Vargas
El miedo paraliza, impide el desarrollo, la libertad, el disfrute de la vida y los derechos.

Sí, las emociones juegan una parte importante en nuestra vida, y el miedo es una de ellas. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo genera químicos como la adrenalina y el cortisol (la hormona del estrés), que viajan por el torrente sanguíneo y producen reacciones como tensión de los músculos, aceleramiento del ritmo cardiaco, elevación de la presión sanguínea, dilatación de las pupilas y aumento de la sudoración, entre otras.
El miedo paraliza, impide el desarrollo, la libertad, el disfrute de la vida y los derechos.

Sí, las emociones juegan una parte importante en nuestra vida, y el miedo es una de ellas. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo genera químicos como la adrenalina y el cortisol (la hormona del estrés), que viajan por el torrente sanguíneo y producen reacciones como tensión de los músculos, aceleramiento del ritmo cardiaco, elevación de la presión sanguínea, dilatación de las pupilas y aumento de la sudoración, entre otras.

Sin embargo, el miedo también se puede experimentar como una sensación intensa de ansiedad en el pecho, angustia o aprehensión, que pueden llegar a ser constantes. Cuando la persona entra en contacto con este miedo, puede volverse muy frágil y vulnerable.

Su mente se dispara e imagina lo peor que podría suceder, o disfraza su temor con una actitud retadora o agresiva, sin que esto se justifique a ojos de los demás. En fin, el miedo puede encontrar diversas salidas; incluso puede causar actitudes de rigidez y frialdad o cerrazón en el pensar y el vivir.

 Es más, la salud mental y emocional es directamente proporcional a la expresión de lo que pienso, opino o de lo que difiero. Si el miedo me atrapa, me vuelvo una persona criticona, negativa y que posterga decisiones y permite que otros decidan por ella. O bien, llevado al extremo, me sume en la inactividad o me hace somatizarlo.

Ahora nos toca ver cuál es, de acuerdo con Roberto Pérez, el "dragón del miedo" en la primera etapa de la edad adulta.

El miedo entre los 21 y los 28 años. La continuidad.

A esta edad, lo que las personas no recibieron de la educación de sus papás, les tocará construirlo o descubrirlo por ellas mismas.

En esta etapa, a los jóvenes les entra una crisis muy fuerte. Sienten que todo compromiso que adquieren, cualquier cosa con la que se involucran, implica la pérdida de su libertad. Les da miedo dejar de ser libres, comprometerse, verse atados a una rutina.

Es común que en los estudios les dé el síndrome del tercer año ("No sé si mi profesión me convence") y cambien de carrera, facultad e incluso de universidad. Este miedo afecta también sus relaciones amorosas; quizá después de varios años de novios y con fecha de boda establecida, decidan inexplicablemente cortar el compromiso con su pareja.

El elemento natural que ayuda a disolver este miedo es la tierra. Ella nos enseña que la creatividad es posible. Que no todo es invierno y verano; que ninguna estación es igual a la anterior. ¡Y mira que da sorpresas!

Nada más rutinario que un amanecer; sin embargo, cada uno es milagroso y sorprendente. Está en cada quien lograr que la vida no sea rutinaria.

Así que en esta etapa conviene, con mochila al hombro, descubrir otras tierras, otros territorios; salir del asfalto, de lo artificial y caminar descalzo por diversas texturas: piedras, arena, lodo, que perfilarán y enriquecerán la vida.

"La creatividad no es hacer cosas extraordinarias, es hacer en forma extraordinaria las cosas ordinarias de la vida", nos dice Pérez. "Que lo mejor de mí se exprese en lo que hago, y que eso que me hago, me haga feliz".

Vaya reto, a cualquier edad...

Lo que los jóvenes en esa etapa tienen que descubrir es que está en ellos crear su vida, que no sólo lo económico es importante. Necesitan un valor creativo que le dé sentido a su vida. Considero que, si esto se logra, lo demás vendrá solo.

Continuaremos...