Jacobo Zabludovsky
Excepto dos o tres respetables notas sobre la obra de Carlos Monsiváis, una abrumadora cantidad de oraciones fúnebres, obituarios de lugar común, lamentos y rasgadura de vestiduras por parte de quienes denotan que no lo leyeron ni lo conocían se han apilado sobre sus cenizas como si fuera día de los fieles difuntos, fecha que Carlos sin duda no celebraba.
Excepto dos o tres respetables notas sobre la obra de Carlos Monsiváis, una abrumadora cantidad de oraciones fúnebres, obituarios de lugar común, lamentos y rasgadura de vestiduras por parte de quienes denotan que no lo leyeron ni lo conocían se han apilado sobre sus cenizas como si fuera día de los fieles difuntos, fecha que Carlos sin duda no celebraba. Si hasta quienes lo frecuentaron caen en lo trivial qué podemos esperar de los otros sino lo visto, un retrato que no corresponde al fondo: que si durmió en su casa, que si bailaron danzón, que si destacó por ser personaje de tira cómica, que si ganó su fama en el programa de los niños catedráticos, que si vestía de mezclilla y bautizaba con nombres raros a sus gatos, que si era abstemio o vegetariano, que si nunca se peinó. Basta.

A dos semanas de su muerte debemos esperar al final de la histeria funeraria y la cursilería empalagosa para realizar el escrutinio minucioso, la crítica profunda de lo que dijo y escribió y también, muy importante, de lo que no dijo ni escribió, como él hizo, sin perder el respeto que siempre le tuvo, con Salvador Novo, en esas magníficas y escasas 200 páginas en que revela cómo su maestro y amigo "se extravió en la respetabilidad". Aunque desde hoy se perciba la obra de Carlos superior a la de sus oportunos aduladores.

Carlos Monsiváis es uno de los más fervorosos defensores de los principios, siempre amenazados, que sustentan los derechos de las minorías, de la libertad intelectual, del combate a la corrupción y los abusos del poder. Expuso siempre sus argumentos contra quienes llevan siglo y medio en incesante batalla de hormigas contra el estado laico. Esta fue preocupación central, casi obsesión combativa.

En sus colaboraciones periodísticas se encuentran frecuentes ejemplos de su enfrentamiento a los propósitos clericales y conservadores.

Pero son dos las ocasiones en que sus razonamientos alcanzan las alturas de los precursores de la Revolución Francesa y del Código Napoleón, que pusieron los cimientos jurídicos del laicismo, en los cuales se basaron nuestras leyes de Reforma. La más conocida de esas ocasiones es un libro: "El Estado Laico y sus Malquerientes", fácil de consultar porque fue editado por la UNAM en 2008 y se consigue en librerías. Su primera parte aborda las luchas desde mediados del siglo 20 a lo que va del 21. La segunda se dedica a la época contemporánea.

Es de la segunda, más breve pero no menos lúcida, de la que quiero hablar por su contenido y las circunstancias en que se dio su lectura. Fue dos años antes que el libro, en 2000 en Los Pinos, el día que el presidente Vicente Fox le entregó a Carlos el Premio Nacional de las Artes en el campo de la lingüística y la literatura. Por si flaqueaban sus convicciones, Fox era apuntalado por sus cofrades Abascal, hijo de un ex dirigente sinarquista y Espino, dirigente del partido en el poder. Una troika de la más rancia raigambre cristera.

No se lo esperaban: el premiado eligió como tema de su discurso el laicismo, ".por su importancia cultural definitiva, primordial desde el siglo 21, el conjunto de hechos que va de la separación de la Iglesia y el Estado que se dirige a la construcción de la modernidad, la que se tenga, bastante mejor que ninguna. El laicismo ha beneficiado estructuralmente el proceso educativo, cultural, artístico y científico, como demuestra la secularización irreversible de hoy".

Carlos continuó citando un discurso reciente del subsecretario de Gobernación de Fox, Jaime Domingo López, quien exigió: ". revisar los mitos de la historia oficial donde la Iglesia Católica ha sido colocada como una institución en busca de privilegios. Estado laico sí, porque es inevitable, pero el pensamiento que lo hace posible, ese francamente no.".

Tranquilo, Carlos hizo una pausa y citó a Abascal, secretario de Gobernación, cuando dijo: "Es necesario recuperar la religión como el espacio que propicie la vinculación del ser humano con su destino trascendente".

Carlos comentó: "Es por lo menos insólito, un secretario de Gobernación que apenas toma la palabra instala su púlpito virtual. Como creyente Abascal está en su perfecto derecho de proclamar las ventajas de la fe, como secretario de Estado no. Por lo demás, ya lo dijo en otra oportunidad el secretario Abascal: "La democracia es el camino que han escogido las fuerzas internacionales de la subversión".

"Textual", agregó Monsiváis y terminó: "Por fortuna, aunque en el sigilo obtengan sus victorias administrativas, el fundamentalismo de la derecha ha perdido en México una tras otra sus batalla culturales".

Estupefactos, Fox, Abascal y Espino se fueron sin despedirse del premiado. Su discurso desapareció de la página de internet de la Presidencia.