Víctor Manuel Sánchez
Las 12 mil personas que marcharon el domingo pasado para mostrar su desacuerdo con la reciente aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, tienen todo el derecho de manifestarse. Somos una sociedad plural que debe privilegiar el debate de los asuntos públicos, todas las personas tienen derecho a defender su postura y a intentar convencer a los demás de que sus puntos de vista son válidos.
Las 12 mil personas que marcharon el domingo pasado para mostrar su desacuerdo con la reciente aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, tienen todo el derecho de manifestarse. Somos una sociedad plural que debe privilegiar el debate de los asuntos públicos, todas las personas tienen derecho a defender su postura y a intentar convencer a los demás de que sus puntos de vista son válidos.

Yo respeto el derecho de los demás a manifestar sus posturas, pero como en este caso disiento de la mayor parte de sus argumentos, he decidido utilizar este espacio para hacer uso de mi derecho a la libre manifestación de las ideas y para rebatir algunos de los postulados de los organizadores de la marcha.

Ellos argumentan que el objetivo central del matrimonio es la perpetuación de la especie, sin embargo, confunden los medios con los fines. La perpetuación de la especie es posible aún sin la existencia de la institución matrimonial, de hecho, durante miles de años previos a la invención del matrimonio, la humanidad se multiplicó y pobló la mayor parte de la superficie terrestre. Es ilógico que las primeras sociedades inventaran el matrimonio para conseguir un fin que se venía cumpliendo de forma natural.

De hecho, el origen del matrimonio tiene raíces patrimoniales, nace a partir de la transición de los grupos de recolectores y cazadores, en sociedades sedentarias. La acumulación de riquezas hizo necesaria la creación de instituciones que permitieran la transmisión de propiedad reconocida por el resto de la comunidad, así una persona podía legar sus pertenencias a su pareja o a sus hijos. La evolución de las ideas permitió incorporar a la institución del matrimonio elementos de corresponsabilidad y desarrollo mutuo.

Atar al matrimonio a un sólo objetivo, como lo es la perpetuación de la especie, no sólo es inexacto, sino que además es una visión reductiva. El matrimonio debe entenderse como el reconocimiento jurídico de un proyecto común. Como las personas tienen la libertad de elegir el proyecto de vida que desean perseguir, los objetivos que se derivan del matrimonio y de la conformación de una familia, son infinitos, ya que éstos se ajustan a los objetivos de las personas que decidieron compartir su vida en un proyecto común.

Los que hoy se manifiestan en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, apelan al sentir de las mayorías, pero cuando se habla de derechos y de libertades, uno debe ser muy cuidadoso a la hora de recurrir a la opinión de las mayorías, porque invariablemente una parte de la sociedad saldrá perjudicada y en algún momento, a todas las personas les tocará ser minoría. 

El Pastor cristiano Carlos Pacheco (que el pasado domingo organizó la marcha en cuestión) debe tener cuidado en no caer en su propia trampa conceptual. Porque si se acepta su propuesta de despojar a las parejas del mismo sexo del derecho a contraer matrimonio, bajo el pretexto de que la mayoría de los ciudadanos no están de acuerdo con este derecho, él corre el riesgo de que el día de mañana los católicos de este país nos organicemos y le exijamos al Congreso de la Unión que elimine de nuestra Constitución el principio de libertad religiosa e instaure a la religión católica como la única que se pueda practicar en el país, quitándole así su derecho a profesar libremente sus creencias.

En un escenario donde podemos pedir que se limiten los derechos y las libertades de los demás, tarde o temprano todos vamos a salir perdiendo. La única forma en la que se puede garantizar la maximización del bienestar social, es bajo un esquema que tenga como eje los postulados básicos del liberalismo, en donde el Estado intervenga lo menos posible en las decisiones y en la vida privada de las personas. Mientras que la legislación vigente debe establecer el mayor número posible de libertades, para permitir que cada persona elija el camino que desea seguir para la consecución de su propia felicidad.

Podemos compartir o no la forma en la que los demás eligen buscar su propia felicidad, nadie nos obliga a seguir el mismo camino. Quienes asistieron a la marcha el domingo, así como los que no asistimos, podemos elegir un modo diferente de vivir nuestro matrimonio al de las parejas del mismo sexo. El punto toral del debate, es que una persona no puede pedirle a los demás que dejen de ser ellos mismos o que renuncien a sus propias creencias, ya que si nos atrevemos a exigir que los demás sean despojados de sus derechos, nos exponemos a que el día de mañana alguien llegue y nos quite los nuestros. 

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