Rafael Pérez Gay
Traigo entre manos una novela de tres temas entrecruzados: la Ciudad de México de nuestros días, la traza urbana de finales del siglo XIX poblada por personajes reales e imaginarios y, como tercer asunto, la enfermedad que sorprende al narrador mientras escribe las dos primeras tramas. En esas páginas, Gutiérrez Nájera se descubre una mañana un tumor en la axila, Julio Ruelas se va al otro barrio en París después de una francachela de órdago, Amado Nervo muere de un colapso nefrítico.
Traigo entre manos una novela de tres temas entrecruzados: la Ciudad de México de nuestros días, la traza urbana de finales del siglo XIX poblada por personajes reales e imaginarios y, como tercer asunto, la enfermedad que sorprende al narrador mientras escribe las dos primeras tramas. En esas páginas, Gutiérrez Nájera se descubre una mañana un tumor en la axila, Julio Ruelas se va al otro barrio en París después de una francachela de órdago, Amado Nervo muere de un colapso nefrítico. No es en ningún sentido una novela histórica; al contrario, se trata del presente iluminado por cosas del pasado. Ayer por la tarde escribí este fragmento que es como el revés de esa trama. Lo pongo enseguida como un recuerdo, un fogonazo, un fragmento que busca su espacio en el ritmo de la trama. Les sonará vulgar y ordinario, pero la verdad es que la muerte había tocado a la puerta de mi casa. A veces las vidas son casas, o al revés. No le abro. Si quiere entrar sabrá cómo hacerlo de mil formas. Para mantener la puerta cerrada, la mañana del jueves había que hacer una antesala. La primera miseria de la enfermedad es la antesala. Camino de Observatorio en silencio, rumbo al Hospital Inglés. La avenida Constituyentes era un asco de tránsito. Me acompañó mi hija Fernanda. Para la espera, ella llevaba un libro de Murakami, me parece que Tokio Blues; yo traía una antología de Borges, El libro de los sueños, editada hace ya años por la editorial Siruela. Cuarenta minutos de espera. Odio las antesalas, me vuelven loco. Pasé a un cubículo en donde me desvestí y me puse una de esas batas nefastas abiertas por detrás. Me tendí de lado en una cama y empezaron los estudios fríos. Hay estudios calientes, estos eran fríos. Creo que el médico primero vio en la pantalla los riñones, luego los testículos y la región inguinal. Me pidió que bebiera una botella de agua. Luego me dijo que orinara y me dijo:
- Aprovechemos el tiempo y hagamos una sonografía de vejiga, de próstata, de toda la región. Mientras el aparato se deslizaba sobre la piel lubricada con gel, me preguntó:
- ¿Por qué le pidieron estos estudios?
- Porque ayer oriné sangre -aproveché el envión y le pregunté, inerme-: ¿ha visto algo?
- Es necesario interpretar el estudio -mintió. Una hora después salí del cubículo de imagenología. No tienen por qué creerme, pero en el pasillo vi una sombra. Fernanda había abandonado la lectura desde hacía rato y perdido la paciencia. Recogimos los estudios del Perfil 20 y bajamos la cuesta de Constituyentes. Fernanda terminaba en esos días el primer año de la carrera de medicina. Lo primero que vio fue la placa de tórax. La interpretación terminaba con la palabra normal. El resto de los estudios presentaba valores correctos en la sangre, la fosfatasa, la bilirrubina y, sobre todo, en algo que a mí me preocupaba: el antígeno prostático. El examen general de orina llamaba la atención con números y párrafos técnicos sobre la muestra con líquido rojo que habíaentregado el día anterior. Aunque en principio las noticias eran buenas, de salida del hospital recordé la sombra. Por alguna razón se me quedó adherida a la memoria la trama bíblica de un relato de la antología de Borges que repasé en las antesalas de imagenología y en el piso de asuntos cardiovasculares en donde me hicieron un electrocardiograma: "En el año doce de su reinado Nabucodonosor tuvo un sueño que lo agitó, pero al despertar no podía recordarlo. Llamó a los magos, astrólogos, encantadores y caldeos y les exigió una explicación. Adujeron los caldeos que no podían explicar lo que no conocían. Nabucodonosor les juró que si no le mostraban el sueño y le daban una interpretación, serían descuartizados y sus casas convertidas en muladares, pero si lo hacían recibirían mercedes y mucha honra. No pudieron hacerlo y el rey decretó la muerte de todos los sabios de Babilonia. La sentencia alcanzaba a Daniel y sus compañeros". Daniel tuvo entonces la visión de una estatua con cabeza de oro, cuerpo de plata, piernas de bronce y pies de hierro y barro. Una piedra (no lanzada por mano) derribaría la enorme estatua del rey. Daniel era como el jefe de asesores de Nabuconodosor y le vendió al rey una trama en la que Dios le otorgaba el imperio, el poder, la fuerza y la gloria. El rey la compró de inmediato y honró a Daniel. Del breve texto traído por Borges de Daniel, 2, 1-47 a mi movía sólo el principio pues desde la mañana de ese día yo me sentía como quien ha tenido un sueño agitado que no puede recordar. En alguna de la muchas antesalas que tuve que tragarme a la fuerza supe algo que confirmaría una y otra vez durante los meses siguientes: algunos médicos son como Daniel, otros como los Sabios de Babilonia. Vislumbré algo más: algunas veces los médicos tienen que contar una fábula inverosímil para decir la verdad. Habían empezado a contarme esa fábula.