Francisco Martín Moreno
A Carlos Fuentes,
mi querido maestro.
A Carlos Fuentes,
mi querido maestro.

La ley seca que se impuso en EU del año de 1920 a 1933 tenía por objetivo prohibir la fabricación, el consumo, la elaboración, el transporte, la importación, la exportación y la venta de alcohol. Esta limitación tan radical, la cancelación definitiva de la oferta sin satisfacer la demanda existente, generó, como era de esperarse, mercados negros y dinero negro. Un gigantesco consumo valuado en miles de millones de dólares se puso en manos del hampa, que introducía ilegalmente el alcohol en territorio norteamericano para venderlo a precios estratosféricos, obviamente sin pagar impuestos, obligando a la Casa Blanca a distraer una buena parte de su presupuesto a la creación de fuerzas policíacas orientadas a la persecución de los maleantes. El crimen alcanzó proporciones inenarrables no sólo cuando los delincuentes defendieron con armas sofisticadas un lucrativo negocio en contra de la autoridad, sino cuando entre los mismos gangsters se disputaron violentamente los territorios en las mismas calles de Chicago, así como en otras ciudades de la Unión Americana.

El Gobierno de los EU decidió atacar frontalmente el crimen organizado y, sin embargo, el crimen creció. Atacaron la corrupción y la corrupción creció. Los problemas sociales, en lugar de resolverse, se complicaron exponencialmente. Crecieron las cargas fiscales por la construcción de prisiones y sus respectivos gastos operativos. Se plantearon mejorar la salud de la nación, pero esta empeoró al ingerir tóxicos sustitutos en relación al alcohol. Muchos bebedores cambiaron el opio por la mariguana o por la cocaína, u otras sustancias peligrosas impensables antes de la prohibición. Si se deseaba incrementar la productividad y disminuir el ausentismo derivado de la ingesta de alcohol, no se alcanzó ninguno de ambos objetivos. Los resultados demostraban la existencia de un fracaso generalizado en todos los órdenes de la estrategia de erradicación del crimen y del consumo de alcohol. La guerra estaba perdida.

Las lecciones de la prohibición son vigentes al día de hoy en lo que hace al tráfico y consumo de narcóticos. La Ley Seca condujo todavía a males mayores que los que se pretendía remediar. De ahí que el presidente Roosevelt la derogara en 1933, una vez convencido de las consecuencias sociales, políticas, económicas y sanitarias que sufría a su país durante los años de su vigencia. En México y en el mundo entero la prohibición del consumo de narcóticos impulsó el contrabando, aumentó en proporciones inimaginables el lavado de dinero, se incrementó el número de adictos, aumentaron las muertes de civiles, militares y policías, surgieron las guerras entre las bandas, se impulsó la evasión de impuestos, se evidenció la incapacidad de las fuerzas del orden para someter a estos pequeños grupos de delincuentes carentes de cualquier tipo de escrúpulos, pero eso sí, dotados de una gran fortaleza financiera, una gran capacidad de fuego y de espionaje en la instituciones encargadas de inteligencia nacional.
Surgieron por doquier bandas criminales, cárteles que al ser decapitados provocaban la aparición de tres o cuatro pandillas con cinco o más cabezas visibles. La corrupción se disparó al igual que el consumo en lugar de deprimirlo. En la actualidad, como aconteció en EU, se quintuplicó la construcción de penales y se multiplicó la población carcelaria. El Gobierno gasta enormes cantidades de dinero para tratar de someter a los hampones a la ley. El remedio resultó peor que la enfermedad, tal y como aconteció con la Ley Seca. Cada vez más delincuentes se suman al gran negocio del narcotráfico y a la fabricación clandestina de estupefacientes. Son incuantificables las fortunas con las que los hampones sobornan a la autoridad. La presión del Gobierno obligó a los criminales a organizarse y a diseñar estrategias inteligentes de defensa, en tanto el prestigio de los gobiernos se desploma al no poder imponer su autoridad.

México nunca ganará la batalla en contra de los narcotraficantes. El mercado en EU vale cientos de miles de millones de dólares, por lo que nadie quiere concluir con un negocio tan lucrativo. Hoy ya no hay un Lucky Luciano ni Dillinger ni Capone. Las drogas llegan solas, se distribuyen solas, se consumen solas, se lavan solas y se importan solas. En Norteamérica ya no hay capos ni rostros visibles.

Si México decidiera, como Holanda, autorizar la venta indiscriminada de narcóticos no sólo correríamos el peligro de una nueva intervención armada norteamericana, sino que las sanciones comerciales, financieras y económicas serían incuantificables. Por lo mismo si el mercado de narcóticos es un problema global, por lo mismo debe resolverse globalmente por la vía diplomática. Al grano: La Unión Europea, América Latina, Asia y el mundo entero deben legalizar, o mejor dicho regular en foros multilaterales el mercado de los narcóticos, de modo que ningún país en específico pague las consecuencias de una decisión unilateral. Cuando el kilo de cocaína cueste 5 pesos en el orbe se habrá acabado con el narcotráfico de la misma manera que se acabó con las consecuencias de la prohibición. Los recursos empleados en la persecución de hampones se debería invertir en centros sanitarios para ayudar a los adictos. Se busca un Roosevelt mundial.