Armando Fuentes Aguirre "Catón"
¿Cómo cayó en amor con Emilita el licenciado José Miguel Guridi y Alcocer, que además de ser abogado era cura de la parroquia de Acajete, en Tlaxcala? Ni él mismo lo recordaba luego.

Parece que se la presentó el marido de esa linda señora de grupa destacada y enhiesto busto generoso. La cosa sucedió en la tertulia de los jueves, en casa del alcalde. Clavó Emilita en don José Miguel la mirada de sus profundos ojos negros, y él dijo para sí: "Perdido soy".
¿Cómo cayó en amor con Emilita el licenciado José Miguel Guridi y Alcocer, que además de ser abogado era cura de la parroquia de Acajete, en Tlaxcala? Ni él mismo lo recordaba luego.

Parece que se la presentó el marido de esa linda señora de grupa destacada y enhiesto busto generoso. La cosa sucedió en la tertulia de los jueves, en casa del alcalde. Clavó Emilita en don José Miguel la mirada de sus profundos ojos negros, y él dijo para sí: "Perdido soy".

Bien saben las mujeres cuando un hombre ha caído en su dominio. Al despedirse, acabada la tertulia, ella apretó la mano del eclesiástico un poco más de lo aprobado por las conveniencias. Esa noche no durmió don José Miguel Guridi y Alcocer.

Ni las siguientes tampoco pudo conciliar el sueño. Emilita no se le salía del pensamiento. Hasta en los oficios divinos se le aparecía su imagen. ¡Pobre de don José Miguel! Por decir "amén, amén" decía "amor, amor", igual que en el viejo romance castellano recogido por don Ramón Menéndez.

Una tarde, acabada la reunión mensual de las Adoratrices, el señor cura llevó a Emilita a la reserva de la sacristía, y ahí le manifestó sus sentimientos, su encendida pasión.

Ella
mostró sorpresa. Se llevó las manos a la cara para ocultar un rubor que no existía. Emilita era mujer muy práctica: no se ruborizaba ni en el último extremo de la calentura. Pero fingió estar azorada. Y lo hizo muy bien: cuando se trata de simular algo toda mujer es una Sarah Bernhardt. Lo digo en elogio de ellas, no sea que alguna feminista me lo tome a mal.

Desde ese día empezó un juego del gato y el ratón. Sólo que el gato era Emilita, y el ratón era don José Miguel. Lo provocaba ella, y cuando el cura creía tenerla ya al alcance de sus brazos la linda mujer se le alejaba, y por algunos días lo trataba con estudiada frialdad. Luego le daba nuevas muestras de afición, y él se encendía otra vez en fuegos de esperanza. Emilita ponía otra vez la tranca, y el señor cura se volvía loco.

Para tenerla cerca ideó un artificio de enamorado: la nombró presidenta de la comisión organizadora de la fiesta patronal. Aquello fue un escándalo: jamás una mujer había ocupado un cargo de tanta representación. La noticia -con los añadidos del caso- llegó a oídos del Obispo, y éste envió a uno de sus familiares a investigar. Ante el representante episcopal don José Miguel ponderó las dotes de Emilita: su piedad, su devoción al santo, sus cualidades de ecónoma supereminente. "Está bien -sentenció el nuncio episcopal-, pero tenga usted cuidado".

No lo tuvo don José Miguel. Puso en manos de Emilita todos los dineros -que eran muchos- destinados a la celebración. Y he aquí que la víspera de la fiesta Emilita desapareció con su marido. Se supo luego que éste andaba en deudas de juego, y que junto con su mujer ideó timar al cura.

Lo del fingido enamoramiento fue parte de la trama. Por compasión no hago el relato de los penosos sentires de don José Miguel. Cede, sin embargo, a la tentación de copiar aquí una parte del expresivo informe que rindió el enviado del
Obispo: "... El cura acajetano se truena los dedos y rechina los dientes... Toda la nieve de los volcanes no es suficiente para refrigerar su pecho...".

Séame ahora permitido dar una explicación final: he las desventuras de don José Miguel Guridi y Alcocer, sacerdote y abogado, para mostrar que en cosas de castidad contravenida todo tiempo pasado fue igual. Sólo que ahora, con eso de la pederastia, el tiempo es aún peor.