Armando Fuentes Aguirre "Catón"
El relojero de palacio, encargado de hacer que el gran reloj real marcara la hora exacta, fue condenado a muerte.

Se comprobó que a causa de su negligencia el reloj llevaba veinte años marcando la hora con una milésima de segundo de retraso.

El anciano relojero protestó. Recordó a los jueces que su antecesor ni siquiera había dado cuerda nunca al reloj, el cual estuvo parado siempre. A este hombre, lejos de condenarlo a muerte, lo jubilaron ventajosamente.
El relojero de palacio, encargado de hacer que el gran reloj real marcara la hora exacta, fue condenado a muerte.

Se comprobó que a causa de su negligencia el reloj llevaba veinte años marcando la hora con una milésima de segundo de retraso.

El anciano relojero protestó. Recordó a los jueces que su antecesor ni siquiera había dado cuerda nunca al reloj, el cual estuvo parado siempre. A este hombre, lejos de condenarlo a muerte, lo jubilaron ventajosamente.

-Es cierto lo que dices -respondieron los juzgadores-. Pero el reloj del otro relojero, aunque estuviese detenido, marcaba la hora exacta dos veces cada día. Contigo el reloj jamás ha marcado la hora con precisión, pues siempre ha ido atrasado una milésima de segundo.

Así, el pobre relojero fue al cadalso. Mientras subía los peldaños que conducían a la horca pensaba que hay una enorme diferencia entre lo racional, perteneciente al frío mundo de la lógica, y lo razonable, que corresponde al cálido mundo de lo humano.

¡Hasta mañana!...