Sergio Aguayo
Tengo años dándole seguimiento al caso de un fotógrafo encarcelado en un reclusorio capitalino por haber asesinado a su esposa. Reviso la evidencia disponible y concluyo que ha sido víctima y que es inocente.
Tengo años dándole seguimiento al caso de un fotógrafo encarcelado en un reclusorio capitalino por haber asesinado a su esposa. Reviso la evidencia disponible y concluyo que ha sido víctima y que es inocente.

Hace unos siete años empiezo a recibir correos de Sergio Dorantes, un prestigiado fotógrafo con obra publicada en los principales medios del mundo. Se le imputa la muerte por apuñalamiento de su esposa Alejandra Dehesa en julio de 2003. En una primera etapa huye pero es detenido en California; la comunidad del poblado donde se refugiaba, Sebastopol, lo considera inocente y paga la fianza para que disfrute de prisión domiciliaria. Decido investigar el caso y lo visito en el norte de California y escucho su versión. No parece tener la personalidad de un asesino pero quien haya visitado la cárcel y haya dialogado con internos sabe cuán raros son los asesinos, los ladrones o los estafadores que asumen su culpabilidad. Todos son inocentes o tuvieron causas justificadas para delinquir; de hecho, el estudio de sus argucias mentales sienta las bases para la sociología de las negaciones. Al acercarse a este mundo debe uno seguir la regla de oro del periodismo de investigación: "si tu mamá te dice que te ama, verifícalo".

La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal aplica la misma regla y concluye que la Procuraduría capitalina viola el derecho de Dorantes a un debido proceso. Éste renuncia al juicio de extradición y viene voluntariamente al DF para ser juzgado. Su asunto lo toma Alonso Aguilar Zinser, un conocido penalista mexicano, quien expone gravísimas fallas en los peritajes hechos por la autoridad.
La evidencia sobre errores y omisiones tiene su máxima expresión en el comportamiento de Luis Eduardo Sánchez Martínez, el testigo cuyos dichos son la evidencia principal empleada por la Procuraduría capitalina para sostener la acusación. Es un testigo voluble y peculiar.

4 de agosto de 2003. Luis Eduardo decide presentarse a declarar voluntariamente ante el Ministerio Público. Afirma que caminaba frente a la casa de Coyoacán donde se comete el asesinato a la hora calculada por los peritos oficiales. En ese momento, relata, "salió intempestivamente una persona del sexo masculino", que "dicha persona al momento de salir chocó con... su costado derecho", que se le "notaba alterado" y que atravesó la "calle aceleradamente dirigiéndose hacia un vehículo de color rojo [que] abordó rápidamente y arrancó intempestivamente". Esa persona es Dorantes.

2

26 de diciembre de 2005. Luis Eduardo vuelve a declarar. En esta ocasión dice que la agente del Ministerio Público de la Procuraduría capitalina encargada del caso, María del Rocío García, lo busca porque "necesitaba un testigo para que declarara en [una] averiguación" y que si acepta, le "pagaría la cantidad de mil pesos". Su misión era bastante sencilla: decir que había visto a Dorantes salir de la casa donde se cometió el crimen. Acepta dar una declaración falsa y después de memorizar el guión "lo metieron a la oficina de [la MP Rocío], quien le indicó que no diera su domicilio particular, que diera el de su trabajo y que cambiara un dígito de su número telefónico, para que no lo pudieran ubicar". Dos días después ratifica esta corrección que exoneraba a Dorantes. Después de eso huye pero es detenido en el 2008 y lo encierran en el mismo reclusorio donde se encuentra Dorantes y cambia, una vez más, su declaración.

4 de marzo de 2009. Luis Eduardo se retuerce, recula y aclara "que las declaraciones de 26 y 28 de diciembre de 2005 no corresponden a la verdad, ya que [personal de la Procuraduría] le hicieron firmar esas declaraciones" después de presionarlo. El testigo se enfrenta a las preguntas del abogado defensor, Alonso Aguilar Zinser, e incurre en múltiples contradicciones. Luego es condenado a seis años tres meses de cárcel por falsedad en las declaraciones. En abril del 2010 las autoridades le conceden el beneficio de la preliberación lo cual impide que se realice un careo entre Luis Eduardo y Dorantes. Hay indicios de que regresa al sendero del fugado y en este mismo lapso muere Rocío, la fiscal que lo contratara.

Existen muchas otras irregularidades en un caso "paradigmático" que muestra las carencias y miserias de la justicia mexicana y la indefensión ciudadana. Dorantes busca protección en el exterior y en 2007 presenta su caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que, según fuentes informadas, podría pronunciarse en 2011, y exhibiría lo que sucede en la capital donde, dicho sea de paso, estamos a la vanguardia en la protección de los derechos.

Corresponde a los jueces establecer la culpabilidad de los acusados. Cuando el sistema de impartición de justicia es tan deficiente se justifica que los legos opinemos. Falta el veredicto final pero después de revisar el voluminoso expediente estoy convencido de que Dorantes es inocente. Colabora para esta columna Delia Sánchez del Angel. www.sergioaguayo.org