar el Catecismo del Padre Ripalda para recordar bien el segundo mandamiento: "No tomar el nombre de Dios en vano". Lejos de mí la temeraria idea de faltar a esa santa prescripción. Pero quiero decir que a veces Diosito escribe derecho en renglones torcidos. Quizá el caso que he relatado -del cual tengo constancias- es uno de esos renglones torcidos de Dios.

Creció aquel niño, se hizo hombre, se enamoró de una mujer y se casó con ella, y con ella tuvo hijos e hijas que tienen ahora hijas e hijos, todos felices y dichosos todos en este dichoso mundo que sigue dando vueltas.

Dígame usted si ante eso importa la recámara alquilada, y el peregrino, y todo lo demás. Importa la vida, digo yo... Y también digo que lo demás es lo de menos.