Catón
El director de la única fábrica que había en el pueblo era un norteamericano. Fue a la casa de don Corniliano, el boticario del lugar, y le dijo: "Yo querer invitar a su señora esposa de usted a participar en la carrera de mil metros que hacer nosotros en la fábrica". Sorprendióse don Corneliano, y preguntó: "¿Por qué invita a mi esposa a esa carrera?". Explica el norteamericano: "Es que yo oír que su señora de usted ser la mujer más ligera de todo el pueblo"... El salvavidas del hotel sacó del mar a la robusta dama que se estaba ahogando.
El director de la única fábrica que había en el pueblo era un norteamericano. Fue a la casa de don Corniliano, el boticario del lugar, y le dijo: "Yo querer invitar a su señora esposa de usted a participar en la carrera de mil metros que hacer nosotros en la fábrica". Sorprendióse don Corneliano, y preguntó: "¿Por qué invita a mi esposa a esa carrera?". Explica el norteamericano: "Es que yo oír que su señora de usted ser la mujer más ligera de todo el pueblo"... El salvavidas del hotel sacó del mar a la robusta dama que se estaba ahogando. Acudió un hombre, y le dijo el salvavidas: "Creo, señor, que me merezco una buena gratificación. Salvé a la dama de morir ahogada". Dice el hombre: "Es mi suegra". "Ah, caray -se consterna el salvavidas-. Entonces ¿cuánto le debo?"... La señora llegó a su domicilio, y sorprendió a su marido en el lecho conyugal con la joven criadita de la casa. Como es natural, prorrumpió en fuertes voces de dicterio. "Cálmala, Iralia -le dice el descarado-. Yo no me quejo cuando tú comes galletas en la cama y la dejas llena de migajas"... A aquella azafata de avión le decían "La estufa". Siempre tenía prendido el piloto... Muy puesta en su lugar estuvo la resolución de la Suprema Corte en relación con el caso de la guardería ABC. La idea de fincar responsabilidad directa a funcionarios que no podían ser obligados a lo imposible atentaba contra la razón, vulneraba principios generales del derecho, y desdecía de la recta aplicación de la ley. Por atractivos que puedan ser los reflectores, apartarse del orden jurídico para ceder a las presiones del público, o de los llamados líderes de opinión, entraña muchos riesgos. Desde esa perspectiva pienso que no es sano que el trabajo de los juzgadores se haga frente a una cámara de televisión. La sensación de ser visto y escuchado en toda la hermosa República Mexicana puede llevar a algún juez a preocuparse más por su imagen personal que por el deber que en conciencia ha de cumplir. La labor judicial es tarea de gabinete, de estudio, de profunda concentración en lo que se hace; implica deliberaciones que en lo privado pueden hacerse con hondura, pero que en público pueden conducir a la superficialidad que impone la tentación de lucimiento personal. Las exigencias de las luces y las cámaras conllevan el peligro de la pose. El teatro para los escenarios. Si de transparencia se trata, hay otras formas de garantizarla aparte del lucimiento de las togas y el engolamiento de voz ante el micrófono. Por otro lado, séame permitido decir que la Corte no puede convertirse en detective, ni realizar funciones que corresponden al Poder Ejecutivo. Si lo hace se expone a bordar en el vacío, y aun a aparecer como una carabina de Ambrosio que para nada sirve. En el caso que digo, el de la guardería de Hermosillo, el buen sentido y la aplicación de la ley en sus estrictos términos evitó un peligroso precedente que habría sido fuente de innúmeros problemas. Merecen reconocimiento los magistrados que basaron su dictamen en la razón y en el derecho, y no se dejaron llevar por las airadas voces que exigían un linchamiento general. Al hacer eso evitaron que a la dolorosa tragedia se añadiera otra injusticia... Pirulina, muchacha leve de envases -por no decir ligera de cascos-, le confesó al padre Arsilio que su novio había llegado con ella más allá de lo que permiten la decencia, el decoro, la honestidad, la modestia, el pudor, el recato y la virtud, dicho sea por orden alfabético. "¡Pero, hija! -se desesperó el buen sacerdote-. ¿No te había dicho yo que tu cuerpo es el templo del Espíritu Santo?". "Sí, padre -admitió Pirulina, pesarosa-. ¡Pero él entró por la sacristía!"... FIN.