Catón
Voy a decirlo sin rodeos: Empédocles Etílez era un ebrio. Todos los días empinaba el codo hasta caerse de borracho, y luego bebía algunas copas más para estar bien seguro de su borrachera. Yo digo que sólo hay algo peor que un hombre que bebe siempre, y es un hombre que no bebe nunca. No estoy hablando de esos héroes anónimos que alguna vez fueron alcohólicos, y se vencieron a sí mismos, y no volvieron ya a beber.
Voy a decirlo sin rodeos: Empédocles Etílez era un ebrio. Todos los días empinaba el codo hasta caerse de borracho, y luego bebía algunas copas más para estar bien seguro de su borrachera. Yo digo que sólo hay algo peor que un hombre que bebe siempre, y es un hombre que no bebe nunca. No estoy hablando de esos héroes anónimos que alguna vez fueron alcohólicos, y se vencieron a sí mismos, y no volvieron ya a beber.

Me refiero a los sórdidos sujetos que desconocen el arte de vivir, y no saben gozar una copa de buen vino. En su "Bacco in Toscana" escribió Redi: "Quanto errando, oh! quanto va / nel cercar la verità / chi dal vin lungi si stà". ¡Cómo yerra al buscar la verdad el que se aleja del vino! Desde luego tampoco hay que acercarse demasiado a él. "Al vino hay que saber mearlo", sentencia don Abundio, el sagaz viejo del Potrero de Abrego. Pero me estoy apartando del relato.

Cierta noche Empédocles Etílez salió de la cantina haciendo eses, y emes, y úes, y toda suerte de variadas letras, consonantes y vocales. Su andar desatentado lo llevó al panteón del pueblo, y ahí cayó en una tumba recién abierta, donde quedó rendido por el profundo sueño de la beodez. Volvió en sí con el primer claror de la mañana, y se miró en aquella fosa. Tuvo un amago de terror, pero los humos del alcohol se habían ya disipado algo, y apareció entre ellos la luz de la razón. Se dijo: "Que no me invada el pánico.

Analicemos esta situación. Dos posibilidades hay: o estoy vivo, o estoy muerto. Si estoy vivo, ¿qué diablos hago en esta tumba? Y si estoy muerto ¿por qué chingaos tengo tantas ganas de mear?". La historietilla me sirve de pretexto para decir que no me gustó eso de remover los huesos de los héroes que nos dieron Patria. ¿Quieren que ahora nos den show? Gris es el panorama de los festejos del bicentenario de nuestra Independencia, y a alguien se le ocurrió poner en ellos una nota de color con este desentierro que a los ojos de los observadores extranjeros parecerá macabro, y que dará tema para que otra vez se hable del culto extraño que rendimos los mexicanos a la muerte, y a los muertos. Por otra parte el caso sienta precedente: este año se celebra asimismo el centenario de la llamada "gesta revolucionaria", y tendrán que sacar también del Monumento a la Revolución los restos de los próceres que ahí están en incómoda vecindad, pues unos fueron enemigos de otros en aquel largo conflicto de quítate tú para ponerme yo. No creo que esta exposición de osamentas vaya a convocar la atención de los mexicanos, a menos que los niños de las escuelas sean acarreados para ver tan sombría exhibición.

Con los ilustres huesos fuera de lugar se oscurece aún más el ánimo de la República, por lo cual siento la obligación de contar un chascarrillo que disipe siquiera un poco su amarga pesadumbre... El padre Arsilio ideó un recurso de alto impacto para alejar a sus feligreses de insanas tentaciones. En vez de sermonearlos puso ante ellos una mesa con cuatro frascos de cristal. El primero estaba lleno de humo de cigarro; en el segundo había una bebida alcohólica; el tercero contenía líquido seminal de hombre, y el cuarto mostraba un litro de agua pura y cristalina. El buen sacerdote puso en cada frasco unas lombricitas. Las que echó en los recipientes con humo, alcohol y semen no tardaron en morir. En cambio las del frasco de agua nadaban alegremente, y con vivacidad. Se dirige a los fieles el padre Arsilio, y les pregunta: "¿Qué conclusión sacan ustedes de este experimento?". Levanta la mano doña Pasita, anciana feligresa, y dice: "Yo concluyo que mientras júmenos, bébanos y cójanos, no tendremos lombrices"... FIN.